En la época del reguetón, hip-hop, el trap y otros estilos de difícil pronunciación y peor digestión resulta casi revolucionario que Hombres G celebre el 40 aniversario de su primer disco en plena faena o que Aerosmith publique nuevo material. El rock siempre está en peligro, pero nunca se extingue. Si el fútbol es el regreso semanal de la infancia, como apuntó Marías, el género de los cuernos ofrece el billete a la edad en la que todas las primeras veces se podían experimentar en la parte trasera de un coche. Y eso ya es mucho decir. 

El grupo español, protagonista y paria de La Movida, estrenará en abril un documental (Los mejores años de nuestra vida), prepara nuevo disco y en unos meses regresará a la carretera con una gira de 70 conciertos por España y América. Más de 20 millones de discos vendidos y 4.000 escenarios repletos, los G siguen muy por encima de la decadencia actual, que llega incluso a cuestionar aquel “voy a vengarme de ese marica” mientras eleva y ofrece el trasero, arrima lo que se precie y celebra sin perspectiva feminista las letras de su reguetonerde cabecera. Curioso.

Por su parte, los de Boston acaban de protagonizar un nuevo regreso desde el abismo, especialidad de la casa. Y es que si existen dos maneras de mantenerse en la cima, la constancia y el equilibrio o el renacer como hábito, Aerosmith acumula 50 años batiendo sus alas cuando todos le daban por muerto. 

Ahora, tras renunciar a las giras por prescripción médica de las cuerdas vocales de Steven Tyler, los americanos han sorprendido con la salida de un EP (para los de la LOMLOE, un Extended Play, esto es un disco de sólo cinco canciones) unidos al último grito —y esto es literal— de la música británica: Yungblud se hace llamar el muchacho. Y la cosa suena bien.

Como decimos, no es la única vez que Aerosmith vuelve a lo más alto de las listas después de sortear alguna curva más que peligrosa. En los incontrolables 70, después de que Tyler y Perry se ganaran el apelativo de Toxic Twins (Gemelos Tóxicos) los excesos ganaron a las canciones y el segundo terminó por salir del grupo. Hablamos de un estado en el que llegaron a grabar lo que pensaban que eran grandes creaciones, hasta que al día siguiente escuchaban las pistas basadas en gruñidos, frases inconexas y ruidos sin sentido. Imaginen la escena.

Pero varios años y desintoxicaciones después, Aerosmith volvió a reunirse para firmar los mejores años de su carrera y quizá los de la vida de mucha gente. Cómo no bailar en la unión del rap y el rock con la Walk this Way interpretada junto a RUN DMC. Qué sería de la señora Doubtfire, interpretada por Robin Williams, sin aquel juguetón Tío, parece una chica. Quién no fantaseó con montárselo en un ascensor o se estremeció ante la historia de Janie y su pistola. Por no mencionar la osadía de incluir tres baladas cañón (CrazyCryin y Amazing) en un solo disco, culpables de hacernos perder horas embobados con las peripecias de Alicia Silverstone y Liv Tyler, por decirlo suavemente. 

Siempre que observo a alguien escuchar algo que suena a guitarras, bajo y batería me sucede un poco lo que ha escrito Galder Reguera sobre su experiencia con la lectura: “Me encanta escrutar su rostro, estudiar los leves cambios que se producen en su gesto (cejas, párpados, borde de los labios) a medida que sus ojos recorren las líneas de texto y las palabras le resuenan ahí dentro, en lo que somos las personas más allá de cuerpo”. Porque tengo para mí que a este género, más cercano a la experiencia que a la música, se llega de igual modo que observamos a una chica desnuda en el balcón de enfrente: cumpliendo el tránsito entre la duda, la curiosidad y la obsesión. 

Y es que unos acordes pueden suponer el ensayo del orgasmo, un súbito despertar del ánimo o la caída más profunda en la nostalgia. Me gusta pensarlo, como también creo que el rock se gana su valor no por acoger o reconfortar, sino por parecerse a aquel último empujón de nuestro padre antes de que tuviéramos que sostener el equilibrio por nosotros mismos sobre la bicicleta. 

En un mundo en el que ya perdimos el misterio de escribir y recibir cartas, o la emoción colegial al recoger el revelado de un carrete de fotos, no dejemos de prestar el oído al rock, que es lo más parecido que he encontrado al primer amor en dosis de cuatro minutos.