La narrativa del fútbol tiende siempre a rozar lo divino, nos invita a participar de la vida de sus héroes con dorsal en la espalda y, entre alegorías y metáforas veladas, nos adentra en viajes que atraviesan los paisajes más terribles y alcanzan también los más bellos.

El infierno es la derrota. Noventa minutos que se hunden lentamente en el barro más denso. Gradas enteras convertidas en un terrible coro de lamentos y vestuarios donde resuenan las frías cadenas de los errores. Los gritos de los que fallaron, las hogueras en las que algunos arderán en la memoria de un penalti errado que cuesta un campeonato o de un gol encajado en el último suspiro que también te lo arrebata en alguna isla ignota del Atlántico. Allí se desciende entre sombras y cada paso recuerda la fragilidad del juego. Solo la experimentada voz del viejo Virgilio podría guiarnos en medio de tanta penumbra y tanta tristeza.

El purgatorio se recorre en los entrenamientos. En las grises ciudades deportivas inventoras de madrugadas de frío que se repiten como una penitencia de series interminables. El cuerpo se afila en los gimnasios infinitos. El cuerpo se dobla, se fatiga y se lava en el sudor de los vestuarios secretos, buscando redimir las culpas del domingo anterior cuando nada salió como a uno le habría gustado. Todo es constante espera y normalidad latente. Ascenso lento, disciplina de Academia que pule el diamante. Esa eterna enemiga del potrero y de la ley del mejor en la improvisada cancha de la calle. El entrenador es juez y guardián de la puerta. Su mirada otorga indulgencia o condena. Su gesto señala si el camino continúa o se interrumpe en el templado lago del silencio y la medianía.

Y el paraíso llega con la victoria. Con la siempre buscada victoria. El balón que cruza la línea es una epifanía. La multitud se alza como un cielo luminoso y abierto que emana júbilo eterno, el estadio se inunda de una luz indescriptible y los cánticos de un pueblo, del único pueblo, se vuelven himnos con clarines y arpas. Es el reencuentro con Beatrice, con la belleza cándida del juego, la plenitud instantánea del gol, la comunión entre jugador, escudo y afición. Es esa la inmensa claridad breve y absoluta que justifica todo el viaje.

El fútbol, al fin, como la Divina Comedia del Dante, no es sino una metáfora del destino humano que reside en descender, purgar y ascender. Quizá el verdadero misterio consista en aceptar que cada triunfo es efímero como un aplauso, cada paraíso es distinto y provisional como cada amor. Y que el viaje del héroe, con o sin dorsal en la espalda, no termina nunca en una nota certera, en la palabra ganadora o en el gran gol de la historia. Todo es apenas un sueño repetido. El eco de una celebración en un estadio vacío.

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