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Mourinho debe repensarse

Dos años y medio después de asumir el banquillo del Manchester United, los números de José Mourinho –esos de los que se jacta en cada conferencia de prensa posterior a una derrota– son elocuentes: de los seis equipos más importantes de la Premier League, el United es el que menos puntos hizo desde agosto del 2016. Diecinueve menos que el City y dos menos que el Arsenal, el quinto. Razón suficiente para que la directiva lo haya despedido, aunque por supuesto no es la única.

Mou, uno de los entrenadores más exitosos de los últimos tiempos, ha terminado por enredarse en su propio discurso, por enfrentarse a sí mismo, inventando enemigos donde no los había, comenzando por la prensa y terminando en su propio vestuario. Sus críticas despiadadas hacia sus propios jugadores –siempre con nombre propio– han sido demasiado para un plantel plagado de estrellas que terminaron adornando un banquillo de nivel mundial.

Quizás su error más grave consistió en despreciar la calidad de su plantel, tanto frente a la prensa como ante su dirigencia. Cada ventana de fichajes prometía, por lo menos, unas cuantas conferencias de prensa en las que el portugués renegaría inequívocamente de la falta de capacidad de maniobra –y de inversión– de los propietarios del equipo a través de su hombre de confianza, Ed Woodward. Siempre e inevitablemente comparándose con Guardiola –su némesis en los banquillos – y con el City –el gran rival de la ciudad–, Mou sostenía que no podía competir con el equipo celeste debido a la gran cartera de Sheikh Mansour bin Zayed, dueño del campeón de la Premier.

Pero los números, una vez más, le dan la espalda a Mou. Si bien el equipo del Pep es el que más ha gastado desde que llegó el catalán al Etihad (569.5 millones de euros), el United es el segundo equipo que más invirtió desde que José asumió el banquillo (465.4M€). Detrás de los Red Devils se encuentra el Liverpool de Klopp (436.9M€) y, más lejos todavía, el Tottenham de Pochettino (318M€). No contamos al Arsenal ni al Chelsea porque han cambiado de entrenadores recién esta temporada. En cualquier caso, el único club que ha invertido más dinero en jugadores es el City, pero tanto los Spurs como el Liverpool han hecho más con menos. La cartera no garantiza triunfos; los grandes técnicos, sí.

Mourinho, quien se ha quejado también de lo inflado que está el mercado de futbolistas, fue uno de los encargados de hinchar la burbuja. El fichaje de Paul Pogba (105M€) ni bien asumió el banquillo del United fue el más caro de la historia –antes de Neymar, Mbappé, Coutinho y Dembelé–, y resultó ser, además, una muy mala inversión: el campeón del mundo terminó siendo un suplente de lujo en un equipo que pedía a gritos un poco de talento e inventiva.

Desde que Woodward anunció el fichaje de Mou, este se encargó de construir un discurso crítico hacia el club. Se trató, seguramente, de una estrategia premeditada, con la intención de remecer los cimientos de una institución que necesitaba un liderazgo fuerte tras la traumática salida de Sir Alex Ferguson, cuyo vacío el club todavía no ha conseguido llenar. José sostenía que el club necesitaba cambios drásticos, y probablemente tenía razón. La pregunta de fondo es qué tipo de cambios necesitaba, y la respuesta, categórica a estas alturas, es que no eran los que proponía Mou.

En Pep Guardiola. La Metamorfosis, Martí Perarnau analiza las razones por las que el entrenador catalán optó por dirigir al City por sobre otros grandes clubes, incluyendo al United. Una de ellas –quizás la más poderosa–, era que la institución celeste no tenía una mochila cargada de historia, ese gran peso con el que tienen que cargar los técnicos y jugadores cuando llegan a un club que lo ha ganado todo y que tiene la obligación de seguir haciéndolo. El City era un lienzo en blanco sobre el que Pep podía expresarse con toda libertad.

En ese sentido, el United es otro cantar. Consolidado como uno de los equipos más importantes del último siglo, campeón de todo lo que disputó, el equipo dirigido por Sir Alex durante 27 años no sólo ganó, sino que encantó. Sin demasiados misterios ni revoluciones tácticas, Old Trafford se acostumbró a un fútbol ofensivo, atractivo y demoledor. Y, como bien sabemos, no hay nada más difícil para las masas que olvidar los buenos tiempos, sobre todo si se les reemplaza por unos un poco más oscuros.

La mochila con la que cargó Mourinho era extremadamente pesada. 27 años de ser el ejemplo de éxito –tanto en el plano práctico como en el estético– fueron demasiado para un entrenador excesivamente pragmático que nunca logró siquiera pisarle los talones a Ferguson. No fue difícil, por cierto, superar las flojas campañas de David Moyes y Louis Van Gaal, los primeros reemplazantes del escocés, pero tampoco fue suficiente.

Más allá de la falta de títulos importantes, de su incapacidad para ser autocrítico o de su pésimo manejo de la relación entre el club y la prensa, lo que más perturbó a la afición fue lo que mostraba el equipo dentro del campo. Finalmente, es lo que más importa. El United, con su plantel plagado de estrellas –Pogba, Alexis, Lukaku, De Gea, Mata– y de jóvenes consolidados en la élite –Martial, Rashford– jugaba mal. Siempre jugó mal. Por más que esta responsabilidad también recae sobre los futbolistas, la falta de ambición del técnico fue lo más grave.

¿Cómo pedirle al United que practicara un fútbol atractivo con un medio conformado por Fellaini, McTominay y Matic, y con Pogba, Herrera, Mata y Alexis en el banquillo? ¿Cómo mantener satisfecha a la afición si el United siempre elegía esperar al rival, con seis jugadores defensivos, mientras el vecino rompía todos los récords de la Premier practicando el fútbol más atractivo y eficaz de los últimos tiempos?

La bendita tercera temporada de Mou –aquella en la que termina perdiendo el control de su equipo y, por ende, de los partidos que disputa– terminó antes de tiempo por todas las razones antes expuestas. Fue justamente Jurgen Klopp, como en años anteriores, el que terminó de despedir a Mou: igual que cuando su Dortmund aplastó al Madrid en Champions y cuando su Liverpool despedazó al Chelsea en Stamford Bridge, el portugués tuvo que despedirse después de sendas derrotas frente al alemán. Este asunto, en apariencia nimio, abre un debate que seguirá desarrollándose en las próximas temporadas: ¿será que Mou se ha quedado atrás en lo que respecta a la evolución del fútbol moderno?

La escuela de técnicos portugueses, quizás la más importante de los últimos tiempos, se ha caracterizado por estar a la vanguardia da la teoría táctica, técnica y física. De hecho, Mourinho fue uno de sus precursores y uno de los grandes responsables de que el fútbol europeo esté plagado de técnicos de ese país. Sin embargo, Mou parece no haberse adecuado a estos tiempos, sobre todo en la Premier, en la que casi no hay diferencias presupuestales entre los equipos más poderosos, y en donde la capacidad inventiva de los técnicos es cada vez más importante.

Mourinho no consiguió superar la presión desquiciada del Liverpool ni el juego de posesión del City, pero tampoco, este año, pudo con el nuevo Arsenal de Emery, el Sarriball del Chelsea o el consolidado Tottenham de Poch. En la Champions, superó un grupo complicado, aunque sin convencer a nadie y dependiendo de algún cabezazo tardío de Fellaini, una suerte de amuleto mourinhista. Siempre se vio superado por equipos trabajados y creativos. Demasiado castigo para el Teatro de los Sueños.

Aunque está claro que al portugués le lloverán ofertas atractivas de clubes importantes, estas se basarán más en su palmarés que en su forma actual. Lo que le queda a Mou es repensarse: mirarse al espejo, tomarse un tiempo para analizar lo que ha sucedido y, sobre todo, ser autocrítico. Esto último, sin embargo, tiene más pinta de utopía que de otra cosa, teniendo en cuenta la difícil personalidad de The Special One, un crítico de todos menos de sí mismo.

Dan Lerner
Dan Lerner
Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).
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