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Los mil millones de Cristiano

Antes que nada, un aviso: depende de la forma en la que se mire, pero esta historia no cuenta con un final feliz (o, al menos, no todavía). Tiene, eso sí, un objetivo, concreto y, pese a ello, también vaporoso, algo iluso: cumplir un sueño infantil. Se sostiene, por supuesto, en un protagonista: el exfutbolista Cristiano Lucarelli. Destila, en su totalidad, el aroma de lo bello y se escribe con los renglones acuosos de los sentimentales. Y posee, además, una tesis de partida sobre la que se puede disertar hasta la eternidad sin llegar a alcanzar un acuerdo: la importancia del dinero es relativa.

En el mundo actual, esa última sentencia suena para la mayoría a blasfemia, pero lo cierto es que esta historia también pertenece a ese mismo mundo actual: apenas sucedió hace quince años, en la Italia de velinas y mafiosos gobernada por Silvio Berlusconi, para más inri. Acostumbrados a que Messi (40 millones de euros por temporada después de ocho revisiones de contrato en 13 años en la primera plantilla azulgrana), Neymar (36,8 millones) o Cristiano Ronaldo (30 millones en su nuevo contrato con la Juventus) acumulen incrementos de salarios, renovaciones y traspasos, a veces no abrimos suficientemente el foco de la perspectiva. En la NBA, por ejemplo, sucede que las grandes estrellas renuncian a parte de su sueldo para pertenecer a un equipo ganador (los Golden State Warriors y Kevin Durant, sin ir más lejos) y, aunque quizá el balompié camina actualmente por los designios de la egolatría, también hay algún extraño modelo de futbolistas que prefiere perder buena parte de dinero para poder comprar más papeletas en la tómbola de los títulos.

O, en el caso de Lucarelli, el otro Cristiano, ni siquiera con los títulos en mente, sino para cumplir sueños infantiles. Como si, al final, algo tan etéreo como soñar fuera más importante en nuestro mundo materialista que adquirir posesiones.

Livornés y livornista, Lucarelli dijo en una ocasión que, cuando era pequeño, su segundo equipo era el Inter de Milán “porque ellos tampoco ganaban nunca”. Es una declaración que sirve para entender la trayectoria vital de un delantero, gigantón y corpulento, de escaso palmarés (una liga ucraniana y tres copas entre Italia, España y la citada Ucrania), pero con plena coherencia de ideas. Profundizar en su pasado también ayuda a la hora de intentar comprender sus actos: Lucarelli es uno de los tres hijos de Maurizio, un estibador portuario que lo único que quería era que su vástago heredara su pasión incondicional por el AS Livorno. Muy alejados de las comodidades, la obrera familia de Lucarelli vivió en un duro barrio marítimo llamado Shanghái: el matrimonio y sus tres hijos compartían dormitorio porque en las otras habitaciones dormían sus abuelos y los tíos de Cristiano. Y así, entre esas paredes, creció Lucarelli con un único sueño en la cabeza: vestir la elástica de color amaranto del Livorno y anotar goles en el destartalado Estadio Armando Picchi.

Los sueños, en cualquier caso, también se pueden contextualizar y más si queremos alcanzar en algún momento el entendimiento de esta historia, en el supuesto de que lo hubiera: el AS Livorno no es que esté lejos del éxito de la Juve, del glamour del Milán o de la condición de simpático perdedor del Inter, sino es que está a años luz de la docena de equipos que formarían la clase media de la competición transalpina. Un dato cualquiera, aunque no azaroso: desde 1949, el conjunto livornés deambuló por categorías equivalentes a la Tercera División española (o, incluso, a las competiciones regionales) hasta que regresó a la Serie A en el curso 2003-2004, justo cuando Cristiano Lucarelli decidió renunciar a sus famosos mil millones. Porque, insisto, de eso va todo esto, de renunciar al dinero para seguir soñando.

Antes, en cualquier caso, cuando todavía estaba en edad juvenil, Lucarelli ya era un goleador y, en teoría, así siguió siéndolo en una progresiva carrera (Cuoiopelli, Cosenza, Padova, Atalanta o su errática estancia en Valencia) hasta que su explosión en el Lecce (66 partidos y 31 goles en dos años) le permitió fichar por el Torino, donde permaneció otras dos temporadas más en la máxima categoría italiana. Era el año 2003 y el delantero livornés se acercaba a los 28 años de edad instalado cómodamente entre los arietes transalpinos más destacados, pero, al mismo tiempo, lejos de cumplir el único sueño que había tenido a lo largo de su vida: vestir la elástica amaranto del AS Livorno, que acababa de ascender a la Serie B. Fue, entonces, cuando Lucarelli decidió que, antes de jubilarse, quería convertirse en el autor del tanto que permitiera al Livorno regresar a la máxima competición nacional después de más de cincuenta años de penar por la nadería. Había que tomar decisiones. Y, de hecho, se lo dejó claro a su representante, el abogado Carlos Pallavicino: el Livorno y nada más porque para él ese equipo y esa ciudad lo son todo.

Tras bajarse exponencialmente su sueldo y obligar al Torino a cederle al Livorno, Lucarelli, con 29 goles en 41 partidos, incluido el definitivo (lo celebró quitándose la camiseta, poniéndola sobre el césped y haciéndola el amor), se convirtió en el héroe del ansiado ascenso del club livornés a la Serie A, pero continuar con su sueño, así es la vida, tenía un problema: en su regreso a la máxima categoría, el AS Livorno no podía pagarle el salario que recibía en el equipo de Turín, que le ofrecía un contrato multianual de mil millones de liras y, además, más de dos millones de euros a la escuadra toscana por recuperar sus derechos. Una nimiedad, en cambio, para Lucarelli, que contestó a los dirigentes del Torino con una frase para la posteridad: “Tenetevi il miliardo”. “Quedaos con los mil millones”. Así de sencillo, al menos para él: Lucarelli renunció a mil millones de liras (algo menos de un millón de euros en aquella época) para poder seguir vistiendo la elástica de su amado AS Livorno. La explicación a esa decisión, a renunciar al miliardo, es todavía más impactante en palabras de él mismo: “Otros futbolistas se compran Ferraris. Yo me compré la camiseta del Livorno”. Una elástica extremadamente cara en términos monetarios, pero barata si ponemos como medida los sentimientos. Cada uno elige ser de la forma que más le place.

Desoyendo las multimillonarias ofertas del fútbol ruso, los siguientes años fueron los mejores de Lucarelli (120 partidos y 72 goles en tres temporadas) y también de la historia del AS Livorno, que incluso llegó a clasificarse para la Copa de la UEFA, pero, como avisamos al principio del texto, el relato más bonito del fútbol mundial no tuvo un final feliz (o, por lo menos, no todavía): al final de la campaña 2006/2007, el AS Livorno vendió a Lucarelli al Shakhtar Donetsk por nueve millones de euros (y tres millones por campaña para el delantero livornés, peleado por entonces con los hinchas más radicales del club de su ciudad). Tras un breve paso por Ucrania, Lucarelli fichó por el Parma para terminar su carrera en el Nápoles, previo regreso, en el curso 2009/2010, a su amado AS Livorno. Un regreso traumático, pero que, al menos, sirvió para que el “niño de Livorno que gastó más que nadie en comprarse una camiseta de su equipo del alma”, tal y como escribe Quique Peinado en su libro Futbolistas de Izquierdas, pudiera despedirse en el césped del Estadio Armando Picchi de su sueño, de su club, de su afición, de su ciudad.

Precisamente, cuenta el propio Quique Peinado en el precioso capítulo que dedica al ariete livornés en su libro una anécdota que define a Lucarelli. Sucedió el domingo 5 de agosto de 2012 en un partido de Copa de Italia entre el AS Livorno y el Beneveto. Apenas unos pocos centenares de aficionados se dieron cita en el encuentro, desafiando al calor y a la humedad. Y en la crónica del periódico local apareció una frase, concisa y esclarecedora: “In tribuna, Cristiano Lucarelli” (“En las gradas, Cristiano Lucarelli”). El exfutbolista retirado que sigue animando a su equipo de toda la vida. El niño que heredó la pasión de su padre Maurizio. El delantero, espigado y rematador, que consiguió lograr su sueño.

El hombre que protagonizó la historia más bonita del fútbol mundial.

Una historia que no tuvo final feliz, pero que lo tendrá: desde hace apenas un par de semanas, Lucarelli es el nuevo entrenador del AS Livorno, que esta campaña ha regresado a la Serie B. El ascenso a la máxima categoría le espera. Y, en el banquillo, en efecto, Cristiano Lucarelli, el otro Cristiano.

Como si alguna vez nos hubiéramos marchado de las ciudades de las que nunca nos quisimos ir.

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