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Tras la explosión del fútbol holandés y el buen hacer del alemán en el Mundial del 74, a finales de los 70 y comienzos de los 80 desde Rusia llegó como un tsunami el Dinamo de Kiev de Valery Lobanovsky. Su historia va ligada a cinco nombres propios: Victor Maslov, Valery Lobanovsky, Anatoly Zelentsov, Valentin Petrovski y Oleg Blokhin.
Victor Maslov
Entrenador del Torpedo de Moscú en los 40 y 50. Para muchos fue el inventor del 4-4-2 (pese a que en Inglaterra se adjudican su invención a Herbert Chapman). Gran modificador de la WM húngara, el propio Rinus Michels reconocía que se fijó en los sistemas del ruso a la hora trabajar la presión sobre el contrario. Además, Maslov fue de los primeros entrenadores en aplicar entrenamientos físicos específicos a los futbolistas, a los que él ya veía como atletas.
Valery Lobanovsky
La estrella del Dinamo de Kiev, un extremo izquierdo zurdo, de gran habilidad, rápido, elegante, con llegada y dueño de un endiablado juego ofensivo. Sin duda, uno de los mejores jugadores rusos en su momento y el mejor jugador ucraniano de su época. Al contrario que muchos otros jugadores que pasaban a ser miembros del ejército ruso, él a la vez que triunfaba como jugador también se formó académicamente y cursó la carrera de ingeniero. Años después, en una de sus charlas tácticas, explicó cómo el fútbol se podía descomponer como una ecuación matemática. Valery era diferente, dueño de una fortísima personalidad. Cuentan que tras ganar una liga como jugador, y en pleno festejo por el triunfo, un compañero se le acercó. Él, en un rincón, no celebraba el triunfo. Preguntado por su falta de alegría, respondió: «Sí, ganamos la liga, pero muchas veces jugamos mal y solo hicimos más puntos que otros que jugaron mucho peor». Era la respuesta de quien busca algo más.

Cuando el fino extremo zurdo con cabeza matemática fue entrenado por Victor Maslov, padre del fútbol moderno, algo ocurrió. Y lo que pasó es que se estaba gestando el mejor entrenador de la historia del fútbol soviético, uno de los más grandes de todos los tiempos. Pese a la fama que luego han tenido otros, Lobanovsky fue uno de los pocos y verdaderos innovadores de la historia del fútbol mundial.
Anatoly Zelentsov
Era decano del Instituto de Ciencias Físicas. Su trabajo fue crear una serie de programas informáticos que analizaban los movimientos, la velocidad de ejecución, los tiempos de descanso o los diferentes estados de forma. Es decir, cualquier dato para lograr que el jugador mantuviese el mayor rendimiento durante el mayor tiempo posible.
Valentin Petrovski
Entrenador de atletismo, padre de la escuela rusa y yugoslava de preparadores físicos. Fue un adelantado a su tiempo. Entendió que cada posición en un equipo de fútbol necesita una preparación diferente, que un volante es un mediofondista, un extremo un velocista y un portero necesita técnicas de entrenamiento físico similares a un jugador de voleibol.
Oleg Blokhin
Si Michels tuvo a Cruyff y Sacchi a Gullit, Blokhin fue el estandarte de ese fútbol soviético, un delantero total, rápido, elegante, inteligente, de gran técnica y devastador en ataque. Posiblemente, el jugador más parecido a Cruyff que yo he visto. Blokhin fue un auténtico genio, pero el hecho de jugar al otro lado del telón de acero, sin cobertura mediática, impidió gran parte de su merecido reconocimiento deportivo. Balón de Oro en 1975.
Al igual que el Milán de Sacchi se comienza a cocer en el Parma, el Dinamo de Lobanovsky nace en el Dnipro, el equipo de la metalúrgica Bryansk. En cuatro años (1969-1973), su idea de fútbol comienza a ser una realidad. En 1974 ficha por el Dinamo de Kiev. Es el momento de la verdad, es su Ajax , su Milán, el lugar idóneo para que su idea de fútbol se materialice. Su Dimano gana dos ligas seguidas con un fútbol espectacular y una Copa de la URSS, pero su prueba de fuego es Europa. Y no decepciona: gana una Recopa de Europa y una Supercopa frente al todo poderoso Bayern de Múnich.
De pronto todo el mundo hablaba de ese equipo, de un juego moderno y de un entrenador diferente. Pocos podían imaginar que Lobanovsky se había adelantado casi cinco décadas al Big Data aplicado al fútbol.
Las técnicas de entrenamiento del Dinamo de Kiev fueron puestas en duda. Nadie entendía qué hacían científicos y matemáticos en un campo de fútbol. Para muchos, aquellos jugadores eran más robots que futbolistas. Sin embargo, la verdad era otra. Lobanovsky, como jugador, siempre fue “el verso libre” del equipo, el talento individual, alguien que desprendía ingenio. Como entrenador siempre dio alas a ese tipo de jugador, pero de Maslov aprendió que ninguna individualidad es más que el colectivo. Por eso, los grandes cracks del Dinamo de Kiev, jugadores como Blokhin, Konkov, Onyshchenko, y luego Belanov o Zavarov, nunca vieron su talento coartado pero sí puesto al servicio del grupo.
La columna vertebral de su primer equipo está formada por la veteranía de Rudakov en la portería, dos jugadores altos, fuertes y de gran manejo, Fomenko y Reshko, como pareja de centrales; Troshkin y Matviyenko en los laterales; Konkov y Lolotov en mediocampo, con Buryak y Veremeyev de interiores, y Onyshchenko y Blokhin en ataque.
Ese equipo fue una máquina imparable de hacer fútbol.
Ganaron la Recopa de 1975 tras eliminar al Eintracht de Frankfurt, al Bursaspor, al PSV Eindhoven y en la final al Ferencvaros húngaro. Son nombres que en 2020 no suenan a mucho, pero que hace 45 años eran huesos duros de roer. Esa victoria les llevó a jugar la Supercopa de Europa ante el todopoderoso Bayern de Múnich de los Beckenbauer, Maier, Muller y compañía. La final se disputó a doble partido. En Múnich, los rusos dieron la sorpresa (0-1) con gol de Blokhin. Más que el resultado, asombró su fútbol. En Kiev, con dos goles de nuevo del crack ruso, y una exhibición de juego al primer toque, velocidad, presión y fútbol ofensivo, se coronaron reyes de Europa.
Lobanovsky alternó su club y la selección. Su combinado nacional impresionó durante años, pero el desfase temporal entre su liga y las europeas le impidieron alcanzar algunos éxitos, además de ser maltratados arbitralmente de forma continuada. En los 80 surgió una nueva generación de grandes futbolistas rusos, lo que le hizo dar una vuelta de tuerca a su idea. En ese lapso de tiempo, entre los 70 y los 80, se experimentó una gran evolución tecnológica que modernizó los trabajos de Zelentsov.
La Recopa 85-86 volvió a ser su escaparate. Su primera víctima fue el Utrech. Un 2-1 y un 1-4 fueron las cartas de presentación del nuevo equipo de Kiev. El estilo juego no había cambiado, aunque sí la velocidad. Sobre todo hay una idea que destaca: la gran rotación de los jugadores sobre el terreno de juego. Según el entrenador estaba basada en la teoría de los círculos concéntricos. De nuevo el matemático aparece en escena.
Sobre el campo sigue al mando de las operaciones un veterano Blokhin, pero esta vez con un rol más de asistente que de ejecutor. Brillan también talentos como Zavarov y Belanov, dos delanteros rapidísimos, que nunca tienen una posición definida sobre el campo; lo mismo aparecen jugando por dentro, que caídos a banda o entre líneas en la mediapunta, lo que les hace indetectables para los defensas. Ese trío de delanteros —Blokhin, Belanov, Zavarov— es la versión que mejor define el pensamiento ofensivo de Lobanovsky.
El equipo podía ser brillante, pero siempre debía permanecer equilibrado en todas sus líneas. Ahí aparece el cuarto as de la baraja: Yakovenko.
Pavel Yakovenko era el Rijkaard de Sacchi o el Neskeens de Michels, su todocampista, su futbolista total. Hablamos de un mediocentro descomunal. Rápido, potente, hábil, que manejaba ambas piernas, tan capaz de adelantar la presión hasta el área rival como de defender con fiereza en el frontal de la propia. Un fuera de serie.
En dicha Recopa, el Dinamo llegó imbatido a la final con números impactantes (26 goles) y pasó cada ronda con al menos tres goles de diferencia. En la final de Lyon se enfrentaron al Atlético de Madrid. A los colchoneros los entrenaba Luis Aragonés y en su once aparecían Fillol, Tomás, Arteche, Ruiz, Clemente, Julio Prieto, Landáburu, Quique Ramos, Marina, Da Silva y Cabrera. En la segunda parte entró Quique Setién.
No habían pasado cinco minutos y Zavarov ya adelantaba a los de Kiev. Los rusos dominaban desde el ritmo y la velocidad, mientras que al Atleti le costaba un mundo armonizar su futbol. Era un partido entre equipos de diferentes épocas, un Atleti de fútbol avejentado y caduco, contra un Dinamo moderno, rápido y preciso. Los colchoneros lograron llegar vivos al descanso.
En la segunda parte, los de Luis salieron más agresivos. Los cuatro de atrás —Tomás, Arteche, Ruiz y Clemente— “rascaron” en las pelotas divididas y el partido se igualó. Lobanovsky cambió el libreto: posicionó a su equipo con un bloque medio bajo en defensa y esperó el paso al frente de los atléticos. Los madrileños tenían el balón pero no controlaban el partido. Entretanto, un fantástico Yakovenko lanzaba a la espalda de la defensa rojiblanca a unos Zavarov y Belanov, imparables. Los de Kiev eran un acordeón mientras los de Luis no encontraban huecos por dónde atacar. Fillol evitó varias ocasiones el gol y los rojiblancos amenazaron en un par de acciones con el empate. En el minuto 85 asistimos a una oda al fútbol, un canto a la idea de Lobanovsky. Un contragolpe, cuatro pases, cuatro toques y gol de Blokhin. Yevtushenko hizo el 3-0 definitivo con los atléticos absolutamente entregados.
Aquel Dinamo de Kiev del 85-86 lo formaban los siguientes jugadores.
Chanov: Portero sobrio, típico de la escuela soviética. Buenos reflejos, tranquilo y dominador de juego aéreo. Él y su hermano Vyacheslav eran los suplentes de Dassaev en la portería de Rusia en el Mundial 82.
Bessonov: Lateral derecho que podía actuar perfectamente como interior derecho. Con buena técnica, rápido y amplia zancada. Como todos los defensores del Dinamo de Kiev, su intención era siempre salir jugando.
Baltacha: Defensa central de buena técnica y dominio del espacio. Ágil, rápido en el cruce y la anticipación, buen juego aéreo. Baltacha destacaba por su salida limpia de la pelota.
Kutnezov: Central de gran jerarquía en su juego. Futbolista que jugaba siempre con la cabeza alta al estilo Beckenbauer. Técnico y de gran manejo de balón, se incorporaba continuamente al mediocampo donde repartía juego con naturalidad. Uno de los grandes tapados del equipo de Lobanovsky.
Demyanenko: Lateral izquierdo y una de las grandes figuras del equipo. Fuerte, rápido, técnico e incansable en su banda. Fue uno de los laterales más dominadores de su tiempo. Un jugadorazo.
Rats: Interior zurdo que también podía actuar de lateral. Trabajador infatigable pero muy elegante en su trato con el balón. El jugador ucraniano tenía una zurda de seda y un tremendo disparo a distancia. Jugó un año en el Español. Tras descender los periquitos, Rats volvió a Kiev.
Yakovenko: El todocampista de Lobanovsky. Un futbolista total de depurada técnica, físico imponente y un gran compromiso con el juego. Uno de los cracks de la Rusia de los 80, grandes desconocidos mediáticamente.
Yaremchuk: Jugaba como volante derecho y era un tragakilómetros. Su trabajo consistía en equilibrar los movimientos continuos de Blokhin hacia dentro. Un pulmón que además jugaba muy bien al fútbol.
Zavarov: Mediapunta de gran talento, habilidad, regate y llegada, una especie de Baggio ruso. En el 88 lo fichó la Juve para formar pareja con Laudrup, pero las defensas del calcio y su dureza fueron demasiado para él y no logró brillar al nivel de su talento.
Belanov: Punta rapidísimo y de fácil remate, ágil y eléctrico. Fuera del Dinamo de Kiev nunca logró ni parecerse a sí mismo. Sorprendentemente fue Balón de Oro en 1986, año en el que Butragueño era para muchos el favorito tras haber ganado Liga y UEFA con el Real Madrid además de marcar cuatro goles a Dinamarca en octavos de final del Mundial. El Buitre tuvo que consolarse con el tercer lugar tras el ruso y Lineker.
Blokhin: El jugador más parecido a Cruyff que he visto en mi vida, lo cual le define como futbolista. Balón de Oro en 1975 por delante de Beckenbauer y el mismísimo Cruyff. Blokhin tuvo la mala fortuna de nacer en Kiev en 1952. Si lo hubiese hecho cuatro décadas después, de Bale no se tendrían noticias en Madrid.




