Tengo algún recuerdo borroso de los Juegos de Moscú de 1980, pero fue el Mundial 82 el que me abrió los ojos al fútbol y de ahí a todos los deportes y a un sinfín de historias que se van recogiendo en cada competición, esos giros de guion que ni Hollywood puede imaginar: el tropiezo de Mary Decker en la final de los 3.000 metros en Los Ángeles, el retraso de Pedro Delgado en la salida del Tour en Luxemburgo o esos goles en los últimos instantes que cambian temporadas completas. En cada caso hay protagonistas y antagonistas, incluso personajes que van mas allá: los malos de la película.

El primer malo apareció pronto en mi vida de aficionado al deporte y es un clásico en todas las listas (con justicia): Harald Schumacher, portero del Colonia y de la selección de Alemania Occidental. Su acción en las semifinales del Mundial 82 en Sevilla frente a Francia es bien conocida, pero no viene mal revisar el vídeo.

Schumacher se convirtió en el enemigo público número 1 del Mundial de España. Alemania había llegado a la segunda ronda con una victoria pactada ante Austria (1-0) en El Molinón y después eliminó a España. Tras derribar/destrozar a Battiston, Schumacher se puso a juguetear con el balón y no se interesó por el jugador caído. Años después dijo que no se atrevía a acercarse y que nadie se dirigió a él, no sabía cómo reaccionar ante la jugada. Justificaba su acción diciendo que prefirió golpearlo con la cadera antes que con otra parte del cuerpo y que repetiría la jugada igual, aunque no su reacción. Schumacher era un malo al que se veía venir, incluso disfrutaba del papel. Cabe decir que se disculpó con Battiston pasado un tiempo.

Hubo otros malos con los que luego cambié de opinión. Es el caso de Dino Meneghin, un pívot italiano con el que la Selección y el Real Madrid de los 80 se cruzaron en bastantes ocasiones con todo tipo de resultados. Sin embargo, el verdadero malo del baloncesto fue Drazen Petrovic. Sus chulerías en la pista hacen parecer al Cristiano más engreído como la versión recatada de Butragueño. Con todo, su talento era superior a su petulancia. Alguna vez llegué a celebrar que un rival le golpease y me parecía una victoria que le eliminaran por faltas personales aunque su Cibona ganase el partido por 15 puntos.

Un día llegó al Real Madrid y yo, como madridista, entré en todo tipo de contradicciones. Es un chulo, pero es muy bueno. Se lo tira todo, pero es un ganador, un competidor enfermizo… Y no sólo a mí me generaba sentimientos contrapuestos: después de que el Real Madrid ganara la Recopa con 62 puntos suyos la plantilla le reprochó el afán de protagonismo. Para la afición era un conflicto continuo. Ese tipo que jugaba sacándote la lengua fue uno de los mejores jugadores europeos de siempre.

Por aquella época identifiqué a otro malo, el ciclista francés Laurent Fignon. La primera vez que le vi fue en la Vuelta con el maillot de Renault (para mí uno de los mas bonitos y clásicos del ciclismo de siempre) con cinta en el pelo y gafitas redondas. Molaba y era un ciclista espectáculo, nada calculador. Luego se convirtió en un tipo antipático que hacía declaraciones ofensivas y que llegó a escupir a los periodistas. Celebré su derrota por 8 segundos ante Lemond en el Tour porque semejante malvado no podía merecer un final más adecuado. Además, era rival de Delgado —entonces el ídolo del país, el Nadal de hoy—. Ser rival no te convierte automáticamente en malo y caer antipático tampoco, pero ayuda. Hinault tampoco era especialmente simpático y también era un adversario, pero no entra en la categoría de los malos.

Con el tiempo, a Fignon le perdoné. En algún momento entre aquella derrota en París y su retirada cambió de actitud, se volvió más humilde, habló de errores propios más que de culpas ajenas y tenía muchas cosas que contar sobre el ciclismo.

Con Lance Armstrong no hay posible discusión. Es el malo de la peor clase, el de doble cara, el que muestra públicamente la actitud necesaria para lograr sus intereses, el clásico manipulador, calculador. Durante algún tiempo hubo quien compraba su discurso de inocencia y le tomaba como ejemplo de superación ante la adversidad, pero la lógica invitaba a pensar en lo que al final fue demostrado: se dopaba y se dopaba mucho, y mejor que el resto. Es raro volver mejor deportista después de un cáncer, es muy difícil ser tan claramente superior a rivales (Zulle, Beloki, Ullrich, Virenque) que sin excepción estuvieron envueltos en escándalos de dopaje. Es virtualmente imposible que ambas condiciones resulten en un campeón imbatible a la vez que limpio. Su actitud amenazante ante un ciclista italiano, Filippo Simeoni (que declaró contra el doctor Ferrari), le delata como mafioso e intimidador. Aunque Simeoni no era rival directo de Armstrong, el texano saltaba a por él si se escapaba y llegó a decirle que cometió un error delatando a Ferrari, que tenía tiempo y dinero y que le destruiría.

Arrogante y prepotente, su guion Made in Hollywood”acabó siendo una ficción. Lejos de ser la suya una bonita historia, Armstrong protagonizó en primera persona uno de los episodios más oscuros del deporte moderno.

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