Hubo una época en la que el hincha del Real Madrid de baloncesto encaraba sus enfrentamientos con el máximo rival con la mayor de las angustias. Aquel Barcelona de Xavi Pascual, aunque los datos indican que tuvo un cénit no especialmente duradero, a los blancos se nos hizo eterno. Hasta las llegadas de Laso y Rudy, cada Clásico constituía, en lugar de una cita ilusionante que afrontar con orgulloso optimismo, un doloroso via crucis cuyo objetivo principal residía en la reducción de daños. La vuelta a la tortilla conseguida por el lasismo nos otorgó una década repleta de dicha y triunfos con la que nos redimimos y en la que felizmente retozamos. Sin embargo, la conjunción de varias circunstancias —varios saqueos de plantel por parte de los yanquis, la inevitable huella que el tiempo deja en los DNIs y en los cuerpos y, sobre todo, la llegada en mala hora de un excelente entrenador lituano— ha provocado de nuevo la aparición de ciertos fantasmas del pasado. De ahí que algunos de los aficionados merengues más pesimistas incluso se atrevieran, antes del inicio del Madrid-Tenerife, a musitar entre dientes acerca de la conveniencia de ganar el cruce si luego existía la inevitable obligación de acudir a un probable matadero.
Afortunadamente, el Madrid no suele entrar en esas disquisiciones. El equipo saltó al parqué granaíno dispuesto a recuperar sensaciones, y a fe que lo consiguió. Su partido mostró una solvencia mucho mayor que en la anterior eliminatoria. Además de dos nuevas sobresalientes actuaciones por parte de Tavares y Heurtel, hubo muchos más reenganchados para la causa. Desde un Taylor que, más allá de su habitual rol de perro de presa, amartilló inmisericordemente a los canarios desde la línea exterior hasta un Thompkins que aprovechó sus emparejamientos con rivales más bajitos para sacarle brillo a su elegante mecánica de tiro. La concentración defensiva fue una tónica hasta en jugadores a menudo intermitentes en ese apartado, como Llull. Solo Poirier pareció en ocasiones despistado y superado, si bien pese a todo consiguió hacer buenos números. En definitiva, todo buenas noticias, con la única excepción de la lesión de Causeur en el tramo postrero. En el lado tinerfeño, la acumulación de faltas a destiempo de Shermadini lo hizo participar en el choque de forma intermitente, y su otro gran pilar, el veterano Marcelinho, sufrió mucho con la atenta defensa madridista. La ausencia de Fitipaldo y un Salin demasiado tímido impidieron cualquier atisbo de reacción: los puntos de Todorovic en la segunda mitad tuvieron la indisimulada condición de maquillaje.
El buen papel de los suyos seguramente insufló algo de discreto alborozo, oxímoron, al sector más desconfiado de la afición blanca. Al menos, hasta la disputa de la segunda semifinal, en la que un valiente UCAM Murcia quiso vender cara su piel y planteó el duelo contra el Barça con una intensidad elevadísima, buscando los lanzamientos en los primeros segundos de la posesión. Su arranque fue precipitado y errático —32-16 al final del primer cuarto—, pero poco a poco se convirtió en un encomiable y emotivo ejercicio de arrojo. Los rebotes ofensivos sobre los que se abalanzaban una y otra vez las fieras murcianas y los rocambolescos triples de Taylor, McFadden —lesionado al final para lograr una estampa aún más épica— y Webb alargaron hasta el último período las opciones reales. Con un inesperado empate a 78 Jasikevicius tiró de Mirotic y de Kuric para cerrar el partido con un arreón implacable que provocó la solidaridad del resto de hinchadas, casi siempre unidas contra el más poderoso. La música de viento no afectó en nada a los azulgranas, que alcanzaron de nuevo las tres cifras en el marcador con suficiencia; quedó en el ambiente el presentimiento de que racionan las pisadas en el acelerador a su gusto, acaso por el alto precio actual de los combustibles. Y otra extraña sensación inconcreta difícil de explicar: una tensión contenida, como de tormenta que busca el momento propicio para descargar.
La enorme cantidad de recursos del Barcelona hace verdaderamente difícil imaginar a otro club levantando la Copa del Rey. En este momento, el rival que pretenda derrotarlos necesita la improbable conciliación de un acierto excepcional, una defensa sin fisuras y un golpe de suerte. Lo saben los aficionados culés y lo saben los madridistas, incluyendo a ese grupo al que han empezado a atenazar los flashbacks de la época más lustrosa de Pascual. Queda por comprobar si también lo sabe el Madrid, y con qué ánimo acudirá mañana al combate que puede influir psicológicamente de manera decisiva en el resto de su temporada. La expectación es máxima. Y por cierto, en el instante en que escribo estas líneas, en la provincia de Granada, después de mucho tiempo sin hacerlo, ha empezado a llover.




