Hasta hace un par de meses, mi madre era adicta a las series turcas. No le pregunté por qué por si me picaba la curiosidad y yo también acababa enganchado. Ahora, con más tiempo libre, se asoma a otros canales y me cuenta lo que descubre:

-Una serie con una chica abogada que está muy bien.

-¿Cómo se llama?

-Sale una mujer con el fondo rojo.

Nos quedamos unos segundos en silencio.  Me dice un par de palabras en un idioma que debió extinguirse hace muchos años. Me lo repite más despacio. Siguen otros segundos en silencio. Para la próxima pandemia, sería bueno que los títulos de las series extranjeras se tradujeran para evitar estos problemas. 

Este de las series es un tema socorrido cuando hablamos. Como hay algunas que cambian de plataforma según la temporada, la voy guiando para que no se pierda. También le doy sugerencias con las que no hay término medio: o no pasa de la presentación o se las ve en sesiones maratonianas de las que sale más aturdida que un surcoreano entrenando para la final del Starcraft.

-La del FBI y la de su hija. Solo me quedan dos episodios. Aunque lo de la hija no se sabe al principio. ¿Tú la has visto?

-No, mamá, no. Gracias por lo de la hija. 

Es difícil encontrar temas de los que hablar todas las tardes sin haber salido de casa. No todos tenemos la cabeza de Sheldon Cooper para descubrir secretos del universo con una pizarra y un rotulador. Hay que esforzarse. Mordisqueamos cada día el mismo hueso, con la esperanza de dar con un trozo de carne jugosa.

-Ayer me entregaron el pedido que hice. Me trajeron crema de vinagre de Módena en vez de vinagre de Módena. Lo bueno es que en vez de una bandeja de fresas me pusieron dos y me cobraron una.

Hace tiempo, un hecho así nunca habría aparecido en nuestra conversación. Como no solemos hablar muy a menudo, sí que surgían asuntos más relevantes que contarle desde la última llamada: que tenía un nuevo nieto que ya había cumplido tres años, que había cambiado de trabajo dos veces, que me habían robado el móvil y desde hacía varios meses tenía otro número que debería actualizar. Cada charla era un buen trozo de solomillo que atacábamos con hambre y buen humor.

-¿Y es muy grande la diferencia entre el vinagre de Módena y la crema de vinagre de Módena?

Al pronunciar Módena pienso, no sé por qué, en Shakespeare. Mi madre es ahora la que se calla, como si el que hablara en un idioma extraño fuera yo. Al pensar en Shakespeare pienso, si sé por qué, en Deadwood, la serie que un hijo nunca le recomendaría a su madre.

-La crema no sirve para la ensalada, que es para lo que la quería yo. Pero la he probado con el salmón y le va muy bien.

El de la comida es otro tema interesante que trato de evitar. Como el colchonero que revisa la final de Lisboa, sé que siempre me va a llegar ese minuto 93 en el que mi madre se va a acercar al área y me va a colocar su comentario de un cabezazo justo donde no puedo pararlo.

-¿Y vosotros qué habéis comido hoy?

-Pollo empanado.

-Hace poco que habéis comido pollo empanado, ¿no?

Y tan poco: ayer. No he heredado las habilidades culinarias de mi padre. Mi única receta para todo lo que llega a la cocina es empanarlo. La primera vez que, declarado el confinamiento, fui al Mercadona y vi la zona de las bandejas de pollo vacía sufrí un ataque de pánico. Me vi obligado a fijarme en los carritos de los demás para saber qué se llevaban para comer. Por mimetismo cogí un par de patas de cordero que escondí en el fondo del congelador por si a Clarice Starling le diera por llamar a la puerta.

En todo este tiempo, mi madre no ha repetido plato: abre un bote, fríe unas cebollas y, conforme me cuenta la receta, me va llegando el olor de lo que ha preparado. El pobre Proust se tuvo que conformar con una magdalena. Yo dispongo de primero, segundo y postre. 

-¿Y coméis fruta? No sois muy de fruta.

Hay que encajar estos reproches de madre bien merecidos como el Atleti con los siguientes goles de Bale, Marcelo y Ronaldo. Le digo que compramos plátanos, pero para mi madre, no sé por qué, los plátanos nunca fueron una fruta de verdad. La manzana, sí. La más aristocrática de las frutas por la variedad de sus nombres y por la destreza que hace falta para pelarla bien. Cualquiera puede quitarle la piel a un plátano, pero pocos saben usar un cuchillo para desnudar la manzana con la precisión de un Hannibal Lecter. 

La llamo después de las ocho, cuando varios vecinos que han salido a aplaudir aprovechan para hablar entre ellos de un balcón a otro. Ella también conversa con el suyo, un hombre poco mayor que ella que ha vuelto a casa después de haber sido ingresado por coronavirus. Siempre le recuerdo que tiene que mantener toda la distancia posible y usar mascarilla. 

-Sí, sí, él desde la habitación más alejada y yo también. 

Sé que conoce todos los protocolos. Si no se queja cuando se los recuerdo es porque le gusta que se preocupen por ella. Normalmente mi papel de guarda no exige mucho: su comportamiento es seguro y predecible, como el paso de una tortuga. Sin embargo, a veces el cuento cambia y se convierte en liebre:

-Después del fisio voy a la peluquería.

-A la peluquería no puedes ir, mamá.

-¿Al fisio sí y a la peluquería no?

-Al fisio tienes que ir por tu espalda. A la peluquería, no.

-¿Tú has visto cómo tengo las raíces?

-Las dejas para luego. Ahora no puedes ir.

-Pues no me habías dicho que no podía ir a la peluquería.

-Porque no me lo habías comentado.

Después de eso sólo ha salido a la farmacia a por sus pastillas. Le pregunto por su rodilla recién operada y por el puente que le está dando problemas. Sé que los dos la molestan, pero pasa por encima, como si no importara. Esta manera de evitar sus problemas de salud no es algo específico de mi madre, sino de toda una generación. Una compañera se ha enterado de un problema de salud de la suya porque se lo contó a una amiga de su hija.  

-Yo estoy bien. Los que os tenéis que cuidar sois vosotros, que sois jóvenes.

La única persona para la que siempre serás joven es tu madre. Como si el pelo que te falta, las manchas que te salen en la cara y los errores cometidos en tu vida fueran elementos secundarios que no afectaran a la impresión general. Una madre te mira como el colchonero a su equipo: no importan las finales perdidas. No importan en absoluto.

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