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Jorge Ortega: «No hay nada como los chorizos o el lomo de orza para que surja la inspiración»

Jorge Ortega nació en Madrid. Se licenció en Derecho y en Económicas y lleva escribiendo desde siempre, porque no puede dejar de hacerlo. Nació en Madrid, digo, pero lo empaparon de Cuenca y de La Mancha para que se le grabara a fuego, para que nunca se le olvidara. Es delgado, fibroso y tiene la mirada inteligente. Es de los que prefiere callarse antes que ofender. Le gusta el boxeo y eso se le nota porque es un excelente fajador; de hecho, no creo que nada lo tumbe.

En 2008 le concedieron el primer Premio de Novela Corta Katharsis. Con Bajo el tiempo amarillo ha sido finalista del concurso Escribiendo. También ha publicado relatos en la revista digital Brigada 21 y ha ganado varios premios de poesía.

En 2018 publicó Mi horizonte es mi tumba, con la que fue finalista del Premio Isla de las Letras a la mejor novela de intriga, obteniendo además excelentes críticas tanto en prensa como en clubes de lectura. Ha sido incluida como novela de referencia de este siglo en España por la revista norteamericana Bussines insider. Errando en la jungla, de 2019, fue la novela más vendida en la Casa de Libro durante casi un mes.

—¿Qué tal lleva la promoción de En mis manos levanto una tormenta?

—Lo cierto es que en los tiempos que corren las promociones son más virtuales que físicas. He hecho alguna entrevista y hay varios artículos y reseñas de la obra, pero es muy complicado y restringido hacer una presentación y promoción del libro como se hacía antes de la pandemia. De cualquier manera, agradezco al Grupo Planeta, y a Adelaida Herrera en particular, toda la implicación que han tenido conmigo.

—Esta novela, por cierto, ha sido nominada al Premio Tormo Negro Masfarné, premio que han ganado anteriormente autores de la talla de Lorenzo Silva, Bernard Minier o Víctor del Árbol.

—Sí, la verdad es que da vértigo mirar la nómina de ganadores de este premio, muy prestigioso en su género. Sólo el hecho de estar nominado, aunque suene a tópico, ya es un galardón y un estímulo para seguir escribiendo.

—Centrémonos en En mis manos levanto una tormenta. ¿De dónde surge la idea?

 Yo tenía una idea general sobre una historia de venganza, de rabia en un ambiente rural, un entorno cerrado a la manera de las novelas de intriga de Agatha Christie o Gaston Leroux, en la que sabes que el asesino es uno de los personajes que van apareciendo en el desarrollo de la trama. También el hecho de situarla en la posguerra, una época oscura y con muchos crímenes sin resolver, refuerza esta pretensión.

—El entorno es el mismo de otra novela suya, Mi horizonte es mi tumba.

—Es una especie de precuela, palabra que se ha puesto muy de moda con las series actuales. Como algunos personajes ya aparecen en Mi horizonte, y estaban perfilados, me atraía la posibilidad de que aparecieran, aunque fuese de manera testimonial, en otra novela. Por otro lado, ya se apuntaba en ella algunos sucesos que aparecen en En mis manos levanto una tormenta.   

—Déjeme decirle que ha logrado transmitir ese mundo rural manchego perfectamente, se ve que lo conoce.

—Gracias. He pasado parte de mi vida en un pueblo pequeño de Cuenca, llamado Cervera del Llano, de donde proviene toda mi familia, y aunque no es el pueblo que aparece en la novela, sí que hay algunos símbolos y lugares que provienen de mi infancia o la juventud de mis padres. Al ser un entorno familiar, no he tenido que forzar o inventar ese entorno. Lo veo a menudo o lo recuerdo de mi infancia. La vida ha cambiado, pero algunas cosas en el mundo rural perduran. En cuanto a las descripciones, considero que este tipo de novela necesitaba un tipo de lenguaje acorde con el entorno: duro, aislado, seco.

—Villanueva del Olmo no existe, pero casi…

—No existe, pero como te he comentado antes tiene rasgos de mi pueblo, Cervera del Llano, y de otros de la comarca. El nombre del pueblo ficticio alude, por un lado, a un asentamiento medieval en el término de Cervera, llamado Villanueva del Palomar, del que hoy se conserva una Torre. Y el olmo, a un árbol centenario que había en la plaza de mi pueblo hasta hace algunos años y que era uno de los símbolos del mismo.

—España entera nos escucha, este es su momento. Venda a Cuenca y véngase arriba.

Cuenca, a pesar de que mucha  gente la ha visitado o, al menos ha oído hablar de alguno de sus monumentos y paisajes, es la gran desconocida de Castilla. Es conocida por sus Casas Colgadas,el monumento más característico de la ciudad, pero tiene una belleza especial y posee maravillosos paisajes naturales, como la Serranía, además de un impresionante patrimonio histórico y cultural. Es, además, una ciudad muy acogedora. Sin olvidar algunos pueblos con mucha historia.

—¿Al Brigada Valencia lo imaginó así de sobrio desde el comienzo? El hombre es de poco lucirse.

—Es un funcionario con alma de detective de novela. Es decir, intenta cumplir a rajatabla su trabajo, pero tiene un punto de soberbia que le hace sacar conclusiones que él estima brillantes, pero que a veces son precipitadas, quizás fruto de su pasión por las novelas de misterio. También es metódico, con lo cual resulta muy eficiente a la hora de rastrear pistas o suposiciones.

—No es una novela común y me preguntaba en qué estilo la colocaría usted. Negra, thriller, western…

—Yo entendía que es un thriller rural, pero al hablar contigo, creo que estoy de acuerdo en que puede ser una especie de western, entendiendo este género como aquel en que un justiciero acude a un entorno hostil para acabar con todo el mal que oprime a los lugareños.

—¿Es usted de esos escritores que escriben cuando la luna les habla o es de los estajanovistas con horario intensivo?

—Yo soy lunático total. Para mí, la escritura es un hobby, siempre lo ha sido, y solo concibo escribir cuando me apetece y tengo algo que contar. Admiro a aquellos escritores que son auténticos artesanos de las palabras y que todos los días escriben, pero si yo tuviera que hacerlo creo que dejaría de ser una pasión para mí. Ocurriría como cuando te obligaban a leer clásicos en el colegio. En mi caso, la pasión por la lectura y la escritura son extraescolares y extralaborales.

—Otros autores, mientras escriben sus novelas, fuman, beben café o escuchan canciones en bucle. ¿Usted se ha atiborrado de torreznos y de lomo de orza?

—Por supuesto. No hay nada como los chorizos o el lomo de orza para que surja una consistente inspiración. Me gusta mucho comer y tanto los guisos tradicionales como los platos contundentes siempre han formado parte de mi dieta. Realmente, como no tengo una rutina para escribir, puedo hacerlo a cualquier hora que tenga libre, pero como me alimento muchas veces al día, es fácil que la inspiración me venga después.

—En su novela retrata usted una España muy dura, una España inimaginable para las generaciones más jóvenes, pero a pesar de eso, estas generaciones aún no terminan de sentirse bien. ¿Cómo cree que perciben ellos la vida?

—Yo creo que cada época es dura a su manera y los problemas tienen la escala de quién los vive y cuándo los vive. Hoy en día, con la comunicación global y el mundo virtual, la gente está más expuesta, sobre todo los jóvenes que se manejan más habitualmente en ese mundo, y por ello puede ser que sean más vulnerables. Los problemas de la posguerra nacían de una época de escasez, de dolor y de una capacidad de supervivencia innata, pero la gente se tenía que adaptar a ellos desde que nacía. Cada persona se amolda a la época que le toca vivir y la desazón es una cuestión muy personal.

—Esta es la generación que menos lee de nuestra historia. ¿Cómo se revierte esto?

—Es muy complicado por toda la tecnología que hay al alcance en la actualidad. Tanto las comunicaciones como la información se han vuelto inmediatos, de consumo rápido, y a los jóvenes les cuesta entrar en un mundo ficticio e imaginarlo por ellos mismos cuando tienen cientos de series o de juegos virtuales que ya se lo ofrecen imaginado. Incluso en las comunicaciones, todo es abreviar y simplificar, por lo que el hecho de leer algo elaborado y descriptivo les resulta cada vez más ajeno.

—Por otra parte, parece que son mucho más solidarios, más inclusivos y más tolerantes. ¿Está usted de acuerdo?

—Tienen más información, no siempre objetiva, y más variables para recapacitar sobre todo tipo de cuestiones. Aparte de que el mundo globalizado pone al alcance de un clic diversas culturas, pensamientos y acciones. Antes era más difícil acceder a cierto tipo de información o imágenes, con lo que muchos comportamientos o actuaciones nos resultaban extraños, y todo lo extraño produce una cierta desconfianza. Aparte de que la educación actual ha incidido en esos valores a los que tú aludes.

—Usted está muy vinculado al mundo de la docencia. ¿Cree que son muy distintos los niños a lo que éramos nosotros?

—Son niños igual que nosotros. Lo único que cambia es la sociedad y los valores que se les trasmite. Pero, sobre todo en edades tempranas, yo no veo gran diferencia. Al margen de que la educación en mis tiempos fuese más estricta en cuanto al comportamiento, esencialmente depende de los docentes, y siempre han existido y existirán profesores que nos dejan huella y que nos transmiten valores perdurables. Yo puedo hablar de lo que conozco, y destaco con orgullo de la labor que hacen los docentes de mi colegio.

—Me acaba usted de sorprender. Háblenos de su colegio, por favor.

—Es un colegio situado en el barrio de Carabanchel, con prestigio educativo, y que no deja de lado los valores de inclusión e integración en que está inmersa la sociedad actual. Tenemos programas y aulas que tratan de complementar la educación ordinaria. Al ser un colegio familiar, no contamos con una gran institución detrás a modo de colchón, pero por otro lado queremos transmitir ese concepto de familia, esa idiosincrasia a los alumnos del centro. Nuestra seña de identidad.

—¿La inclusión funciona?

—Por supuesto que funciona. La inclusión hace que todos los alumnos tengan las mismas oportunidades, sin importar la procedencia, su cultura o capacidades. Eso permite la integración e interacción de todos los niños en la sociedad. Con estas herramientas se pretende que no se sientan desplazados o marginados ni en el presente ni en el futuro.

—Tal vez lo que nos diferencia no son las razas sino las culturas…

—Claro. Hay culturas muy diversas con las que cada vez convivimos más. Conocerlas solo puede conllevar riqueza. Las culturas impermeables difícilmente evolucionan.

—Por cierto, se le ve bien físicamente…

—Será el boxeo, que es un deporte muy intenso. La verdad es que es otra de mis pasiones, necesaria para afrontar el estrés de la vida.

—Hablandod de deporte… El héroe de la novela es de Almansa y hay un personaje que usted describe como idéntico a Santiago Bernabéu… ¿Ha sido casualidad?

—Si insinúa que soy del Real Madrid, se equivoca. Yo era del Athletic desde niño, por influencia de mi padre, pero no soy forofo de ningún equipo. Lo de describir así al personaje era por dar una idea de alguien conocido y con mucho carácter, que la gente supiera identificar y que no necesitara tres párrafos de descripción física.

—¿No le parece a usted que en esto del fútbol, a nivel directivo y a pesar del glamour, hay todavía mucho cejijunto de colmillo revirado?

—Alguno queda. Antes eran más viscerales porque los presidentes eran a la vez los dueños del club y actuaban como tales. Los equipos eran como cortijos. Hoy en día, al estar en manos de sociedades, los representantes suelen ser más comedidos en las formas, pero quedan algunas reminiscencias.

—Viendo cómo están la UEFA, la FIFA y el Fairplay financiero… ¿Cree que haría falta meter ahí a un Brigada Valencia a hacer una limpia?

—Me temo que en cualquier organismo donde se maneje mucho dinero, comisiones e intereses, hay que tener una vigilancia exhaustiva, ya que el dinero, sobre todo si es ajeno, resulta muy tentador.

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