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Mágico en Valladolid: «Tengo mucho frío y mucho sueño»

Sólo fueron nueve partidos, pero Mágico también vistió de blanquivioleta. Su entrenador, su fisio y un periodista nos cuentan su paso por Valladolid.

Mágico González no sólo jugó en el Cádiz. Durante cinco meses lo hizo en el Real Valladolid, con cuya camiseta disputó un total de nueve partidos. Ocurrió durante la segunda vuelta de la temporada 1984-85. Dicen que el salvadoreño llegó a Pucela en enero de 1985 porque el presidente del Cádiz, Manuel Irigoyen, se había hartado de su indisciplina. Como las cesiones de jugadores no eran legales en aquel momento, los clubes acordaron firmar dos contratos: el de su fichaje por los vallisoletanos y el de su regreso a Cádiz.

Irigoyen cerró el traspaso en ocho millones de pesetas (48.000 euros), cinco para el Cádiz y tres para el jugador. El 7 de abril de 1985, hace 35 años, Mágico disputo su último partido con el Real Valladolid frente al Sporting de Gijón (0-0).

Para recordar el paso de Mágico por Valladolid, A La Contra ha contactado con José Miguel Ortega, Fernando Redondo y José Antonio Aramayo. Un periodista, un entrenador y un fisioterapeuta que compartieron aquellos días con el genio.

El salvadoreño llegó a Valladolid el 11 de enero de 1985 después de varios días sin entrenarse. Con sus primeras declaraciones no engañó a nadie: “Tengo mucho frío y mucho sueño”. Tampoco dijo mentiras sobre su conducta: “No soy un golfo, aunque tampoco un modelo”.

Aramayo, el fisioterapeuta del equipo, admite que se presentó «un poco mal físicamente”. “Se le fichó porque creímos que con la seriedad que había aquí se le podría centrar un poco más”.

El entrenador, Fernando Redondo, lo recibió el día de su llegada. Y hablaron sobre su comportamiento. Así lo relata: “El fichaje no fue petición mía. El club atravesaba por un momento difícil; estaba luchando por mantenerse en Primera. El presidente, Gonzalo Alonso, y el del Cádiz, Manuel Irigoyen, se llevaban muy bien. Fue un ofrecimiento del presidente del Cádiz y Alonso nos lo comentó al director deportivo y a mí. Cuando llegó a Valladolid dijo que estaba a nuestra disposición y que se encontraba muy bien. Hablamos con él y le dijimos que su comportamiento debía ser como el de cualquier profesional. Él nos dijo que no diésemos credibilidad a las noticias sobre su comportamiento, que eran bulos”.

Hasta que Mágico se retrasó por primera vez. «Aunque solía ser puntual, apareció media hora tarde en una ocasión. El preparador físico me informó de su llegada y le pedí que le comunicara a Mágico que no iba a entrenarse y que ya hablaría con él. Jugábamos con el Barcelona ese fin de semana y no lo llevé convocado. El presidente, dada la situación, se acercó al hotel a hablar conmigo y le expliqué que no contaba con Mágico para el partido porque no me parecía justo con el resto de sus compañeros. Le dije al presidente que, si quería convocarlo, yo haría de presidente y el de entrenador. Entonces me propuso, y creo que lo consensuó con la directiva, que los jugadores votaran para ver qué decidían ellos. Acepté, porque yo quería salvar el compromiso de mis jugadores. La votación fue exclusivamente de los jugadores, el cuerpo técnico no entró, y lo hicieron en secreto. Salió por mayoría que Mágico jugase”, afirma Redondo. El Valladolid perdió 1-2 frente al Barcelona y Mágico fue el autor del tanto vallisoletano.

Aquella ocasión fue la única en la que Mágico llegó tarde a entrenar, pero tuvo otro despiste con José Miguel Ortega, periodista de El Norte de Castilla. “Le hice una entrevista en su casa. Habíamos quedado a las cinco para hacerla y se lo recordé en el entrenamiento por la mañana. Estuve media hora llamando al timbre y no me abrió. Paré unos minutos y cuando volví a llamar por fin apareció. Me dijo: ‘Perdone, no le había oído’”.

El mayordomo

El salvadoreño vivía junto a su amigo Juan Núñez, del que decían que era como su mayordomo, en un piso céntrico de Valladolid. Podría decirse que dejó más huella en el apartamento que en la afición. Así lo confirma José Miguel Ortega: “El piso lo tenían hecho un desastre. Hacían sardinas al espeto en el pasillo y lo tenían lleno de humo por todas partes. Dejaron la casa destrozada. La denuncia de los propietarios llegó una semana después; el Valladolid tuvo que pagar una indemnización y pintar de arriba a abajo el apartamento”.

Juan Núñez era su confidente en Valladolid, aunque tenían fricciones. “Tuvo un altercado con su mayordomo en la Plaza Santa Ana, ubicada cerca de donde tenía la vivienda. Los dos empezaron a discutir y acabaron pegándose. Aquel episodio fue por la noche, pero no a altas horas de la madrugada. En el apartamento también se escuchaban broncas de vez en cuando”, comenta Fernando Redondo.

«Mágico sólo le hacía caso al balón”, sostiene Aramayo. Y Redondo da fe: “Cierto día me llamaron desde las oficinas para decirme que no había subido a cobrar la mensualidad y que le avisase. Antes de terminar el entrenamiento me acerqué para decírselo, aunque él creyó que le iba a echar la bronca. Le conté que todos menos él habían cobrado la mensualidad y que se pasara cuanto antes. A los tres o cuatro días, me volvió a llamar la secretaria para decirme que no se había pasado todavía. Y se lo volví a recordar. Él me contestó: ‘Míster, el dinero, ¿qué es el dinero? Ya subiré’. Me salió con ésas”.

Sus problemas con el sueño, achacados a un jet-lag de larga duración, continuaron en Valladolid. Ortega recuerda “un partido en Zaragoza en el que sacó un córner y le dio a la cruceta, pero a la del primer palo, no a la del segundo». «El rebote permitió al Valladolid marcar. En el segundo tiempo no salió porque estaba muy cansado y se quedó dormido en el vestuario. Cuando volvieron los compañeros a la caseta al finalizar el partido, alegres por el empate, se lo encontraron allí”.

No fue la única ocasión en la que sus compañeros fueron testigos de algo así. “Un día salimos de viaje a Elche y durmió durante todo el viaje. Ni bajó a comer”, explica Aramayo. “Cuando llegaba al vestuario, se tumbaba en las camillas. Muchas veces tenía que despertarlo para que se entrenase. Tardaba cinco minutos en cambiarse y muy pocas veces se daba masajes. Tenía unas piernas privilegiadas”.

Aunque no faltó a los entrenamientos, su conducta nunca fue ejemplar, salvo una vez. “En una ocasión el preparador físico y yo dispusimos un circuito de diez kilómetros. Antes del entrenamiento le eché un buen sermón y le dije que había incumplido lo que me prometió el primer día. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al llegar a la mitad del trabajo, en el kilómetro cinco, Mágico pasó por delante de los jugadores que marcaban diferencias en resistencia: Eusebio y López. Unos días más tarde, ensayamos la velocidad. Exceptuando a Yáñez, Mágico también era el mejor en esa faceta. Esto quiere decir que era un portento cuando estaba en disposición de trabajar como uno más. Duró esa semana. Luego volvió a las andadas”, rememora Redondo.

Su técnica era prodigiosa y Aramayo fue testigo. De hecho, afirma que “el mejor pase que he visto en mi vida lo hizo Mágico». «Le dio un pase a un compañero de un lado del campo al otro sin que cayera el balón”.

Redondo recuerda dos anécdotas al respecto. “Desde el terreno de juego hasta la caseta del vestuario hay un túnel. Y hay que subir escalones, unos veinte. Mágico recorría ese tramo sin que se le cayera el balón. Eusebio lo intentó y lo más que avanzó fueron cuatro o cinco escalones. No fue capaz de conseguirlo nunca”. 

“En un partido frente al Zaragoza, Cedrún, el portero rival, tenía el balón agarrado con las manos. Mágico estaba detrás de él, preparado para ver qué hacía, y esperó a que Cedrún pusiera la pelota en juego. El portero la echó al suelo y se la dio a Canito, central del Zaragoza. Canito se descuidó, Mágico se la quito y metió un golazo de vaselina. La gente sacó los pañuelos en La Romareda”, comenta Redondo.

A su aire

Mágico amaba la pelota, pero no le gustaba tener que jugar con ella por obligación. Tras un entrenamiento, Redondo le pidió que se quedara para ensayar con los más jóvenes. “Le dije que se quedara tras el entrenamiento para que trabajara el remate de cabeza y así los jugadores jóvenes pudieran aprender de él. Yo centraba y el remataba. Una vez que centré, no remató. Paró la pelota con el pecho y, antes de que cayera al suelo, metió un golazo de miedo. Le dije que sabía que era capaz de hacer eso y que quería que su remate de cabeza sirviera de ejemplo para los chavales. Me dijo: ‘Vale, míster, vale’. Cinco o seis centros después, hizo lo mismo. Le tuve que volver a decir que no lo repitiera y me contestó: ‘Míster, es que me canso. La cabeza es para pensar, no para rematar’. Lo mandé a la caseta, pero me tuve que reír porque era especial”.

Antes de marcharse de Valladolid, Mágico tuvo que saldar una deuda. “Aquí apenas salió. Lo que sí hizo fue pagar una deuda que tenía en un local entregando el coche que trajo a Valladolid. Pero ese coche no era suyo, sino del presidente del Cádiz”, expone Aramayo. Irigoyen volvió meses después para tratar de recuperarlo.

A Mágico no le sirvieron ni los consejos de sus entrenadores ni el reconocimiento de uno de los dioses del balompié. “Mágico era mejor que yo. Yo vengo del planeta Tierra, él viene de otra galaxia”, dijo Diego Armando Maradona. Mágico volvió a Cádiz y allí se quedó para siempre, aunque abandonó el club en 1991.

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