¿El fútbol es lo más importante de lo menos importante? ¿Qué hacemos tantas semanas sin fútbol, sin saber si las competiciones en curso acabarán tal cual como esas carreras que se paran por la lluvia, aquí te pillo, aquí te mato, tú campeón y tú a Segunda? No se equivoquen. Lo más importante de lo menos importante es el amor. Luego el fútbol, claro. Pero un poco por encima está el amor.

Del amor han hablado poetas, estetas o lisboetas. Parece que no haya mucho más que añadir. Y, sin embargo, no lo hay. Está todo dicho. Aquí podría acabar este exordio, justo cuando acaba de zarpar. Pero vamos a soltar carrete, ese lateral izquierdo que era del Oviedo. Ya está el fútbol interfiriendo con el amor. Seguimos. El amor es arpegio, si alguien sabe lo que es un arpegio, algo relacionado con la música, brote del espíritu, trazo de las musas. Con ello no decimos prácticamente nada. Pero es que nada en el amor significa gran cosa. Vana palabrería que llena el abismo inefable que se tiende entre dos miradas.

El amor es violenta fuerza cual marea insurrecta que arrastra a unas personas hacia otras. Con esto verán que tampoco se aclara mucho. Pero mola. En el amor casi todo mola. Salvo que no sea correspondido. Aunque esa es una parte indisociable del amor: la incertidumbre, el desasosiego, el malentendido, el dolor de alma que es como el dolor de cabeza pero más etéreo, con esa sublimidad orgullosa del merengue que solo es clara de huevo con azúcar. Por amor se puede matar y morir, y ahí ya la cosa se pone de Código Penal. También hay quién mata o muere por su equipo, pero entonces pensamos que es un imbécil. El que lo hace por amor se cubre de un aura romántica que diluye su fastidiosa torpeza e ingenuidad.

El amor tiene también su momento físico, cuando ya el asunto metafísico y la lírica empiezan a estragar. Coito ergo sum. La descripción práctica del acto carnal en todos sus modos y variantes resulta fácilmente accesible a cualquier lego en la materia en esta época de saturación de contenidos. Lo podríamos resumir como un trabajo (igual a fuerza multiplicada por desplazamiento), como ir al gimnasio pero con pesas almohadilladas, como movimientos repetitivos y algo ridículos de no ir a parte alguna salvo a la final combustión interna, como llaves que abren su cerradura, como piezas de puzzle que se imbrican, pero todo es algo desordenado, alborotado, descomplementado y muchas veces sobreactuado o fingido. Y luego está lo feo, que siempre lo hay, el pelo revuelto, la cara desencajada, la piel sudorosa, la ventosidad que se escapa, la saliva o la baba, los fuertes aromas almizcleros, los zumos vertidos.

Y el último es el aspecto pecuniario. No solo de pan vive el hambre. Como bien explica el gran Eslava Galán en su opúsculo Homo erectus, gran parte del atractivo físico deriva del proyecto de nidación y creación de un hogar próspero y seguro. En épocas cavernarias primaba el gusto por el macho fornido de potentes glúteos, buen fecundador y excelente cazador que garantizaba numerosa prole y abundancia de víveres. En mujeres primaba la hembra caderona de ubre generosa, buena paridora y mejor nodriza. Con la venida de siglos y civilizaciones, el gusto fue evolucionando y el macho calvo, miope  y barrigudo romano o decimonónico que anunciaba promisoria cabaña y buenos ropajes suplantaba en las preferencias femeninas al Hércules insustancial de exigüo peculio. En los tiempos actuales y en nuestro saciado Occidente, la igualación social democrática, la buena alimentación y la seguridad del sustento diario ha producido una síntesis evolutiva del perfil deseable de machos y hembras, de tal guisa que el cincelado varón de apetitosos pectorales y bien recortada barba detenta con frecuencia los posibles monetarios mínimos exigibles o la mujer apretada y relampagueante promete una dote generosa de placeres y asientos bancarios.

Con todo lo cual este paseo por los parajes románticos cierra su círculo: de los hipidos desaforados de almas arrebatadas pasando por el volcán estremecido de las pieles palpitantes hasta la prosa híspida de la domiciliación de recibos y plazos hipotecarios.

O para que luego digan del fútbol y de la prensa deportiva, esos santos varones y hembras.

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