La primera vez que España se enfrentó a Bulgaria lo hizo en Madrid y ganó por 13-0, con seis goles de Eduardo González Valiño, Chacho, delantero del Deportivo que se estrenaba como internacional. A Chacho, de 22 años, se le tenía por un jugador apático, como lo son bastantes zurdos talentosos, y un cronista escribió en la previa que era un chico al que le faltaba “decisión”. Hasta esa tarde, obviamente. La goleada no satisfizo a la Federación, que pagaba primas por los goles marcados, ni al cronista antes mencionado: “El éxito fácil del equipo español no impresionó al público, que salió defraudado”. Con este apunte no queda claro si el cronista arrastraba una úlcera sangrante o el espectador de la época era más aficionado a las emociones fuertes que a las exhibiciones de su equipo. Chacho acabó por fichar por el Atlético de Madrid, donde no dejó buen recuerdo: en 1936 falló el penalti que hubiera salvado al equipo del descenso, evitado luego por los avatares de la guerra.

Si la España de Luis de la Fuente hubiera contado con Chacho no habría ganado por trece goles de ventaja, pero se hubiera asegurado nueve o diez. El dominio español fue apabullante y el equipo (Pedri) encontró caminos por dentro y por fuera, en diagonal y en oblicuo, lo que propició un sinfín de ocasiones que no fueron culminadas, la mayor parte de las veces por resultar demasiado fáciles. A las puertas del gol hay que llegar con un punto de agonía; de otro modo, lo lúdico se impone a lo competitivo y el jugador se pierde en fruslerías. Y no me mire así, porque a usted también le pasa. En este tipo de casos, cuando el gol se resiste, lo habitual es señalar al delantero centro como primer responsable de la sequía. En descargo de Samu diremos que no es un ariete para noches apacibles y centrales de peluche. Su fisonomía precisa de defensas que cuerpeen para que él no pierda el equilibrio. No tuvo eso y no tuvo casi nada. 

Por fortuna, este equipo puede permitirse el lujo de jugar sin delantero centro, hecho probado mil veces y refrendado con el doblete de Mikel Merino. Al igual que hay futbolistas que han nacido para jugar en uno u otro club —porque su cara o su bigote combinan con la estética o la ética de la entidad— los hay que nacen para jugar con la Selección, sin que quede muy claro el motivo. Merino es de esa clase. Es un buen jugador siempre, pero mejor con España. 

En todo lo bueno que sucedió, que no fue poco, tuvo influencia directa Pedri, que es, de lejos, quien mejor se lo pasa en el campo. Diría que su importancia en el juego viene dada por el entusiasmo, aun antes que por el talento. Es feliz. Y una persona feliz no espera a que le entreguen la pelota, sino que la toma y la conduce, y la cede luego para repartir felicidad como Rita Irasema esparcía perfume. Pedri no es un futbolista normal; es un anuncio de Coca-Cola. 

Con esta victoria, la Selección ha igualado la racha de la que fue campeona del mundo y ya no hay quien finja prudencia. Llegados a este punto es preferible quedar como unos arrogantes sinceros: somos favoritos y si luego nos elimina Suiza tras empatar con Cabo Verde, mala suerte. Hoy no hay nadie mejor. Y no hablo del juego, hablo del viento, de Chacho vigilando desde arriba.   

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí