Sucedió algo extraordinario en el estadio Santiago Bernabéu. Y no fue el juego del equipo, del que ya conocemos todo, lo bueno y lo peor. Lo sensacional fue descubrir que el público todavía tiene voz, asunto que estaba en duda porque el estadio no sólo ha experimentado una transformación estructural en los últimos años, sino también social. No es un secreto que el socio de toda la vida, de natural crítico (sádico, en ocasiones), ha sido sustituido por un aficionado más complaciente, reconocible por su obsesión por fotografiarlo todo, más preocupado por el selfie que por el bloque bajo. La sensación es que la grada de animación había terminado de poner sordina a las voces disonantes, que tampoco, conviene consignarlo, habían tenido muchas razones para protestar en temporadas pretéritas.

Bajo esta premisa, no parecía probable que la pitada al equipo pasara de un abucheo de corta duración, sofocado por los animadores con partitura y borrado del acta del partido después del primer gol, quizá del segundo. Sin embargo, lo que sucedió reveló, no sólo una indignación profunda, casi revolucionaria, sino también una perfecta lectura de la situación. La bronca, general y atronadora, no fue la simple reacción a dos derrotas, por dolorosas que hayan sido. Fue la reprobación a una gestión, en concreto al despido de Xabi Alonso, un entrenador contra el que no había nada. Aunque existía consenso en que el juego debía mejorar, apetecía ver cómo lo intentaría quien había sido encargado de hacerlo. En ese ambiente, que se escucharan con absoluta claridad gritos de “¡Florentino dimisión!” nos hace ver que la afición está viva y esa es una buenísima noticia, sin que esto signifique estar de acuerdo con el alarido en cuestión, pues cambiar de presidente por dos derrotas sería tan caprichoso e injustificado como lo ha sido cambiar de entrenador. Caso de ser cierto que nadie se atreve a llevar la contraria a Florentino Pérez (quizá leyenda urbana), que el Bernabéu lo haga resulta muy saludable, pues recuerda que el club, después de todo, sí es de los socios, y no sólo de los amables compromisarios. 

Que el público señalara también a Bellingham, Vinicius y, en menor medida, a Valverde nos confirma que la gente lo ha entendido todo, también los amantes del selfie. No hace falta un detective para reconstruir las últimas horas de Xabi Alonso, ni sus últimos partidos. Ya era hora de que las estrellas sintieran la espada de la crítica popular sobre sus cabezas porque todo les estaba resultando demasiado fácil. No basta con besar el escudo, aunque sea con lengua. Hay que honrarlo, y eso se hace jugando de lateral, de fontanero o corriendo detrás de un contrario hasta el fin del mundo. El uniforme es blanco para que se distinga la sangre, no en homenaje a la moda adlib.

Tampoco se libró Arbeloa del abucheo. En cuanto su imagen salió en las pantallas del estadio, los pitos repicaron porque a la gente le gusta poco su triste papel en esta historia. Al final, llegaron los goles, pero siguieron los pitos a los jugadores y así terminó un partido para la historia porque antes que el Madrid ganó el Bernabéu, despierto después de tantos años de somnolencia.