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Las caras que nunca vemos

Y esa era su labor diaria, convencer a desaprensivos irresponsables de que sus acciones eran casi homicidios imprudentes.

No podía negar que sentía miedo y que no había dejado de sentirlo desde que comenzó todo, aunque siempre procurara ocultarlo ante sus compañeros, primero porque en nada hubiera ayudado pero, sobre todo, porque le hubiese dejado colgado ya para siempre el sambenito de cobarde, con todo lo que ello hubiese supuesto. Y por eso, todas las mañanas salía con su uniforme verde, el mismo, con algunos matices, que habían llevado su padre y su abuelo y que ahora llevaba también su hermano, con todo el orgullo con el que había aprendido a vestirlo y con la fuerza que le daba saber que toda la institución estaba ahí, al servicio del país, y que el país entero los necesitaba como nunca, apoyándolos también como nunca, y por eso hacían controles en la carretera y buscaban a irresponsables y desaprensivos que se saltaban la cuarentena sin pensar ni por un momento, ni por un solo instante que, con su absurda imprudencia, estaban ayudando a esparcir un virus que podía matar a gente inocente que de nada tenía culpa.

Y ese era el único motivo de ponerse su uniforme cada día, salvar vidas de inocentes aún a riesgo de la suya propia, tal y como le habían enseñado en la academia. Y últimamente no había servicio en el que no le dieran la oportunidad de demostrarlo. En su última guardia, había tenido que escuchar a una pareja con un bebé en el asiento trasero, al que intentaron disimular poniéndole una toalla por encima, decirles que estaban agobiados y aburridos y que en su casa de la playa iban a estar mejor, sin pensar en nada ni en nadie, ni siquiera en su hijo, solo en la terraza de su apartamento. Y esa mañana pararon un coche en el que viajaban dos chicos, y al preguntarles el destino y el motivo del desplazamiento, les contestaron que se iban a Denia a relajarse, asegurándoles, eso sí, que allí sí iban a cumplir el confinamiento porque desde el momento en el que llegaran, no iban a pisar la calle.

Y luego, tuvieron que escuchar sus exabruptos, porque la gente en esos momentos deja de sentir que ve a una persona, porque deja de ver una cara y solamente ve un uniforme verde, sin pensar que bajo ese uniforme y esas insignias, también habita una persona, mientras educadamente trataban de hacerles entender el peligro que suponía su actitud tanto para ellos como para los demás, para toda esa gente responsable que acataba las normas por el bien común y que no tenía culpa de nada. Luego y tras escucharlos, al decirles que lo sentían, pero que tendrían que denunciarlos, los modos empeoraron, como siempre y uno sacó el móvil dispuesto a grabar en directo la violencia policial y colgarla en las redes sociales, relatando en voz alta, como si fuese un reportero de guerra en un país lejano, peligroso y sin ley, lleno de guerrilleros y mercenarios, cómo una pareja de la Guardia Civil le ponía una multa, y todo eso, mientras no paraba de toser.

Porque así solían ser muchos de sus días, intentando proteger a gente que no quería ser protegida y a la que no le importaban los demás, sin un aspaviento, ni un mal gesto, aunque fuese mínimo, que pudiese echar por tierra la labor de todos esos uniformes verdes que no tenían cara, intentando contener cada día su rabia y su pena, mientras escuchaba diatribas entre toses en ventanillas abiertas, acerca de los derechos de las personas y amenazas de grabaciones y promesas de buen comportamiento mezcladas con discursos acerca de que la cosa no era tan grave y que tanta norma era exagerada.

Y siempre pensaba que todo se debía al anonimato, porque cuando le decía a alguien que con su actitud podía estar matando a otras personas, casi nadie era capaz de ponerle rostro a esa gente, y solo pensaba en sí misma, en la cara que habían visto esa mañana reflejada en el espejo, porque hay caras que nunca vemos, porque pensaba que si la gente fuese capaz de visualizar por un solo instante la cara de aquel al que iban a matar, el miedo los paralizaría al ver la atrocidad que estaban cometiendo, porque, y eso se lo había enseñado la experiencia, es imposible sustraerse a la cara de un inocente, porque es imposible olvidar su rostro, quitarte de la cabeza la cara de alguien que acaba de morir, pero es que hay caras que nunca vemos porque no queremos verlas.

Pero ellos sí lo sabían, porque es su día a día y porque en la academia les enseñan que a veces, algunas veces, la estupidez humana no tiene límites y que hasta que la gente no le ve las orejas al lobo, largas, negras y puntiagudas, no aprende y esa era su labor diaria, convencer a desaprensivos irresponsables de que sus acciones eran casi homicidios imprudentes, y que ellos, con esos uniformes verdes que impedían que la gente viese sus caras, solo querían salvar, tal y  como les habían enseñado, a la mayor cantidad de gente posible.

Y no era difícil, porque en su caso, sí tenía dos rostros grabados. Dos rostros que eran su compañía desde que salía a la calle cuando aún era de noche hasta que terminaba su jornada, cuando se iba al cuartel con todos sus compañeros a quitarse ese uniforme y desinfectarse y ponerse de nuevo su cara, esa que la gente nunca veía, antes de irse a casa a desinfectarse de nuevo, pero no por no contagiarse sino por no contagiar a aquello que más quería, aquellos que no veían su uniforme y sólo veían su cara, aquellos que, aun sabiendo que no iba a poder besarlos ni abrazarlos esperaban pacientemente su llegada con el pijama puesto y los ojos adormecidos desde el fondo del pasillo para decirle, tirándole muchos besos: «Buenas noches, mami. Te quiero mucho”.

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