El Bernabéu era un estadio de murmullos y palmas de tango. También de ovaciones esplendorosas, pero pocas. En ocasiones excepcionales, concentradas en la Copa de Europa, el Bernabéu de natural apático se transformaba en una caldera humeante por la que asomaban criaturas furiosas y fantasmas coléricos. Sólo en ese caso, y únicamente si el ardor era correspondido por el equipo, el público dejaba de lado su espíritu crítico. Ahora es imposible saber qué piensa el Bernabéu. Lo impide la grada de animación, que es un grupo de entusiastas coreografiados, consecuencia de un complejo que tomó por un defecto —el Bernabéu no anima— lo que en realidad era un síntoma de distinción —el Bernabéu no anima salvo que le den un motivo—. Ahora, para terminar de anular cualquier disonancia, nos encontramos también con una nueva tipología de aficionado que va al fútbol como el que asiste a un restaurante de moda, más fascinado por el ambiente que por el rodaballo. 

Si empiezo por aquí, además de por mi diagnosticada adicción a la nostalgia, es porque en este partido, en otro tiempo, se hubieran escuchado esas palmas de tango que eran aplausos burlones de impaciencia. Las hubiéramos oído en la primera parte y ahora podríamos afirmar que el equipo se agitó en la segunda mitad por esos cachetes metafóricos. Sin palmas a las que agarrarse, toca decir que el Madrid se animó a sí mismo, aunque tal vez no le hizo falta ni eso. Fue Vinicius, hiperactivo como suele, quien entendió que medirse a un lateral lento y con tarjeta amarilla era un regalo a medio abrir. Cuesta comprender que un entrenador como Marcelino, obsesionado con los más nimios detalles, permita semejante cosa, evidente hasta para los amigos del rodaballo. Vinicius se iba de Mouriño cuando le venía en gana sin que el defensa recibiera una sola ayuda, antídoto que no siempre funciona, pero que ya se vende en farmacias sin  necesidad de prescripción médica. 

No fue esa la única disfunción del Villarreal. Mastantuono demostró más picardía que todo el equipo visitante, perezoso en la salida y falto de imaginación en los últimos metros. Hay que odiar un poco, señores. Para jugar al fútbol y para desarrollar cualquier otra actividad competitiva, es recomendable, aunque no sea imprescindible, alimentar un cierto deseo de aniquilación, que no es sangrante ni exige ir armado, sino que está relacionado con el simple instinto de supervivencia: si no como, me comen; si no gano, me ganan.

Ante un equipo tan romo, era lógico esperar algo más del Madrid. Algo distinto al dominio que gotea ocasiones, la carrera de Vinicius, el pellizco de Mbappé o el arrebato de Mastantuono, el más efervescente de los futbolistas sobre el campo. El equipo sigue sin jugar con música, aunque haya quien escuche la quinta sinfonía cada vez que el equipo se limita a presionar. Contra el Atlético comprobamos que los problemas afloran ante cierta categoría de rivales y ahora sabemos que el Villarreal no está entre ellos. 

No deberíamos pasar por alto que el Madrid se adelantó con un rebote y tomó ventaja de penalti. Sé que estos detalles no importan lo más mínimo a los miembros de la cofradía del rodaballo, felices por el selfie que les sirve en bandeja el destino. Pero es una señal. El objetivo queda lejos. Dicho lo cual, cada uno es muy libre de desatar su optimismo, ejercicio muy saludable, por otra parte, excelente para el cutis y los radicales libres. Pero cuidado que no sólo en los tebeos se precipitan pianos de cola por los balcones.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí