El experimento estaba planteado así: verlo en un bar (léase pub, lounge o lo que gusten) y, en consecuencia, sin más sonido que las conversaciones de unos y otros. Este punto es relevante. No descubro nada si afirmo que lo que observamos en televisión está condicionado en grandísima medida por lo que escuchamos. Y no hablo aquí de la guerra de Ucrania, claro ejemplo de cómo nos puede influir la interpretación general (léase occidental), sino de un simple partido de fútbol. Cuesta llevar la contraria a un locutor que nos dice tal o cual cosa, o que eleva el tono en tal o cual momento, especialmente en situaciones que admiten diferentes puntos de vista. Lo frecuente es que la opinión pública no difiera demasiado de la opinión televisiva.
El contraste era significativo cuando llegaba el momento de la humana evacuación. En el tránsito al excusado había que atravesar una sala donde, allí sí, la televisión vociferaba por encima de los televidentes. En este ambiente, la mayoría de los que atendían al fútbol parecían presas del pánico. Es obvio que en el mismo lugar se estaban viendo dos partidos distintos: en uno el Madrid se defendía con cierto aseo (los robos de balón de Casemiro eran celebrados con alborozo y las casi contras provocaban respingos gimnásticos); en el otro el Madrid era un zorro acorralado por los sabuesos. Cómo sería la diferencia de ánimo, que cuando Bale entró en el campo (87’), quienes miraban la televisión sin volumen prorrumpieron en un estruendoso aplauso.
El caso es que por estar ubicado en la sala ruidosa mis sensaciones difieren de las de los pesimistas. No creo que el partido del Madrid fuera una catástrofe. Es cierto que el PSG llevó la voz cantante, pero no se esperaba otra. También es verdad que Courtois salvó al equipo de un resultado peor, pero hasta eso era previsible: sucede desde que comenzó la temporada. Lo que no se apreció, y cabía esperarlo, fue una diferencia física relevante, más allá de la que impone Mbappé. Y es el físico, no el talento, lo que hace inferior a este Real Madrid cuando se enfrenta a los grandes de Europa. El Madrid puede jugar tan bien como cualquiera, lo que no puede es correr y presionar como hacen algunos. El PSG no fue superior por ritmo de partido o por su presión asfixiante. Y esa es una buena noticia, quizá la única buena, aunque suficiente para afrontar la vuelta con opciones reales de clasificación.
Admito que hay un elemento que distorsiona el análisis y no me refiero a la cerveza. Se trata de Mbappé. La seguridad de que en verano será madridista (en este caso también recomiendo bajar el volumen y fiarse de la gestualidad más que de las palabras) amortigua el impacto de su gol. Que el elegido sea tan endiabladamente bueno aporta una esperanza que es más sólida que la de tener recorrido en la presente Champions.
No es exagerado decir que lo que distinguió a un equipo de otro fue Mbappé. Para sus ocurrencias no había antídoto, aunque lo demás estuviera controlado. Tampoco había plan (ni piernas) para responder a su agilidad, a esa efervescencia de los genios a los 23 años. Mbappé deja en evidencia a los jóvenes que suponemos suficientemente preparados. Y no viene mal el recordatorio: hay una distancia enorme entre un jugador excelente y uno bueno.
Messi, en cambio, no reclamó vigilancia estricta porque su melancolía va camino de ser enfermiza: al final hemos descubierto que el Barcelona le necesitaba tanto como él necesitaba al Barcelona. No es mala historia de amor.
La vuelta se jugará el 9 de marzo, dentro de tres semanas, un mundo. La duda es si PSG o Real Madrid serán entonces mejores que ahora. Hay equipos que evolucionan, pero dudo que este sea el caso. Creo más bien que ambos guardarán energías (y perderán puntos) y buscarán razones para la venganza, o para la rabia, incluso para el odio. No hay mejor estimulante natural. Esta eliminatoria es demasiado grande para imaginar que se resolverá solo con fútbol. Hará falta algo diferente, extraño, quizá extravagante, una evocación esotérica. Lo tenían claro los que aplaudieron a Bale.




