Ken Follet escribió La clave está en Rebeca cuando tenía 30 años y era poco más que un autor prometedor que se había presentado al mundo con un thriller espléndido, La isla de las tormentas, medida mezcla de suspense, espionaje en la Segunda Guerra Mundial y retazos de sexo, pero del que salpica. En La clave está en Rebeca volvió a repetir fórmula y éxito. Espero no hacer spoiler si digo que Rebeca no es una mujer, o sí lo es, pero no del modo que imaginan y con este apunte espero haberles confundido lo suficiente. 

No sería justo robar el título a Follett, o la base del mismo, sin rendir justo homenaje a quien ha vendido más 170 millones de libros en el mundo, muchos de los cuales, al menos en España, languidecen en las tiendas de segunda mano, curioso negocio que sólo sirve para detectar cuerpos no fabricados por Tyrell Corporation.

Como iba diciendo, La clave está en Bellingham. Y no por el gol, no me crean tan falto de imaginación, sino por todo lo demás. Hay quien defiende que este Real Madrid ya lo tiene todo: dos delanteros con gol, un zurdo con imaginación, una defensa solvente y un portero extraordinario. Sin embargo, esa conjunción de talentos, no pocos, necesita de un talento más, alguien que vuele por debajo del radar o por encima si salta mucho. Decía Chuck Daly, mítico entrenador de los Pistons y del Dream Team, que un equipo de baloncesto que opte a los títulos de rigor debe tener tres jugadores que sean capaces de anotar más de treinta puntos. En el fútbol no es muy distinto. Tener dos estrellas te ayuda, pero contar con tres te eleva. Bellingham, sumado a Mbappé y Vinicius, los tres en forma, es lo que transformaría al Madrid de buen equipo sin más, a candidato de lo que sea menester.

Y ojo que Bellingham no jugó un partido excelente, solo notable, pero bastó eso para que el Madrid firmara el mejor encuentro de la temporada contra un rival nada despreciable. Esta Juve no es la que ganó seis ligas consecutivas (2015-2020) ni la que en los ochenta esparcía glamour por Europa con dos jugadores que parecían presidentes de empresas del Ibex (Zoff y Bettega). Pero es un buen equipo, tal y como confirmará Courtois a quien desee preguntarle. Sus paradas, en peso específico, fueron tan relevantes como el gol de Bellingham, que, por cierto, todavía no ha sido descrito. Antes toca resaltar que no se recuerda un partido con tantos y tan hermosos recortes y amagues. El concurso lo comenzó Mbappé, que hizo lo que Morante con los toros, pero sin capote. Luego le siguieron otros porque todo en la vida es contagioso, lo bueno y lo malo. Cuando le llegó el turno a Vinicius no defraudó. Penetró en el área, fingió un lado, señaló otro y, antes de que los italianos se repusieran del último engaño, tiró cruzado. La pelota pegó en el poste y Bellingham marcó porque lleva meses esperando un balón así. No es fácil saber qué le mantenido tanto tiempo entre sombras, si la lesión del hombro o el mal año que sucede a uno bueno, pero quizá esto le haga recordar. Tiene tres días para hacerlo. 

Lo siguiente es una aclaración. Cuando indico que no veo a Guler como la última Coca-Cola del desierto no lo hago para negar ni su fútbol ni su contribución al equipo, ni siquiera su efecto refrescante. Guler es un zurdo genial (sólo los hay geniales o torpísimos) al que conviene tener cerca, pero dudo que algún día adquiera el rango de los tres jugadores que pueden marcas más de treinta puntos. Celebraré estar equivocado.

Otra nota debe estar dedicada a Brahim. Hay futbolistas cuya virtud más reseñable es saber jugar al fútbol, es decir, entender en todo momento por dónde discurre la jugada y por dónde debe proseguir. Brahim es de esa clase. A simple vista es un chico sin cuerpo y sin velocidad, pero es mentira. Aunque parece una mesita de noche, se protege como si fuera un armario, y aunque esprinta poco, piensa rápido. No es raro que siempre juegue más de lo que se espera. 

El Madrid necesitaba ganar a un rival de cierta entidad, porque todavía no lo había hecho y porque el domingo se presenta otro, mucho más feroz y que conoce el camino. De eso se trata en el fútbol y en la vida. De saber dónde están las puertas.

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