Quién fuera zurdo. En términos generales el zurdo es, para el diestro, una rareza que despierta admiración, como si ser zurdo fuera el síntoma de alguna forma de genialidad. Yo fui buen amigo de un muchacho zurdo que me dedicó un dibujo a lápiz titulado “Gallos, gallinas y mutantes” y el título no mentía sobre lo representado. No imagino a un diestro haciendo tal cosa.
Lo cierto es que desde niño me fascinó la singularidad de los zurdos. Lo que no siempre era recíproco. En el colegio había un zurdo al que llamaban Zocato que me persiguió a la salida de clase durante meses, lo que me adiestró (nunca mejor dicho) en las carreras de campo a través. Si no gané competición alguna es porque allí no estaba Zocato para perseguirme.
Tengo para mí que hay dos tipos de zurdos, al menos en lo que se refiere al fútbol: el genio sublime y el torpe recalcitrante. Cuando hay un balón de por medio es cosa extraña toparse con un zurdo insulso. De modo que lo habitual es encontrar a los genios en la mediapunta y a los torpes en la portería (la única opción del zurdo malo es pedir los guantes).
Valga la introducción para hablar de la zurda de Asensio, que es un ente con vida propia, como la boca de Julia Roberts. Creo que a estas alturas estamos en condiciones de afirmar que Asensio no domina su pierna izquierda, sino que es ella la que lo domina a él. Lo suyo, por tanto, no es inspiración, sino posesión intracorpórea. Si Asensio tuviera algún poder sobre su pierna izquierda (lo que llegamos a suponer hace años, tan ingenuos somos), su carrera sería un pasearse por el mundo recogiendo premios. Pero no. Al igual que sucede en el Cyrano con el bello pretendiente de Roxanne, Asensio sólo recita poesía si la zurda le sopla los versos al oído.
Desde esta perspectiva se explica mejor el gol de Asensio al Granada (y sus ausencias habituales), un chut imparable hasta para un portero tan avezado como Maximiano. La pelota fue impactada de tal forma que no siguió una trayectoria convencional. Es como si parte de la zurda de Asensio hubiera viajado a bordo del balón para esquivar en última instancia al portero. Digamos que el golpeo no fue ni gallo ni gallina, sino mutante.
Ni qué decir tiene que Asensio nos pareció entonces el jugador más hermoso del mundo; él mismo debió sentirse así porque, en un arrebato de enajenación culturista, se quitó la camiseta y la arrojó al césped. El gesto confirma que fue el primer sorprendido por la ocurrencia de su zurda.
Por desgracia, las zurdas vienen y van. Zocato también pecó de indolente y se cansó de perseguirme. Imagino que su zurda se apoderó de él y le dio órdenes tajantes: “Querido, deja de correr como si fueras diestro”.




