Quizá la discusión más recurrente del fútbol en los últimos diez años sea la de si el mejor de la historia es Messi o Maradona. Les aseguro que existe porque a Ronaldo Nazario le explotaron las rodillas. Sin esa desgracia nadie sacaría a O Fenómeno de tal ecuación. Ronaldo era el arma perfecta para destrozar las defensas contrarias. Un jugador que rompió con todos los moldes conocidos.
Nació en 1976 y se asomó al mundo cuando leímos que el Cruceiro había fichado a un chaval que había metido casi 60 goles en algo más de 50 partidos en la Regional brasileña. Su maestro era Jairzinho y el Cruzeiro le acogió con los brazos abiertos. Le bastaron 32 goles en 34 partidos para que el foco del fútbol europeo apuntase hacia su figura. El PSV holandés fue el más listo de la clase. La leyenda de Ronaldo en nuestro viejo continente tenía un comienzo.
Con el equipo de la Philips, ya no sólo vimos al goleador impertérrito (42 goles en 46 partidos), también descubrimos que la potencia en estado puro se puede embellecer con elásticas, bicicletas y colas de vaca. La estética a velocidad de crucero. Con razón, posteriormente, Valdano definió su fútbol como el ataque de una manada. Nadie podía parar a Ronaldo.
Los holandeses sólo pudieron aguantarle en sus filas dos temporadas, aunque en la segunda jugó poco al declararse en rebeldía. El PSV no quería soltarle pese a que ganaba más de dos mil millones de las antiguas pesetas (12 millones de euros) con la oferta que le llegó del Barcelona. Núñez rompió la hucha y O Fenómeno decidió marcharse. La Liga española estaba a punto de convertirse en el mayor espectáculo del mundo y los que llevamos al Madrid en el corazón maldijimos el poder económico del Barça.
Como blaugrana volvió a romper registros. Anotó 47 goles (34 en Liga) y le rompió la cintura a la mitad de los zagueros contra los que compitió en nuestro país. Su gol frente al Compostela ha pasado a la historia como uno de los mejores conseguidos jamás. Pero su romance con el Barça duró sólo esa temporada. Con Ronaldo ya no había discusión. Era el
mejor del mundo y como tal quería cobrar. En España ya existían las cláusulas de rescisión y la reciente Ley Bosman había conseguido que los clubes europeos multiplicasen sus ingresos por derechos de televisión. Núñez tuvo un error de cálculo, pensó que 4.500 millones de pesetas eran prohibitivos para quien quisiera su pase y se encontró con el Inter. Ronaldo tenía sólo 21 años y estaba a punto de aterrizar en su tercera Liga en Europa.
Empezó maravillando en el calcio. No podía ser de otra manera. En su primera temporada en Milán, metió 25 goles en un fútbol donde marcar era poner una pica en Flandes. En la segunda comenzó su calvario. Una entrada en la banda derecha, jugando contra el Lecce, le partió parcialmente el tendón rotuliano. Seis meses después, en el partido de su reaparición, quiso encarar a Couto, contra la Lazio, y le explotó del todo la misma rodilla. Tardó un año en volver a pisar un terreno de juego. Pero Ronaldo jamás volvió a ser el mismo. Comenzó la que iba a ser la pelea de la merma física contra la inmensa magia que acumulaba en sus botas. De momento, ganaba la magia.
Reapareció en el Mundial de Corea. Scolari creyó en él, a pesar del tiempo que había pasado en boxes y O Fenómeno le correspondió convirtiéndose en el máximo goleador de ese Mundial (8 goles). Destrozó en la final a Alemania, perforando la portería de Khan en dos ocasiones. Aún, casi cojo, Ronaldo seguía siendo el mejor. Había llegado el momento de vestirle de blanco.
Florentino Pérez se había especializado en cazar galáctico, y Ronaldo pasó a ser el gran objetivo del Real Madrid. Después de un culebrón de verano, y un cheque de 45 millones de euros, el Inter accedió a traspasarle. Todos los que juramos en hebreo cuando se puso la camiseta blaugrana, esperábamos expectantes por el rendimiento de un jugador al que las lesiones habían privado del turbo. ¿Seguiría siendo diferencial en un torneo más largo?
La duda duró minutos. Sin prácticamente pretemporada (por lo tarde que se solucionó su fichaje) y con el hándicap físico al que le sometía su rodilla derecha, saltó al campo en el minuto 63 contra el Alavés y marcó en el 64. En el 79 hizo un doblete. La grada enloqueció con Ronaldo.
Pero cada nueva temporada le suponía ya una tortura. Al problema con sus articulaciones se le sumaba un incremento de peso que no parecía propio de un deportista de élite. Se le achacó a la mala vida, la realidad era que desarrolló hipotiroidismo. Otro jugador con problemas de peso y rodilla chirriante, hubiese fracasado. O Fenómeno dejó 104 goles vestido de blanco en cuatro temporadas y diez partidos de la quinta. Todos pensábamos que ya había llegado el momento del ocaso. Pero él tenía otra opinión.
Parreira le llama para el Mundial 2006 y, aún no siendo titular, batió el récord histórico de goles marcados en fases finales. Ronaldo ya jugaba al trote, tremendamente pasado de peso y en unas condiciones físicas que a cualquiera, sin su magia, no le permitirían vestirse de corto ni para un partido de solteros contra casados. Él seguía en la élite.
Después de tenérselas tiesas con Capello (un entrenador que siempre fue Bilardo vestido de Armani), Ronaldo dejó el Madrid en el mercado de invierno y fichó por el Milan.
Allí dejó gotas de su leyenda. El brasileño ya sólo estaba para eso en un fútbol tan físico como el italiano. Acosado también por su enfermedad glandular, a Ronnie le explotó la otra rodilla. Sólo pudo participar en una veintena de partidos con la zamarra rossonera.
Se retiró en el Corinthians, donde aún le dio para meter 30 goles en dos temporadas. Allí hizo famosa está frase “Mi cabeza vive un partido de fútbol que mi cuerpo no puede ejecutar”. Y es que, con diez kilos de más y media docena de tornillos dentro de sus rodillas, la naturaleza dijo basta. La leyenda tocaba a su fin.
No queda más remedio que volver a la reflexión inicial: ¿Messi o Maradona? Buena pregunta, pero para las rodillas de Ronaldo Nazario de Lima. Si con sus limitaciones físicas ganó dos Mundiales, dos Copas de América y dos Balones de Oro, ¿dónde hubiese tenido su techo O Fenómeno?







