Es cierto, el fútbol ya no será igual después del coronavirus porque no estará Michael Robinson. Repaso fotos con las que poner cara a esta historia y en casi todas sonríe, con camiseta y con traje, en los viejos tiempos y en los más recientes. Entiendo que la explicación es sencilla: era feliz o hacía concienzudos esfuerzos por serlo, y quiero pensar que lo consiguió hasta el final, o hasta donde sea que aguante el optimismo.
Aclaro, antes de proseguir, que yo no conocí personalmente a Michael Robinson, aunque he tenido referencias directas de quien lo ha tratado mucho. De manera que mis recuerdos son, en gran medida, recortes de prensa escritos por otros. En todos aparece como cierta la impresión de vitalidad que transmitía en la televisión o en la radio, la misma que demostró cuando hizo público en diciembre de 2018 que padecía un cáncer sin solución, un diagnóstico terrible que parecía desmentir su patológico optimismo.
Es difícil precisar quién se enamoró antes de quién, si él de España, como tantos británicos hispanófilos, o los españoles de él, como nos suele ocurrir con los extranjeros que hacen el esfuerzo de entendernos y hacerse entender. Contaba que la primera vez que el estadio de El Sadar lo despidió al grito de “torero, torero” comprendió que este era su sitio. Y una intuición similar debió tener quien lo reclutó para comentar partidos del Mundial 90 para Televisión Española. A continuación, Canal + lo convirtió en estrella y hasta diría que en símbolo de la cadena.
A partir de ese primer golpe de suerte, Michael Robinson lo puso todo de su parte. Me cuentan que buscaba siempre una mirada diferente y que era profundamente original e ingenioso. Me aseguran que no dejó de madrugar nunca y eso que hubo años que le tocó trabajar a conciencia. Fue mucho más que un comunicador divertido. En poco tiempo se reveló como un personaje de la comunicación. Sólo una vez le pararon los pies. Quiso hablar mejor castellano y se lo desaconsejaron de inmediato: su encanto, en gran medida, residía en el acento.
Era un conversador brillante y maratoniano, y aquello que le hacía disfrutar lo exprimía al máximo, como si Walt Whitman hubiera sido su primer entrenador: “Quería vivir a fondo y extraer todo el meollo de la vida, dejar de lado todo lo que no fuera vida, para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido”.
Ante el fallecimiento de un futbolista, o un actor, o incluso un presentador, soy partidario de que las fotos que acompañen las últimas notas sobre su vida sean las de su época de esplendor, pues es ahí donde se ganaron esa inmortalidad que es el recuerdo. Con Michael Robinson es fácil: basta con elegir una de las muchas fotos en las que sonríe, con esa sonrisa sincera y espontánea que sólo tienen los niños y una estirpe especial de adultos, los que no dejan de divertirse.







