Cada vez me cuesta más aplaudir a las ocho de la tarde. Al principio lo hacía con la misma energía con la que celebraba el nombre de Zidane en los altavoces del Bernabéu. Había que verme. Pero, desde hace unos días, tengo la impresión de que cada vez hay más intermediarios que se quedan su cuota de aplauso y que lo que les queda a quienes trabajan en los hospitales es menor: el Gobierno para parchear las ruedas de su política, las empresas para endulzar aún más sus anuncios, los informativos para sustituir las noticias que no quieren dar. 

Para que mi ilusión no decaiga, y como hay que consumir producto local, gran parte de mis aplausos van dirigidos al portero de la finca. Un hombre de unos sesenta años, pelo blanco y buen humor, que se sabe el nombre de todos los vecinos. Suelo verlo sacar los cubos de los cuartos de basura con los guantes puestos, con tranquilidad, como si supiera del efecto terapéutico del sonido de esas ruedas por el patio y fuera cubriendo la tarde con él. A las ocho, siempre sale de su garita para aplaudirnos y devolver nuestros saludos, como si nos diera ánimos.

Se puede decir que es nuestro enlace con el exterior, el vigía que tenemos en el fuerte para que, en nuestro nombre, se relacione con los que se presentan. Ahora son bastantes los repartidores que acuden con los pedidos y él parece asegurarse de que cumplan los requisitos de seguridad antes de permitirles entrar. Pasado el filtro, los veo cruzar el patio y dirigirse a cada portal sin perder tiempo. Antes, la distancia más corta entre dos puntos era una línea recta pero remolona que se demoraba para charlar, fijarse en un perro, consultar algo en el móvil o tomarse un cortado. La de ahora es precisa y rápida. 

No dejo de preguntarme qué es lo que pide la gente. Esa habría sido una buena pregunta para el CIS, que entonces esperaríamos con la curiosidad del ¡Hola!, y no las que ya traen su respuesta y provocan el malestar del crucigrama que alguien ha rellenado por ti.  A veces siento el impulso, cuando bajo las botellas al contenedor, de detenerme en la garita para preguntarle al portero qué es lo que traen los repartidores. Con lo que sabe de nosotros, podría adivinarlo sin problema.

Nosotros también hemos hecho compra por internet. Temas puntuales, porque en internet hay que equilibrar la necesidad de lo que pides con el riesgo para ti y para el que lo entrega. Teniendo en cuenta, también, que cada venta es una maniobra más de reanimación en una economía a la que no se le nota el pulso. ¿Y cuáles han sido esos objetos de primera necesidad que hemos pedido? Hago una visita a la nevera y vuelvo.

Esta ha sido nuestra carta de Reyes anticipada: para la adolescente, un producto para mantener el pelo liso; para el adolescente, unos cascos para la Play; para la madre, una pulsera que cuenta pasos; para el padre, un libro impreso. Como es posible que, para la próxima pandemia, el Ministerio de Consumo elabore una lista de productos que se consideren de primera necesidad y prohíba la compra online del resto, me veo en la necesidad de defender estos para que quede constancia. 

Lo del pelo liso para la adolescente es evidente. No pierdo el tiempo con eso. Lo de los cascos es obvio: con el aprobado general conseguido, es el momento de pedir la convalidación en PS4 y subir nota en cuarto de Fortnite y tercero de GTA para pasar el corte de la universidad con holgura. Y la pulsera es imprescindible para que los días dejen un rastro objetivo y medible: los pantallazos de los pasos realizados han sustituido este año con éxito a las fotos en la playa por Semana Santa. ¿Y lo del libro? Otra visita a la nevera y vuelvo.

Cuando comenzó la cuarentena pensaba que mi capacidad lectora se deslizaría sobre páginas y páginas de libros en una interminable pista de nieve virgen. Podría ponerme así al día con esas referencias básicas que tenía pendientes desde hacía mucho tiempo y que me mantenían en la segunda división lectora. Ganaría autoestima, cultura, capacidad de aprendizaje. Un plan fantástico en el que me atasqué a los pocos días: sí, había nieve, pero sin concentración me veía avanzado paso a paso, atrapado en ella hasta la cintura. Para centrarme necesito la confianza de que el mundo al que voy a volver conservará cierta normalidad y éste ahora no es el caso. Así que, midiendo mis libros en pandemias, ahora podría aguantar tres veces más sin añadir uno más.

¿Por qué, entonces, comprar un libro? Al principio del confinamiento, se produjo una gran oferta cultural gratuita: una ardilla con los bolsillos rotos pero intelectualmente inquieta podría cruzar el encierro saltando de una propuesta a otra sin fijarse en el precio. Los proveedores se solidarizaban y la lluvia de links, brillando en los charcos de internet, alegraba la noche. Entre esas ofertas destacaba la de Errata Naturae, que en su página todavía permite descargar veinte libros de su suculento catálogo. Esta ardilla que les habla se detuvo en ese árbol y se llenó los carrillos con más nueces de las que podía comer. ¿Cómo no hacerlo? Así que es justo que, como agradecimiento por ese atracón, quisiera comprarles un libro.

Pero no podía tratarse de una copia digital. Había de ser un libro impreso, físico, de los que ocupan un espacio y a los que les afecta el sol en sus páginas creando las tonalidades de un helado de chocolate y vainilla. Algo que pesa, que se puede doblar, que se arruga, que se rompe, que se mancha, que se puede subrayar y que permite guardar entre sus hojas un billete de metro. Un objeto, en fin, que yo recibiría del repartidor como hizo Noe con la rama de olivo. La prueba de que, más allá de este mundo que nos rodea en el que todo, desde las charlas con los amigos al entretenimiento, es virtual, existe una realidad en la que todos los sentidos pueden poner el pie a la vez. El libro elegido fue Berlín secreto, porque dos palabras que me seducían por separado casaban bien juntas y porque no sabía nada del autor. Me gusta empezar desde cero. 

El repartidor llega con el libro dos días después de pedirlo. Llama al telefonillo de la puerta de abajo y le permito subir. Lo espero en el descansillo. Cuando se abren las puertas del ascensor, mueve el pie derecho hasta el borde sin rozarlo, como si temiera que le invalidaran la salida, y estira el brazo derecho todo lo que puede. Por mimetismo, yo hago lo mismo, aunque podría acercarme un par de pasos. Al paquete le faltan todavía unos centímetros por recorrer. Los dos nos esforzamos hasta que mis dedos tocan una de sus esquinas y puedo cogerlo. Tan pronto me hago con él, el repartidor se echa hacia atrás y le da al botón de bajar. Antes de que se cierren las puertas, me dice:

—Lávese las manos.

Me quedo un poco aturdido en el pasillo de mi casa. El repartidor parecía preocupado, con ganas de marcharse cuanto antes. Me miro en el espejo que está sobre el mueble en el que dejo el libro. ¿Alguna vez me había preguntado qué cara podría tener el coronavirus? Ésta, me digo al mirarme. 

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