La foto es espléndida, no cabe duda, y servirá para que Ineos felicite la Navidad a sus clientes y empleados, paz y amor en estas fiestas tan entrañables. Por mucho que se haya comparado con la imagen de Hinault y Lemond en el Alpe d’Huez lo cierto es que no hay color. Los que llegaron juntos en 1986 eran dos compañeros en guerra. Hinault no había cumplido la palabra que dio el año anterior al americano: ayúdame a ganar el quinto Tour y yo te ayudaré a ganar el primero. Quizá fue un problema de mala memoria o de fatal traducción. El caso es que el Caimán sólo se hizo el simpático cuando entendió que no podría vencer de nuevo. Por aquel entonces, Lemond tenía el pelo tan amarillo como el maillot y hay señales que no se pueden pasar alto.

Lemond e Hinault, en 1986.

Lo de Carapaz y Kwiatkowski es bien distinto. Su colaboración fue armoniosa hasta la misma línea de meta, aunque intuyo que el ecuatoriano se debió preguntar, aunque fuera por un instante, si no estaba haciendo el pardillo. Escapado heroicamente en las últimas etapas, Carapaz merecía ganar por fin. En sus hombros había recaído el orgullo herido del Ineos después de la retirada de Bernal. Sin embargo, el equipo prefirió premiar la experiencia y fidelidad del ciclista polaco, sin triunfos en el Tour. El tiempo dirá si en la escena hubo un pardillo o un sabio campeón que optó por garantizarse una fidelidad eterna.

A falta de otras glorias, Carapaz se aseguró el maillot de la montaña, antes de puntos rojos y ahora de puntitos. En el baúl de los suspiros quedará qué hubiera podido hacer de haber sido el plan B del Ineos y de no haberse caído en mala hora… La buena noticia (mala para Movistar) es que el vigente campeón del Giro sólo tiene 27 años.

Entre los favoritos, Mikel Landa lo volvió a intentar, esta vez en primera persona. Su despliegue fue impecable: mandó a un par de compañeros por delante (Pello Bilbao y Caruso) y atacó en el último puerto, a suficiente distancia como para provocar un destrozo importante. Tomó 30 segundos de ventaja sobre el grupo del líder… y no pasó de ahí. La posibilidad más amable es que se quedara sin fuerzas ante la obsesiva persecución de Van Aert. La opción es más terrible es que no tenga motor. Personalmente me resisto a creerlo. Un ciclista que repite entre los cinco primeros de una gran vuelta tiene fondo y caballos. Otra cuestión es que haya perdido la chispa de hace cinco años, quizá también el optimismo. Landa se he vuelto un ciclista triste.

Mikel Landa, en solitario, en el puerto de Glières. CORDON PRESS

Quien ha demostrado no serlo (y había sospechas) es Enric Mas. Su final del Tour está siendo extraordinario. El ciclista del Movistar se permitió incluso el lujo de atacar en la última subida y algo más importante aún: se le notó un cierto sentido del liderazgo, algo así como una gestualidad de campeón. Es evidente que no hemos sido justos con él después de sus titubeos iniciales, pero cuesta cambiar de amor a mitad de Tour.

Roglic, entretanto, se comportó con una solidez inabordable. No se limitó a defender; incluso metió miedo con un par de arrancadas que eran fuego disuasivo. Y los disuadió a todos. El caso más decepcionante fue el de Supermán López, que debió probarlo con Landa y se quedó quieto, probablemente exhausto. No ha sido este un Tour de superhombres. Ni de grandes tardes, ni de apuntes históricos.

A Roglic sólo le queda el obstáculo de la contrarreloj y no parece demasiado complicado, aunque vaya a usted a saber, cosas más raras se han visto. Sin ir más lejos, un Tour dentro de una burbuja.

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