Dejando a un lado el fascinante milagro de la sonrisa que te desarma y rinde, hay algún detalle que merece la pena apuntar respecto a la osadía de la paternidad en los tiempos que corren y vuelan.

Para empezar, podríamos rescatar la máxima de los surrealistas que decía que “la belleza moderna será convulsa, o no será” y adaptarla a que cuando eres padre, la felicidad moderna será convulsa o no será. Se trata de adaptarse, querido. El nuevo viene sin manual, pero con infinitas necesidades, y rápidamente aprenderás que en las malas tendréis que salir de cualquier atolladero de gastroenteritis, gripes y visitas a urgencias. Si no querías espinas, no haber pedido pescado. 

En frío, abandonando el mundo de las emociones y los sentimientos, traer un nuevo miembro a la familia es la renuncia a dos vidas —al menos tal y como la ejercías o tenías planeada— con la esperanza de que merezca la pena. No lo dice la RAE, pero no descartamos que pueda incorporar la definición.

Bienvenido al desistimiento de la pausa y la improvisación. Algo así como prescindir de Modric, para que nos entendamos. A partir del nacimiento tienes que agudizar el pensamiento y acelerar los movimientos, el demandante no concede tiempo ni margen para errores o dudas. Y, por supuesto, deberás olvidar por un tiempo (nunca te aclararán cuánto) los planes que surgen de la nada y que antes lo eran todo: una escapada al cine, una cena improvisada, una reunión inesperada con amigos. Ahora tu centro de gravedad lleva chupete y no suma más que unos kilos, aunque lleva todo el peso de tus decisiones. 

Tu nuevo ejercicio, más exigente que cualquier tabla de gimnasio, será recordar permanentemente que cualquier sacrificio merece la pena —porque la merece—, y que al otro lado de la balanza está el premio de la satisfacción por estar criando un nuevo ser que te mejore. Ahí es nada. 

Para terminar, y en parte con el confeso propósito de no resultar un agorero, observaré una de las consecuencias más irrefutables de tener un bebé, el riesgo que comporta para la salud de la pareja, pero en clave positiva. Como lo leen.

Nada como una criatura mide la temperatura de los lazos y la fortaleza real de una relación. Nada. Ni siquiera un Erasmus, así que agárrense donde puedan. Animo a afrontar el reto como una oportunidad más que como un problema. En lugar de hacer la guerra cada uno por su lado, colaborad; en vez de llevar la cuenta de todo a lo que renunciáis por y para el bebé, ejercitad la comprensión y el diálogo. La cocina no es trinchera ni la cuna un campo de minas. No sois enemigos, sino aliados. 

Las dudas y los miedos son lógicos, pero si Alejandro logró domar a Bucéfalo y conquistar en su lomo toda Asia hasta su muerte (se cuenta que el animal era ingobernable hasta que el macedonio percibió el detalle que lo alteraba, su propia sombra, y lo giró para que no la viera), cualquiera con altas dosis de amor, determinación y paciencia puede superar el desafío. Aunque le cueste lucir canas, que no se diga.

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