La Vuelta a España resiste cualquier contratiempo. Y hasta diría que sale reforzada de cada revés. La coincidencia con el final del Giro, conocida desde la reubicación del calendario, se imaginaba más amable y, sobre todo, mejor ordenada. Estaba previsto que lo más excitante de la ascensión al Tourmalet llegara cuando el Giro ya hubiera recogido el confeti. Bien, pues nada salió como se esperaba. El Tourmalet pasó a mejor vida, primer golpe. Luego el Giro alcanzó el último día con los dos primeros en el mismo tiempo, gancho a la mandíbula. Y, para colmo, los desenlaces se solaparon, croché al hígado. Los ciclistas de la Vuelta comenzaron el ascenso a Formigal con la maglia rosa en el aire y con los aficionados sin saber dónde mirar. Y, por si las desgracias no fueran bastantes, llovía en el Pirineo aragonés, lo que interrumpía la retransmisión y hacía casi irreconocibles a los ciclistas.
Entonces afloró el espíritu de la Vuelta, esa carrera que se sabe la más fea de las hermanas, pero que ha cultivado una personalidad propia y tan atractiva como las demás.
Cuando el Giro proclamó como vencedor a Tao Geoghegan (nombre que equivale a Tom en gaélico y apellido con el mismo origen, Mag Eochagain), Ion Izagirre era cabeza de carrera en la Vuelta, destacado de lo que fue una fuga de 23. Antes lo había intentado en solitario Gorka, su hermano mayor; quién sabe cuántas veces habrán imaginado una estrategia parecida en la intimidad de su cuarto. Ion Izagirre, por si no lo recuerdan, se vio obligado a abandonar en el Tour de Francia por una caída. Su imagen era impactante, sentado en una acera, conmocionado y ensangrentado. Se fracturó una clavícula y varios huesos de una mano. No es mentira que los ciclistas están hechos de una pasta especial.
Por detrás, en el grupo de favoritos, comenzó el baile. Primero atacó Marc Soler, maravilloso verso libre. A continuación lo hizo Carapaz. Roglic se vio cortado y solo. Al poco enlazó con Enric Mas. Por delante, Carapaz hacía una exhibición de fuerza y generosidad, sin solicitar relevos, sin mirar atrás. Sin calculadora.
El resultado es el que sigue: Carapaz y Soler aventajaron a Roglic en 43 segundos y a Enric Mas en 48. El ecuatoriano del Ineos es el nuevo líder de la carrera. No fue mentira su victoria en el Giro de 2019. Ni su recital en la última semana del Tour. Es posible que Carapaz vaya a ser lo que imaginamos que sería Nairo.
Al cambio de líder se suma una polémica todavía incipiente. El protagonista es Marc Soler. Su ataque dejó atrás al que teníamos por jefe de Movistar, Enric Mas. Ahora sólo les separan 35 segundos en la general a favor de este último. La pregunta es si Movistar, equipo tradicional y tradicionalista, permitirá la bicefalia (tricefalia si contamos a Valverde) o volverá a frenar a Soler.
Para mayor morbo, por si hiciera falta, Soler felicitó a Carapaz cuando cruzaron la meta, buen trabajo, amigo, cuestión que podría incomodar a sus directores, el mundo está lleno de susceptibles. Personalmente, creo que ya es hora de aceptar la singularidad de Marc Soler y apostar por ella. La genialidad también es el arte de lo absurdo.
Así es la Vuelta a España, ahora sola en la pista y con los cuatro primeros en el intervalo de 30 segundos. Y quizá con pique entre españoles, ojalá. Leía hoy en el portal cyclingnews que el tiempo del distanciamiento social coincide con las clasificaciones más apretadas en la historia del ciclismo, así ha ocurrido en Tour y Giro, y la Vuelta va por el mismo camino. No se me ocurre mejor postre para las tardes que vienen.




