Florentino Pérez quedará en la historia del Real Madrid como el mejor presidente de la modernidad (concedamos la eternidad a Santiago Bernabéu). Con él al frente, el club dio un salto económico que lo colocó entre las instituciones deportivas más poderosas de Europa, base desde la que se consiguió la estabilidad institucional y cinco Champions que hacen difícil posicionarse en contra de la política deportiva y no ser aplastado. Por no mencionar su legado definitivo: el nuevo estadio Bernabéu, techo retráctil y ganancias telescópicas.
Quien tanto ha conseguido no ha encontrado, sin embargo, la paz espiritual. Florentino Pérez está convencido de que existe una conspiración periodística para hacer de menos al Real Madrid en la que estarían involucrados comentaristas y realizadores. La queja fue expresada públicamente en la última Asamblea de Compromisarios (“es un clamor popular el diferente trato al Real Madrid con respecto a otros equipos”), pero viene de lejos. Desde que es presidente, Florentino no se ha sentido correspondido por lo que podríamos denominar como “la prensa de Madrid” (“central lechera” en terminología guardiolista), a la que nunca ha sentido tan proclive al club como supone que lo es la prensa de Barcelona con el Barça.
La apreciación es más que discutible. Más allá de afinidades personales, los periódicos deportivos de Madrid siempre han sido inequívocamente madridistas por un simple criterio comercial: vendían más cuando el Real Madrid ganaba. Y aunque el negocio periodístico ha cambiado en el entorno digital, se mantiene invariable una premisa: hay más aficionados madridistas que de ningún otro equipo, lo que hace que la información sobre el Real Madrid sea extensiva y casi siempre mayoritaria.
Según he podido comprobar de primera mano, el gremio de los periodistas deportivos responde con mínimas variaciones al reparto de aficionados en la sociedad. Un estudio publicado en 2017 reveló que en España uno de cada tres aficionados al fútbol es madridista y parecida proporción se maneja en las redacciones. Pese a todo, en los años de Mourinho se hizo célebre un cántico en el estadio que nadie en el club tuvo a bien reprobar: “Marca y AS, cámara de gas”. El odio a la prensa, instigado por Mou, no era una moda pasajera, sino que respondía a una convicción institucional: los periodistas no nos quieren. Y, como es natural, la animadversión caló en parte del madridismo.
Llegados a este punto, cualquier atisbo de crítica se tomó como un acto de sabotaje. La base argumental era digna del populismo más barato, pero funcionaba entre los hinchas menos dotados: los periodistas critican al Madrid porque quieren volver a mangonear en el club como hacían en los tiempos de Mendoza y Lorenzo Sanz. Tan malvados eran los periodistas que señalar a Casillas como soplón de la prensa fue razón suficiente para condenarlo. Tan malvados que se creó un programa de televisión contra ellos en el canal del club. Tan malvados que fueron abucheados en la última Asamblea de Compromisarios.
Si la prensa no se defendió es porque somos un gremio atomizado y más preocupado por la supervivencia que por el amor propio. La reacción general, y que me disculpen las excepciones, fue atenuar las críticas, o limitarlas a momentos muy significados, o directamente evitarlas. Sí, por miedo a las consecuencias. Me cuesta decir si hemos sido cobardes o pacifistas.
Que en semejantes condiciones Florentino todavía denuncie conspiraciones periodísticas es casi una broma macabra. En las retransmisiones de las que se queja intervienen ex futbolistas del Real Madrid como Álvaro Benito o Jorge Valdano; la Liga de la que sospecha tiene como presidente a un madridista confeso, Javier Tebas, y así podría continuar dando nombres en proporción de uno a tres. Al Madrid se le sigue más que se le persigue. Y entre los perseguidores no se encuentran los periodistas que critican la planificación deportiva, o que lamentan la salida de Casillas. Ni siquiera los que constatan la obsesión del presidente con los medios. El Madrid no necesita una prensa proclive de la misma manera que no necesita una grada de animación. Eso son tacones para bajitos. La afinidad de la gente (periodistas o no) y el grito del público se los gana el Madrid en el campo desde hace 118 años. Con la vista al frente y sin mirar por el retrovisor.




