Hay unas personas con las que me he abrazado sin ningún amor y con las que he llorado sin ningún muerto delante. Y con la histeria del coronavirus y con las voces autorizadas pidiendo empatía y solidaridad me pongo a pensar en mis vecinos del fútbol.
Los conozco desde hace quince años y no me sé el nombre de ninguno, nos separamos en verano, pero sé que volverán, que no tendrán ningún amor de verano que les hará separarse de mí. Y pienso en ellos e intento averiguar qué harán durante este parón sin liga, me pregunto si actuarán fuera del estadio como lo hacen durante los 90 minutos, y estoy seguro de que sí, porque en esos momentos es imposible fingir, mostrar una naturaleza que no es la tuya.
Y me encuentro pensando en el argentino dos asientos a mi izquierda, ese que juzga sin la más mínima piedad a todo compatriota que se atreve a ponerse la camiseta de su equipo, ese que castiga forzando su acento tras tantos años en España con un «¡no seas boludo!», como si fuese responsabilidad directa de él, como si todo su país hubiese fallado el control. Y pienso que ahora mismo debe estar hablando directamente con la Casa Rosada intentando prevenirles. Y me asusta que el hombre insatisfecho que tengo una fila por encima exija más al coronavirus y se queje de pocos contagios y muertos, como renegaba de aquel goleador de números estratosféricos que tuvimos. No me preocupa la señora de abajo, que estará acudiendo cada media hora a la llamada a los balcones, ella que valora cada gesto tribunero del defensa de turno con un aplauso y una referencia al tamaño testicular.
Mientras pienso en ellos tres, ando buscando en MisMarcadores una liga que siga abierta y veo que la Premier League de Bangladés tiene en este momento un partido en marcha y buceó en las estadísticas del Abahani Limited intentando que unas cifras suyas me evoquen directamente a las de mi equipo, una mínima excusa para cantar un gol. Y entre tantos números que no significan nada, pienso en las estadísticas que estará haciendo ese vecino mío que se gira enseñándome la clasificación y empieza unas cábalas que nada tienen que ver con lo que se ve en el césped: «Si hoy ganamos y ellos pierden, y allí ganamos de diferencia de tres goles estamos en Champions…». Yo le escucho deseando primero que no nos empaten.
Espero que estén bien todos, que sigan con sus filias y sus fobias y que se sientan acompañados, que el viejito justo arriba tenga alguien al que contarle todas las historias de desgracias y algunas alegrías con las que el equipo le ha llenado el anecdotario.
Y que todos ellos tengan por seguro que, cuando esto pase, cuando podamos volver a abrazarnos sin miedo, cuando el delantero ponga el pie bien, el centro sea preciso y la pelota decida terminar en la red, gritaremos un gol muy especial y nos miraremos de reojo y entonces todos sabremos que, aunque hemos estado quince días encerrados, por fin estamos en casa.







