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La FeliZidane nunca se irá

La prensa que pide que se vaya Zidane no es que no tenga ni idea. Es que no tiene memoria.

Al Dr. Enrique González Casanova, testigo de todas estas aventuras.

No entiendo muy bien por qué hay que exigirle a Zizou que se vaya del Madrid. Es verdad, son tiempos rarísimos, y lo que es cierto muchas veces no se da por supuesto. Pero, incluso con la que está cayendo, pedirle a ese señor que se vaya me parece de mal gusto.

Para explicarlo es necesario una confesión sobre lo que significa Zidane para este hincha. Corría el año 1989 y yo estaba en quinto de primaria. Por alguna extraña razón, ese día salí muy tarde del colegio y no llegué a tiempo a casa a la hora de la comida para ver el partido de Copa de Europa, vuelta de las semifinales contra el Milán. La expectación era increíble. Como el año anterior, con el PSV, nos había tocado el hueso más duro: el Milán. En la ida, Hugo —mi ídolo— había dejado sentado a Galli y le había dado esperanzas al equipo. Hasta que llegó Van Basten y, con mucha suerte, según creo recordar, puso el empate. Todo quedó servido para la vuelta, para Italia. No había miedo. Sería duro, pero se tenía la absoluta convicción de que Chendo levantaría la Copa.

En cuanto llegué a casa mi madre me dio el resultado. Fue la llorera, el baño. El Milán había vapuleado al Madrid con un espectacular 5-0. Ni Hugo ni El Buitre metieron las manos. Recuerdo tomar el teléfono y marcar a casa de Javi Llaca, mi gran compinche, mi carnal, como decimos acá en la Ciudad de México. Lloramos a moco tendido, éramos conscientes de que la oportunidad se había ido, de que no volvería para El Buitre y Hugo. Aún peor, quizá nunca veríamos al Madrid levantar la Copa.

Al ver los goles aquella noche, no hubo duda: fue la destrucción troglodita de la Quinta. El c’est fini. Ocho italianos y tres holandeses habían parido una nueva criatura, un nuevo rey del barrio. Nuestro amigo Nilis nos lo recordaría durante mucho tiempo: Ancelotti, Donadoni y los tres tulipanes de Rijkaard, Gullit y Van Basten. Pepinazo tras pepinazo. Cinco cero y a casa. Adiós a la final en el campo del Barça: las Copas seguirían en blanco y negro. Acertadamente, Juanma Trueba pone las palabras justas a esa debacle: «La Quinta se disolvió como un prodigio de cobertura nacional y quienes presenciamos aquella derrota todavía localizamos perfectamente la cicatriz. Entre el corazón y la juventud».

Casi treinta años después, en 2016, el Real Madrid le ganó al Manchester City unas semifinales de la Copa de Europa y pasó a la final. La segunda vez en tres años. El año anterior también había llegado a semifinales y, de nuevo, un equipo italiano —en este caso la turinesa Juventus— nos había dejado fuera. Pero no fue un trauma, pues recién se había ganado la Décima Copa. Recuerdo todavía la congoja que me asaltó en 2014: ¿debería ir a Lisboa? Nunca logré quitarme esa cruz, así que se debe tropezar con la misma piedra otra vez. Daba mal fario que la final fuese en Milán, en San Siro. El Madrid, hasta ese momento, nunca había ganado allí. Javi Llaca, quién sino, lo puso en perspectiva: no se necesita ganar para levantar la Copa. De acuerdo, respondí. Vamos, entonces. Costó convencerle: tuvo que viajar desde Alicante, donde vive.

En el viaje, al llegar al aeropuerto, me encontré, sentado en la mesa de un restorán, al gran Hugo Sánchez. «Gracias por hacer feliz al niño que fui». Sonrió. Ya lo sé, me respondió. Me fui contento, pensando que si yo fuese Hugo Sánchez, también respondería con esa seguridad. Quedé con Javi en la estación de trenes. Abrazo largo. Vayan ustedes a saber quién fue la actriz con la que nos tomamos una foto. Había costado lo suyo, pero estábamos en la plaza del Duomo, bebiendo cervezas con extraños, esperando ir a la fan zone, con una imagen a cuerpo entero del dios Di Stéfano.

En algún momento sonó el himno de la Décima y toda la multitud cantó al unísono. Me acuerdo de Nilis y sus dichos: a día de hoy, he visto más copas del Barça que de tu Madrid. Cállate, carajo. No he venido desde la Ciudad de México para ver cómo el equipo pierde, pensaba una y otra vez. En el estadio vi al Mono Montoya, gran ídolo de Boca Juniors. Le pregunté por su percepción: «Ojalá gane el Madrid, pero el Cholo es mucho Cholo». Cantó Andrea Bocelli, no presté atención. Los nervios. Empezó el partido. Gol de Ramos a pase del metrónomo Kroos. Llegamos al entretiempo. Ojalá acabe ya. El Atlético salió en tromba. El cabra de Pepe hizo penalti al Niño. El corazón se me iba. Maldito Nilis. Lo falló Grizou (que rima con Zizou) y me volvió el color. Se lesionó Carvajal, mal asunto, entró Danilo y por ahí, también todos los colchoneros. Empató el Atlético. El partido se alargaba. Llegaron los penaltis. Me entró la taquicardia. Le di mi teléfono a un tipo, al lado. Grábalos, por favor. Lucas y sus malabares. Gol. Marcelo. Gol. Bale, dónde va si está roto. Gol. Ramos, venga capi. Gol. Falló Juanfran, ex del Madrid. Llegó la Reina …

Dicho sin emoción, el penalti de Cristiano fue el inicio de más de mil días como campeón de Europa. Suena fácil, pero —robándole las palabras a Trueba— el Madrid de Zidane se convirtió en un prodigio universal y quienes presenciamos aquello todavía localizamos perfectamente la cicatriz. En un pelón francés que no dejó de sonreír.

El segundo tiempo de la final de la Duodécima es, seguramente, el mejor fútbol que le he visto al Madrid en mi vida. La prensa que pide que se vaya Zidane no es que no tenga ni idea. Es que no tiene memoria. La FeliZidane no se irá nunca. Todavía no se va la yudoteca de Glasgow, menos se van a ir tres Copas de Europa seguidas. No hay forma. Zidane es el rendentor de esa manita infausta, de ese dolor entre el corazón y la juventud. Es el dador de alegrías y sonrisas. De acuerdo, se vive del presente; pero es el pasado lo que nos da identidad. A día de hoy, Zidane es lo que evita que el club, con el coronavirus de por medio, se desbarranque. Ya se vio en ese feo paréntesis de cuando se fue después de Kiev. Quizá eso es lo que quieren los diarios: ver al Madrid irse a la barranca. Pero Zidane, como Harry Potter, lo evitará y volverá a sonreír. Se irá cuando él quiera, no antes, no después. Y nos volverá a doler.

***

Volvamos al principio de la FeliZidane, a esa imagen en San Siro, llorando con el Javi, después de la Undécima. ¿Valió la pena? Dejaré la respuesta que me dio, ahí mismo en la tribuna, ya con estadio vacío: “Si no fuese por mis hijas, este sería el mejor día de mi vida. No sólo fue en color, sino en vivo y en directo. Qué irá a decir ahora el Nilis”. Seguramente, como es pelón, igual que Zidane, no tendrá más remedio que sonreír, le respondo.

¿Entienden? La FeliZidane se irá sólo cuando se terminen las sonrisas y se nos caiga el pelo. Conviene recordarlo, tenerlo siempre muy presente, casi junto a la cama, antes de ponerse a buscar estraperlos en el fondo de la piscina.

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