Benjamín Button fue una ida de olla de Scott Fitzgerald, el autor de El gran Gatsby y Tender is the night, escritor vencido por el enolismo —ese vicio que ha tumbado a tantas buenas cabezas como la tisis— y que no llegó a pasar del medio siglo en este valle de lágrimas en la lluvia. Ideó este bonito cuento en el que el protagonista nace viejo y se va haciendo joven siguiendo un doloroso camino inverso a su amada. Sabiendo que la vida es un círculo en el que salimos y volvemos al mismo ignoto punto y que el tiempo, como dejó acreditado Einstein, es relativo o, más bien, es solo espacio y movimiento y, por tanto, podría ser recorrido en sentido inverso, tampoco resulta tan aberrante la ficción del minesoteño (permítaseme el gentilicio).
Tan solo necesitaríamos un vehículo que fuera capaz de circular a velocidad mayor que la luz para invertir la línea del tiempo. Parece difícil, pero más difícil parecía ver al Mono Burgos atildado como un alto ejecutivo o como un intelectual de la Facultad de letras de Harvard. Nada tan extraño para una generación marcada por el fallo de Cardeñosa ante Brasil en el Mundial de Argentina 78, que ha visto caer los muros de Berlín y del franquismo y que ha visto cómo disparaban sobre Reagan o sobre el papa Juan Pablo II y que empezaba los fines de semana con el Un, dos tres y los acababa con la “Canción triste de Hill Street”. Toda esa gente, en definitiva, que reconoce los nombres de José Luis Fradejas, Felipe Mellizo o Fernando García Tola, que se dormía escuchando a Supergarcía y sus míticos Pablo pablete y pedrusquete.
Pues sí, para toda esta variopinta peña, que nos hablen de fabricar un cohete que deje atrás a un ejército de fotones no nos impresiona porque hemos visto desde carros tirados por burros hasta los coches que se aparcan solos. Pero el tiempo pasa, los años caen, ya hace tiempo que se dobló la boya de los ocho lustros, esa que marca el retorno hacia el punto de partida y, sin embargo, el ánimo no decae. Se unen nuevos compañeros al viaje como la presbicia, la urgencia para ir al urinario o los dolores ubicuos y erráticos; pero la esencia, el espíritu risueño, persiste. ¿Cuándo voy a crecer de una vez doctor? Porque, como decía Julio Iglesias, me gustan las mujeres, me gusta el vino, me gusta la fiesta, me gusta gastar lo que tengo y sobre todo gastar el tiempo, ese bien tan preciado que dicen los sabios aunque no sean de Hortaleza. Y gastando y gastando el tiempo a conciencia, se han pasado más de cinco décadas y allí estamos, con la moral intacta, como Urquiaga o Villarroya, esos laterales de pie ofuscado pero de vitalidad irreductible.
Y piensas en cómo veías a los cincuentones cuando eras joven y por lógica dices, así me verán ahora los ahora jóvenes. Pero te miras en el espejo y entre alguna arruga y muchas canas descubres al joven que fuiste y quieres seguir siendo, aunque el lumbago te impida concluir el frenético baile al que invita el En blanco y negro de Barricada o el Satisfaction de los Rolling. Querer es poder, esa inconsciencia de los valientes. Sentirse joven es una actitud, casi diría que un derecho constitucional. Igual que uno puede elegir su nombre o su sexo, también debería poder elegir su edad, a la puñeta con el DNI. Un día moriremos y ya no seremos nada, solo recuerdos progresivamente borrosos en la cabeza de unos pocos, ¿quién puede ser el aguafiestas que nos diga que ya somos mayores y debemos sentar la cabeza? Si lo que se sienta es el trasero, la cabeza siempre vuela como un cohete que torciera el brazo a la luz y al tiempo. Por ello, reivindico mi decisión de considerarme permanentemente instalado en la treintena, ni demasiado joven, ni muy pasado de rosca. En el punto exacto. No me pregunten la edad si no quieren oír una mentira. Tengo 34. Y Benjamín Button era un pardillo por no quedarse quieto.







