Así eran los arbitrajes de antes, cuando los árbitros estaban lejos de ser más guapos que los futbolistas, tipos calvos con bigote y panza de cuñado, aficionados metidos a jueces para ver el partido más cerca, adultos traumatizados porque de niños no les dejaban jugar con la pelota. Vale, no todos eran así: Ortiz de Mendíbil era Alberto Closas con silbato y Guruceta fue el primer árbitro tan alto como los centrales. Pero la mayoría eran como digo, secundarios de una película de Berlanga, oficinistas de Atraco a las tres. Admito que el uniforme tampoco ayudaba mucho: ya me gustaría ver al apuesto Alberola Rojas con los cuellos de los años 70, remate mortífero de un traje de enterrador con pantalón corto. De aquellos desaguisados arbitrales se nutrían la moviola que inventó Pedro Ruiz y tantas tertulias del día después.

Ortiz de Mendibil y Guruceta Muro.

Ahora para que un árbitro se equivoque de forma repetida es necesaria una posesión maléfica. El VAR ayuda en la misma manera que la educación secundaria. Los futbolistas son seres más civilizados (lo son todos los actores del fútbol, a excepción de los periodistas) y el engaño recibe la repulsa general. Apenas queda espacio para los trucos. De modo que hoy en día el árbitro que reincide en el error es responsable de un espectáculo tan extraordinario como un partido con seis goles. Ocurrió en Villarreal. Podemos diferir en la interpretación de las jugadas polémicas, pero coincidiremos en que la primera parte nos hizo vivir en un sobresalto continuo. Y a la hora de la siesta, me permito recordar.

Sobre las razones del desatino propongo ser indulgente. Todos conocemos personas que por compensar un error han llegado a casarse con él. Mejor no señalar. En el fútbol se habla de la teoría de la compensación cuando debería hablarse de la teoría de la supervivencia. El árbitro que sospecha que ha beneficiado a un equipo intenta desagraviar al otro en cuanto tiene oportunidad. Aquí la dificultad es llevar la contabilidad de los errores y llegar al minuto 90 en empate. Creo que Sánchez Martínez pudo lograrlo y merece un aplauso por ello.

El aroma a partido antiguo perduró más allá del pitido final. Albiol, recio y simple como un central de antaño, justificó su intercepción de Vinicius (algunos dirán pantalla) con una frase que está salida de los más selectos billares y las más ruidosas reyertas: “Si le hubiera dado un codazo, le habría sacado del campo”. Cuántas veces habremos oído algo similar en nuestra brumosa juventud. “Si le hubiera pegado de verdad, ahora estaría buscando los dientes o en órbita como el Sputnik”. Qué tiempos aquellos.

En el fondo la respuesta de Albiol es tan vintage como su penalti, tan absurda como su carga alevosa. Ahora bien y dicho esto: Vinicius se está ganando fama de piscinero y esa etiqueta (habrá que debatir si merecida) pesa mucho sobre las decisiones arbitrales. En mi opinión, Vinicius ha sido acusado de piscinero antes de serlo por rivales (el Athletic, sin ir más lejos) que no sabían cómo pararlo. Y tengo para mí, casi con la misma convicción, que Vinicius ha empezado a zambullirse de tanto mencionarle el agua.

Si nos ceñimos al juego (qué sosería), diremos que cuando el árbitro se calmó lo hizo también el Villarreal. Apareció entonces el Madrid con su autoridad legendaria, con esa actitud de terrateniente que descubre intrusos en sus tierras. Si no marcó es porque lo impidió Rulli (¿o era N’Kono?) o la dirección del viento. Bale estuvo cerca y Jovic todavía más.

Supongo que todos los goles los había marcado ya Sánchez Martínez, un árbitro que quiere ser antiguo (su cara lo es), aunque para conseguirlo del todo necesitaría cambiar su segundo apellido y llamarse Sánchez Vulva o Sánchez Glande, o tal vez, más probablemente, Sánchez Retro.

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