Iniesta representa el todo y Messi la parte. Messi necesita más a Andrés que Andrés a Messi”. Eso dijo en rueda de prensa Juanma Lillo antes de enfrentarse al Barça en Liga. Quién le iba a decir al entonces técnico del Almería que sería en el Vissel Kobe japonés donde, 15 años después de su casi llegada al Camp Nou, cumpliría su sueño de dirigir al genio de Fuentealbilla.
Recapitulemos. En 2003 se celebraron elecciones a la presidencia del Barça. El principal favorito de todas las encuestas era el publicista Lluís Bassat, que llevaba en su lista a Pep Guardiola como director deportivo. El centrocampista catalán, todavía en activo, ofreció a Juanma Lillo el cargo de entrenador del primer equipo si la candidatura salía vencedora. Sorprendentemente, el ganador fue Joan Laporta y el técnico vasco tuvo que hacer borrón y cuenta nueva, y continuar con su carrera, aunque siempre en contacto con uno de sus principales admiradores.
“Había jugado contra mis equipos, pero un día de 1998, después de un partido entre el Barcelona y mi Real Oviedo, mi delegado tocó a la puerta de la oficina y me dijo que Pep quería presentarse. ¿Cómo decirle que no a un jugador que me gustaba tanto? Dijo que quería conocer mi forma de jugar y conversamos. Desde entonces siempre hemos estado en contacto”, reconoció Lillo en una entrevista a la UEFA.
Un par de temporadas después de su fichaje frustrado por el Barça, el tolosano hizo las maletas al Dorados de Sinaloa, el club que actualmente dirige Diego Armando Maradona. En esa ocasión, los papeles se invirtieron y fue Lillo quien le ofreció un puesto de trabajo a Guardiola. Eran tales las ganas de Pep de entrenar al lado del vasco que hizo oídos sordos a las advertencias que le llegaron sobre la inseguridad de Culiacán, el epicentro del Cartel de Sinaloa del Chapo Guzmán, el más influyente y uno de los más violentos del planeta. Para desgracia de ambos, la temporada se saldó con un descenso, aunque sin esa corta pero intensa experiencia en México hubiera sido muy difícil de imaginar la posterior trayectoria en los banquillos de Guardiola.
En 2003, antes de la victoria de Joan Laporta, Juanma Lillo, convencido de que la candidatura de Bassat saldría adelante, comenzó a planificar entrenamientos y a analizar la plantilla del Barça. Dentro de un grupo de excelentes jugadores había un joven de 19 años de un pequeño pueblo de Albacete que había brillado en el filial azulgrana. Con el paso de las temporadas ese canterano de pocas palabras y magia en los pies terminaría convirtiéndose en uno de los guardianes de estilo del mejor Barça y la mejor Selección española de la historia.
Los socios del Barça privaron a Lillo de la oportunidad de acompañar al medio manchego en sus primeros pasos en el fútbol de élite. No pudo a asistir a sus comienzos, pero hoy podrá asistir a su final. El entrenador vasco se encontrará, en un fútbol apartado del mundo, con la última versión de un Iniesta que ya ha quemado todas las etapas de futbolista. Será una experiencia casi intima, alejada de los focos y la presión, como ya sucediera con Guardiola en México, centrada exclusivamente en la pasión que ambos comparten: el fútbol.





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