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¿Quién eres, Jackie?

Primera regla del club de Jackie Kennedy: Jackie Kennedy no habla de Jackie Kennedy.

Si buscan su nombre en nuestro moderno dios Google les aparecerán más de 49 millones de resultados. Y aunque se leyeran cada una de las entradas seguirían sin saber quién era Jackie. ¿La viuda doliente? ¿La mujer superficial casada con un naviero multimillonario? ¿La culta editora de libros ilustrados? ¿La esposa resignada ante las infidelidades de sus maridos?

Porque nadie en realidad supo quién era Jackie. Poliédrica, siempre ambivalente, cultivó con mimo su aura de misterio, nunca le gustó ni el foco ni la atención mediática, dio contadas entrevistas y éstas siempre fueron realizadas por personas de su círculo de confianza (nunca polémicas, nunca aclaratorias).

Ni siquiera el paso del tiempo aclara sus enigmas. Así lo quiso ella y así lo mantiene su hija Caroline, única heredera de un legado guardado bajo siete llaves. El famoso Chanel rosa que llevaba el día que asesinaron a su marido se guarda en una habitación secreta de los Archivos Nacionales, en Maryland. Las manchas de sangre del traje se mantienen gracias a que la ropa se guarda en una caja libre de ácidos y a humedad constante. Pero no se hagan ilusiones, mitómanos. Por expreso deseo de la viuda de América el traje no se expondrá hasta 2103.

Jackie tampoco quiso que su testimonio oral tras el 22/11/63 se hiciera público mientras ella viviera. En 2011 la heredera Caroline accedió a que saliesen a la luz ocho cintas de la entrevista de su madre con Arthur Schlesinger, estrecho colaborador de JFK. Las entrevistas se hicieron a instancia de Bobby Kennedy y en ellas, aunque habla de su vida en la Casa Blanca y critica a los personajes de la época («De Gaulle era un ególatra», «Luhter King, un fraude»), no hace ni una sola mención a su vida privada con el presidente ni al asesinato de éste. Las cintas en las que habla de sus sentimientos tras el magnicidio de Dallas estarán bajo llave hasta 2051 en la Biblioteca Kennedy.

Y es que Jackie nunca contribuyó con su testimonio a su leyenda, una leyenda que fue construida por los medios desde el primer momento en el que empezó la carrera presidencial de su marido. La Prensa (y Estados Unidos al completo) se vio deslumbrada por la joven que aspiraba a habitar en la Casa Blanca. Estilísticamente eran la pareja ideal, atractivos, con clase y elegancia, salidos de los más selectos colegios y universidades de la costa este. Una Realeza en un país que nunca ha tenido monarquía.

Los medios de la época resaltaban la elegancia y el estilo de Jackie y su porte de perfecta debutante. A ella le cansaban las exigentes campañas electorales y más aún el foco mediático, que siempre y sólo resaltaba su peinado o la ropa que llevaba. Fue ese el comienzo del mito y el fin de Jacqueline Lee Bouvier.

Porque Jacqueline Lee Bouvier había sido mucho más que la imagen de esposa impecable que la Prensa imprimía. Su infancia estuvo marcada por el apego incondicional a su padre, cuyas repetidas infidelidades (véase a Freud poniéndose las botas) provocaron su divorcio. Años después fue una excelente estudiante en la Universidad para mujeres de Vassar y en 1949 consiguió una beca en la Sorbona de París. De vuelta a Estados Unidos logró, tras ganar un concurso literario, un año de prácticas en la revista Vogue. Su familia (que se arrogaba un origen aristocrático francés) le impidió que las realizara, pero aún así llegó a trabajar como periodista en el Washington Times-Herald, periódico para el que cubrió la coronación de Isabel II en Londres.

Después de ese viaje se comprometió con JFK y su carrera profesional se acabó cuando empezó su matrimonio. Jackie, que en el anuario del año de su graduación había escrito que su ambición era «no ser ama de casa», se convirtió en lo que todo el mundo esperaba de ella: la fiel acompañante de un ambicioso político, brillando, pero sin eclipsar a su partenaire.

En la Casa Blanca fue una Primera Dama atípica. Porque odiaba el nombre y el cargo y siempre intentaba pasarle sus obligaciones a la esposa de Lyndon B. Johnson, Claudia Alta Taylor. Jackie se centró en la restauración de la Casa Blanca (ella fue quien remodeló el Despacho Oval tal y como lo conocemos ahora) y en convertir al edificio en un monumento histórico. La Prensa publicaba que gastaba 30.000 dolares al año en vestuario, pero su motivación en Washington fue la de crear una moderna Camelot, como ella llamaba a la corte cultural de la que se rodeaba, con dramaturgos como Tennessee Williams o músicos como Pau Casals.

Pero Camelot acabó de forma abrupta el 22/11/63. Ese día, y los días posteriores, su mito se agrandó hasta hacerse universal. Su Chanel rosa manchado con la sangre de JFK, aquel que no se quito quitar hasta pisar Washington para que todos vieran «lo que habían hecho», su dignidad en el funeral de estado, en el que se empeñó en acompañar a pie el féretro de su marido, su afligido rostro tapado por el velo negro, sus firmes manos aferrando a sus hijos, hasta que little John se le escapó para hacer el saludo militar al ataúd de su padre… Imágenes que quedaron grabadas en el imaginario colectivo estadounidense, en una nación que ya sé estaba preguntando por qué habían matado a su presidente y en quién estaba detrás.

La viuda de América intentó después rebajar su nivel de exposición mediática, y el de sus dos hijos, llevando una discreta vida en una vivienda cercana a la Casa Blanca y rechazando cualquier intento de Lyndon B. Johnson de incluirla en su Administración.

Dos años después se trasladó a Nueva York para retomar su vida social y en 1968 otro golpe le hizo irse fuera de Estados Unidos. Robert Kennedy, su pilar desde el magnicidio, era asesinado el 6 de junio de ese año y la profunda conmoción que significó para ella precipitó su boda con el naviero Aristóteles Onassis. Ya no quería vivir en un Estados Unidos en el que «están matando a los Kennedy» y el matrimonio de interés le proporcionaba a ella seguridad económica y a él estatus y glamour internacional.

Fue entonces cuando la poliédrica Jackie dejó atrás, otra vez, su cara intelectual para vestirse con el traje de mujer superficial, dejándose llevar por una vida de lujos y desenfreno consumista que sólo paró con la muerte de Onassis en 1975. Jackie volvió entonces a Nueva York y sus últimos años fueron, aparentemente, en los que encontró más paz. Retomó su carrera profesional y fue editora de libros ilustrados hasta que murió, a causa de un linfoma, en 1994.

Su mito no perdió ni un poco de su brillantez ni durante sus últimos 19 años de discreta vida ni después de su muerte. Jackie, la viuda dolente, la mujer superficial, la joven y madura intelectual, la resignada mujer de un adúltero americano. Todas ellas son Jackie. O quizá ninguna. Porque al final, a la manera existencialista, cualquier mirada del otro es un absurdo, que no nos designa. Ni nos etiqueta. Porque ella simplemente usaba el traje que más convenía en cada ocasión. O con el que le obligaban a vestirse. Porque ella, que nunca se consideró feminista, aprendió más rápido que ninguna aquello de construirse/deconstruirse. Y no quiso dejar constancia de ninguno de sus pasos. Porque como bien dijo ella: «Quiero vivir mi vida, no grabarla».

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