Jueves, cuatro de la tarde. Estoy en el colegio en la clase de historia que nunca me gustó —soy de ciencias— y pensando en el entrenamiento de la tarde. Mi padre lo ha dejado claro: si vas bien en los estudios, seguirás jugando al fútbol. Y ahí estoy yo, comiéndome los libros y deseando que lleguen las siete de la tarde para que mi padre me lleve en coche al entrenamiento. Una vez allí, saludaré a los compañeros y me calzaré las Marcos que mi padre me compró en una tienda de deportes junto al Hiper de la carretera de Cádiz a Málaga. Las botas son negras, relucientes, con esa arista blanca, preciosas. Estoy preparado para saltar con ellas a nuestro campo de albero, nuestro templo de tierra batida de color ocre.
Una vez terminado el entrenamiento, me iré a casa y esperaré al domingo, ese día mágico de partido. El sábado por la noche lo pasaré pensando si saldré en el equipo titular o no. Mantendré esa manía de apagar y encender el interruptor seis veces antes de irme a la cama; el propósito es que al llegar al 6 digan mi nombre en el once titular.
Cada domingo es lo mismo. Voy al dormitorio de mis padres a decirles que ya estoy preparado para ir al pueblo. Allí montaré en el coche del padre de algún compañero. El mío siempre está muy ocupado con sus asuntos de política, así que no tengo quien me anime desde la banda si pierdo algún balón o si hago una buena jugada, pero creo que eso me hace más fuerte y me centra más en el juego. Los campos son siempre cerrados, encajonados entre paredes, lo que podríamos denominar como «ratoneras». Los vestuarios son cutres, con olor a réflex y duchas con agua fría. Una vez allí, el entrenador nos dice que empecemos a vestirnos. A los diez minutos da los números y comienza la charla: «Bueno, chicos, es un partido importante, este es un campo muy difícil, el rival no nos va a regalar nada, hay que darlo todo desde el minuto uno». Mientras escucho me corroen los nervios. Lo siguiente es la alineación: Con el 1 Jesús , con el 2 Burgos , con el 3 Pacheco , con el 4 Alfredo , con el 5 Rivera, y con el 6… Luis». Bien, salgo de titular. Una sensación de alegría y tranquilidad me recorre el cuerpo después de tanta tensión acumulada durante toda la semana.
Una vez con el 6 a la espalda me preparo para la gran batalla en ese campo de albero embarrado y con charcos más grandes que yo mismo. Durante el calentamiento asumo que me tocara caer en alguno de ellos.
Aquel fue un gran año. Cada domingo, siempre con mi 6 a la espalda, me sentía cual gladiador en ese campo de albero. Una vez que cogía el balón por banda, el Mikasa era mi aliado. Con él en los pies no había quien me detuviera. Terminaba la jugada con un centro preciso, algo así como un misil teledirigido en dirección delantero, tal y como hace un interior, como un centrocampista de banda tipo Míchel, pero menos bueno y menos guapo.
El día del barro ganamos el partido y acabé calado hasta los huesos. Pero feliz. Con el triunfo y con los míos, como un gladiador victorioso saliendo de la arena de un circo romano.
Todo esto es lo que me ha recordado la foto de un balón Mikasa que subió Iker Casillas a su Instagram y quería compartir el sentimiento. Un momento de mi juventud, cuando era feliz con un Mikasa y un campo de albero embarrado.
Sí, esa juventud, cuando fuimos felices.
PD:
A mi madre , que siempre me refregaba los pies con alcohol después de los partidos.
Y a mi padre, por llevarme y recogerme siempre a los entrenamientos y cada domingo que había partido en el pueblo.




