Ya no detesto a Mark Cavendish. Es hasta posible que haya empezado a gustarme. Donde antes veía a un enano insolente y ahora veo un barrilete cósmico. De pronto no me asusta que pueda superar a Merckx en victorias de etapa en el Tour (32 vs 34). Al contrario. Me veo preparado para disfrutar de esa carrera. ¿Qué ha cambiado? Concretamente he cambiado yo. Diría que me han convencido los innumerables abrazos de los otros ciclistas. Y sus peroratas para explicar las victorias, siempre repartiendo méritos. Y la sonrisa. De un tiempo a esta parte encuentro algunas sonrisas irresistibles, casi revolucionarias. Me refiero a las sonrisas sinceras, a las que no posan, a las que se detienen antes de la risa. Cosas mías.
Supongo que mi empeño por aferrarme a los viejos récords deportivos tiene relación con una pulsión nostálgica que a veces roza lo enfermizo. El planteamiento es muy básico: si el mundo no cambia yo sigo siendo el mismo, no envejezco. Si Merckx mantiene el récord, yo sabré donde están las cosas sin necesidad de encender la luz. Al menos esa cosa, el récord de Merckx.
Como también tengo una pulsión sensata he decidido rendirme a Cavendish. No puedo pasar por alto su historia, el hecho de que tocara fondo y haya vuelto a emerger, sus 35 años, la depresión superada, la hazaña que es ganar diez años después. No descarto que la suya sea la gran historia de este Tour por delante incluso de un nuevo triunfo del niño Pogacar.
Aunque mejor será no adelantar acontecimientos. De momento cada etapa nos enseña el tráiler de una buena película: Alaphilippe/rey de Francia, las caídas/el destino, Van de Poel/Poulidor, Pogacar/la eternidad, Cavendish/Merckx… Lo siguiente será una jornada de 250 kilómetros con aperitivo de montañas. La distancia impresiona, pero haría reír a los participantes del primer Tour. En 1903 la etapa más corta fue de 268 km y la más larga de 471. Pero ya me estoy enredando otra vez en los viejos tiempos. El colmo de la nostalgia es echar de menos lo que no se ha vivido. Es tan absurdo como si dentro de 50 años alguien estuviera cruzando los dedos para que el récord de Cavendish no sea superado. Y lo será. Porque siempre viene alguien que llega más lejos. Y es hasta bueno. No hay mayor placer que llevar la contraria a los números.







