Escribo mientras revisito la película Los violentos de Kelly (1970), libertad que no deberían tomarse los becarios que me lean, si es que tal milagro pudiera suceder: que lean en general y que me lean a mí en concreto. El ejercicio tiene cierto sentido. Todo parte del deseo de documentarme sobre el fascinante mundo de la artillería y de los carros de combate, sin otra intención que derivar el conocimiento a la metáfora futbolística del cañonazo. La primera pesquisa me llevó al famoso cañón Gran Berta, llamado así en homenaje a la germánica Bertha Krupp, heredera del imperio del mismo apellido y quién sabe si mujer de espléndidos fogonazos. Los aliados terminaron por denominar “Gran Berta” a cualquier cañón amenazante y los parisinos se acordaron mucho de la familia Krupp durante el asedio al que fueron sometidos durante la Primera Guerra Mundial. No obstante, quizá un tanque tenga mejor encaje con la metáfora, nada original, que pretendo formular. Aclaremos, antes de proseguir, que el término “tanque” nace de una confusión intencionada. Seguimos en la Primera Guerra Mundial. Para ocultar al enemigo los primeros prototipos, los ingleses llamaron a sus carros de combate “tanques de agua» y cuando fueron empaquetados camino del frente lo hicieron en enormes cajas de madera con el sello “tank”; el resto de la historia se puede suponer.
En el fútbol ha habido tanques míticos. El locutor Héctor del Mar, creador de motes descriptivos y fabulosos (fundador de la Marvel futbolística radiofónica), cantó las proezas del “Tanque” Stielike y de la “División Acorazada” Arteche. Hans Pieter Briegel también fue apodado “El Tanque” por tener la misma textura que un Panzer y en Argentina han llamado así a Pavone, Germán Denis y otros muchos tipos de anchas espaldas y ruedas de oruga. Sin embargo, al cañonero propiamente dicho se le queda corto el blindaje de los carros. Personalmente, no he visto a un jugador chutar más fuerte que a Ronald Koeman, en parecido rango que Roberto Carlos y el Toro Aquino, pero más colocados sus tiros, impactados muchas veces con el interior del pie, y no con el empeine, algo extraordinario para quien alcanzaba los 180 km/h. No menos extraordinario es que Mbappé consiga imprimir tanta fuerza a sus disparos desde fuera del área con tiros ejecutados con una especie de pique interior, muy apto para colocar la pelota en la escuadra, pero poco recomendado para imprimir fuerza; prueban y verán.
Como no hay como los ídolos de la infancia, me veo obligado a citar también a Johnny Metgod, un holandés que fichó el Madrid en los 80, cuando el club tenía más imaginación que dinero. Metgod era un líbero grandón y lento que sólo se volvía sublime cuando agredía al balón con su bota gigante. Algo así como lo que hizo Militao a los 22 minutos, cuando su equipo rebotaba contra la pared del Espanyol como una Conga. Se dice que Arconada se lesionó una mano por querer interrumpir un lanzamiento de penalti del bueno de Johnny y no seré yo quien lo ponga en duda, se lo debo. En una ocasión, después de mucho gritar su nombre desde la grada, me saludó y un niño no olvida ciertas cosas.

La película Los violentos de Kelly deja bien a las claras la importancia de tener un tanque y, en lógica consecuencia, un cañón. Oddball, el personaje al mando del carro de combate, un M4 Sherman tuneado para el cine, es tan icónico que, desde entonces, tomamos a Donald Sutherland por loco, aunque quizá no lo estuviera tanto: «Un héroe no es más que un montón de carne picada». El tanque en cuestión es clave para lograr un gran tesoro, lo que iguala el argumento de la película al partido. De no ser por la artillería, el Madrid hubiera tenido complicado ganar el Espanyol, un equipo que supo cómo salir, aunque no tuvo la menor idea de cómo entrar. Digamos que se movió como los grandes y arañó como los pequeños. Eso sí, que te maten en el Bernabéu de dos chutazos es una muerte más que honrosa, porque significa que lo controlaste todo, menos un par de cuádriceps. Por otro lado, apetece mucho que le vaya bien a Manolo González, porque es la fiel representación de todos los Manolos González que en el mundo son, serán y han sido, un entrenador sin pose.
No hubo juego salvo esos zapatazos. Hubo algún destello de Mastantuono, que es un chico que tiene nervio y rebeldía, como si hubiera jugado en la calle sorteando farolas, guardias y bocas de riego, una zurda en llamas, antítesis de la gélida elegancia de Arda Güller, favorito del público. Justo entre medias situaría la zurda de Carreras. De Gonzalo, novedad en el once, poco se puede decir, porque nada dijo él. Tampoco hay opción de opinar sobre Bellingham y Camavinga, que entraron al campo para saludar y hacer ver que están enteros. Así se completó la tarde, de máxima felicidad para los que sólo se ocupan del resultado y desde ahí lo explican todo. Lo sé. Justo en este punto, Oddball asoma por la escotilla del tanque y me grita: “¡Por qué siempre miras el lado negativo de las cosas!”.







