¿Por qué nos gusta tanto el deporte? Supongo que habrá muchas respuestas diferentes dependiendo de cada persona. Pero seguro que hay algo en común: en el deporte a veces suceden cosas aparentemente imposibles.
Este año la NFL nos ha regalado una de esas historias teóricamente imposibles. Teóricamente. Los Cincinatti Bengals nunca han ganado el anillo. En los años ochenta jugaron dos Súper Bowls y las perdieron frente a los San Francisco 49ers. Después de aquellas dolorosas derrotas, el equipo entró en depresión. Su bagaje desde entonces era desolador: durante tres décadas solo habían conseguido ganar un partido de Play Off y fue en el lejano año 1991, frente a los Raiders. Más de treinta años de temporadas decepcionantes sin una sola victoria en los partidos eliminatorios.
El equipo tocó fondo hace apenas dos años. Ficharon a Zac Taylor como entrenador y su primera temporada fue un completo desastre a nivel de resultados, apenas ganaron dos partidos en todo el año y acabaron en el último lugar. Eran oficialmente el peor equipo de la liga. Muchos pidieron el despido de Taylor porque la plantilla de los Bengals era mala, pero no tanto. Finalmente decidieron seguir con él. Lo único bueno de aquella penosa situación es que al menos podrían elegir en el primer lugar en el draft. La decisión fue fácil: apostaron por el joven quarterback Joe Burrow, que acababa de completar una temporada impresionante liderando a LSU hacia el título universitario.
El año pasado comenzaba una nueva era bajo el mando de Joe Burrow. El equipo no desplegaba un juego espectacular y seguía perdiendo muchos más partidos de los que ganaba, pero ya se mostraba más competitivo. Hasta que la desgracia se volvió a cebar con los Bengals. El 22 de noviembre de 2020 la débil línea ofensiva de los Bengals permitía un terrible golpe de la defensa contraria sobre Joe Burrow que lo mandó a la camilla. Se confirmaba la peor de las sospechas: rotura de ligamento cruzado anterior de la rodilla. Su temporada se había acabado y se dudaba si volvería a jugar a su máximo nivel. Los Bengals finalizaron la temporada con un deprimente récord de cuatro victorias y doce derrotas. Volvieron a sonar voces que pedían la cabeza del entrenador, pero decidieron continuar con él.
En la presente temporada los Bengals estaban decididos a proteger a su prometedor quarterback para evitar una nueva lesión. La primera elección del draft parecía incuestionable: había que seleccionar a un gran liniero ofensivo. Penei Sewell era el hombre. No había dudas al respecto, hasta que habló Burrow. Despreciando su propia protección, el quarterback de los Bengals pidió que seleccionaran al receptor Ja’Marr Chase, su compañero y amigo el año anterior en la universidad de LSU. Burrow insistía en que juntos formarían un ataque imparable. Lo lógico, lo razonable, y probablemente lo correcto, era coger a un liniero ofensivo. Burrow estaba cegado por amistad, pero había que protegerle de otra lesión. Había que elegir a Sewell. En abril de 2021 los Bengals tenían la quinta elección del draft y eligieron… a Ja’Marr Chase. Fue una decisión criticadísima que muchos consideraron irresponsable. Otros, pocos, la consideraron valiente.
El pasado mes de septiembre comenzaba la temporada. Los Bengals venían de un récord de solo cuatro victorias, su quarterback salía de una lesión y apenas tenía media temporada de bagaje en la NFL. El objetivo del equipo era ganar más partidos que el año anterior y dotar de experiencia a sus jóvenes jugadores. Nadie se atrevía ni a hablar de clasificarse para los Play Off, sonaba ridículo. Pero los Bengals empezaron a ganar partidos. Joe Burrow se había recuperado completamente de su lesión y mostraba un gran nivel conectando, una y otra vez, con espectaculares lanzamientos a su amigo Ja’Marr Chase. El receptor rookie batía el recórd de yardas conseguidas en una sola temporada de toda la historia de los Bengals. Definitivamente en Cincinnati había un ataque imparable.
Los Bengals ganaron la división. Entraron en Play Off y les esperaban los Raiders. Precisamente el último equipo al que habían vencido en las rondas eliminatorias, tres décadas antes. La casualidad les trajo suerte porque volvieron a vencer. La lógica decía que hasta ahí debía llegar su camino. Pero el deporte no sabe de lógicas. Los Bengals visitaban a los Titans y los derrotaban contra todo pronóstico. Ya estaban entre los cuatro mejores equipos del país. El domingo pasado les tocaba enfrentarse a los poderosos Kansas City Chiefs, para muchos, los grandes favoritos al título. Al poco tiempo de empezar el partido los Chiefs dominaban por 21-3. Todo hacía presagiar una paliza y algunos se preguntaban qué hacían los Bengals disputando ese importante partido. Ingenuos. Joe Burrow y sus compañeros no dejaron de competir en ningún momento y consiguieron una de las más espectaculares e improbables remontadas que se recuerdan culminada con la heroica victoria de los Bengals en la prórroga. Toda Cincinnati estalló de júbilo. Dos años antes eran el peor equipo del país, ahora estaban en la gran final.
El próximo domingo 13 de febrero los Cincinnati Bengals jugarán la Super Bowl frente a Los Ángeles Rams, que parten como claros favoritos. Los seguidores de los Rams lógicamente apoyarán a su equipo. El resto de los aficionados al deporte apoyaremos a los Bengals. ¿Por qué? Porque nos encanta que sucedan cosas aparentemente imposibles.




