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“Parece que si vas al psicólogo es porque tienes un problema. Y no tiene porqué ser así”

Anna Boada se ha retirado del remo a los 26 años por culpa de una de las lesiones más duras que una persona puede sufrir: depresión. “La depresión, al igual que la ansiedad, puede ser multicausal y reflejarse en el deporte. Una persona que tiene depresión no tiene depresión por un estímulo concreto. Hay un contexto que luego deriva en otros contextos”, nos cuenta Darío Domínguez, psicólogo deportivo del centro Train your mind. Tristemente, las heridas del interior no tienen una cura tan efectiva como las del exterior. El dolor mental es mucho más agudo que el físico. Boada pasó a la historia del deporte español al conseguir junto a Aina Cid un bronce en dos sin timonel en el Mundial de remo del año pasado. Fue la primera medalla femenina en esta modalidad olímpica de la historia de España.

La deportista catalana anunció su retiro leyendo una carta sobrecogedora: “Lamentablemente me cuesta aceptar que esta vez no he sido capaz de encontrar las fuerzas para continuar luchando. Las enfermedades no las escogemos, a veces ni las aceptamos, sobre todo cuando hablamos de problemas de salud mental. Hoy en día está mucho más reconocido una fractura de brazo que la depresión o la ansiedad. Lo más complicado de una depresión no es caer, lo más difícil es no saber cuándo vas a volver a tocar el suelo para poder empezar a levantarte. La soledad te invade por la vergüenza de ser juzgado, de que la gente sepa la realidad, que tengan miedo a acercarse a ti para evitar contagiarse. El bucle empieza a alimentarse y te encuentras realmente perdido. Igual me di cuenta demasiado tarde, igual no supe encontrar la ayuda adecuada en el momento preciso, igual la gente cercana a mí no estaba preparada, quizás ni yo misma era consciente de hasta dónde podía llegar a hundirme. He dejado de buscar culpables, de preguntarme a mí misma que hubiera pasado si hubiera tomado otras decisiones. Al final he sido yo la perjudicada, el mundo ha seguido girando mientras yo estaba paralizada sin saber cómo continuar…”.

Se dice que los deportistas de élite viven en una burbuja de comodidades que los aísla del resto de mortales. Probablemente sea cierto. Sin embargo, los triunfos individuales no te inmunizan de los miedos e inseguridades a los que cualquier persona se ve expuesta en su día a día. Boada ha sido el último ejemplo. Estos son algunos otros.

El mejor año deportivo en la carrera de Andrés Iniesta también fue el peor de su vida personal. El Barça de Pep Guardiola se alzó en 2009 con el primer triplete en la historia del club azulgrana. La magia de Iniesta fue clave en un equipo que desplegaba un fútbol excelso. El centrocampista manchego era uno de los emblemas del mejor equipo del mundo. La vida parecía sonreírle… aunque las cosas no eran tan sencillas. La muerte repentina de su amigo Dani Jarque lo agravó todo. “De repente, uno empieza a encontrarse mal. No sabe por qué motivo, pero un día está mal. Y al siguiente, también. Y así, día tras día. No mejoras. Y el problema es que no sabes lo que realmente te está pasando. Me hacen un montón de pruebas. Todas salen perfectas. Pero mi cuerpo y mi mente se desencuentran, se alejan. Nada produce mayor congoja que no saber qué es lo que te está pasando. La bola se va haciendo más grande. Te encuentras mal y la gente que te rodea no lo entiende. Y el Andrés que todo el mundo conoce se va quedando vacío por dentro. Eso es duro, muy duro”, relata el propio futbolista en el libro Andrés Iniesta, La jugada de mi vida.

Eso sí, la ansiedad, entendida desde un punto de vista competitivo, no tiene porqué ser negativa. Como nos cuenta Dario Domínguez, psicólogo deportivo, no deja de ser “una reacción que tiene cualquier persona a un estímulo. Es una reacción que nos pone en estado de alerta. La mayoría de deportistas la tienen. Cuando llega una competición, están de los nervios. El año pasado estaba con un equipo de alto rendimiento de hockey y un deportista salió al banquillo y me dijo que le iba a estallar la cabeza. Hay infinidad de deportistas con ansiedad a enfrentar una competición”.

Uno de los actores secundarios de aquel Barça para la historia fue Bojan Krkic. Durante ese tiempo vimos la versión más brillante del delantero catalán. Tanto que le comenzaron a apodar como el nuevo Messi. Una etiqueta demasiado pesada. La época de mayor éxito deportivo de Bojan fue también una de sus peores a nivel personal. “Todo pasó muy rápido. En términos futbolísticos fue muy bien, pero no personalmente. Tengo que vivir con eso, con la gente que me dice que mi carrera no ha sido lo que se esperaba. Me llamaban el nuevo Messi. Sí, si me comparas con Messi…”, confesó el jugador a The Guardian.

Domínguez intuye que la raíz de ese sufrimiento fue “la presión que le ejercían desde los medios y el entorno. Para un chaval que está despuntando… a lo mejor veía un abismo. Él tenía una expectativa muy grande. Un futbolista que está a cierto nivel tiene que mejorar aspectos que estén acordes a su nivel. Si estableces objetivos por encima de lo que puedes alcanzar, nunca vas a alcanzarlos y, además, eso te va a generar frustración. A Bojan el fútbol le decía que debía de ser el nuevo Messi. Eso favorece la frustración del jugador”.

La presión por corresponder a las expectativas sobrepasó a Bojan. Sobre sus hombros estaba el planeta fútbol. Diez años después, pese a haber jugado en clubes de la talla de Barça, Roma, Milán o Ajax, se dice que Bojan se perdió por el camino, casi como un juguete roto. “Hay muchas cosas que la gente no sabe. No fui a la Eurocopa de 2008 porque tenía problemas de ansiedad, pero dijimos que era porque me iba de vacaciones. Me convocaron para jugar en el España- Francia, mi debut internacional, y cuando me dio un ataque de ansiedad dijeron que tenía gastroenteritis. Pero nadie quiere hablar de eso. Al fútbol no le interesaba”.

Una noche de 2012, Mardy Fish pensó que moriría en su hotel de Miami. El tenista estadounidense se despertó en mitad de la noche por culpa de unas fuertes pulsaciones en el pecho. Unas horas antes había perdido un partido del US Open ante Juan Mónaco. “El corazón parecía que se me iba a salir del pecho. Era como si lo dejara totalmente todo y saliese a hacer un sprint brusco por la calle”, contó. Fish acudió de urgencia al hospital junto a su entrenador, Christian LoCascio. No era la primera vez que sufría una experiencia similar. Los médicos le diagnosticaron una arritmia cardiaca. A pesar de que le aseguraron que su vida no corría peligro, el ganador de seis títulos ATP entró en pánico.

Acostarse por las noches se convirtió en un suplicio. Temía volver a despertarse con el pecho a mil. Su corazón estaba constantemente monitorizado. “Estaba en un sitio oscuro y profundo. Muy profundo”. Fish se había cegado con llegar a lo más alto. Para ello, redujo su peso y cambió sus hábitos alimenticios. Esa obsesión le generó un desorden de ansiedad. Finalmente el tenista dejó atrás sus fantasmas y recuperó aquello que pensaba que nunca volvería a tener: una vida normal. Lejos de solamente eso, regresó a las pistas en 2013 y 2015, año en el que disputó su último partido ante Feliciano López. “Hablar de la salud mental en el mundo del deporte no es fácil. No se percibe como algo muy masculino. Estamos entrenados para ser mentalmente duros en el deporte”, contó Fish.

El mejor deportista olímpico de la historia sufrió su primera depresión en 2004. Acababan de terminar los Juegos Olímpicos de Atenas y un jovencísimo Michael Phelps, apenas superaba la mayoría de edad, había arrasado en las pruebas de natación con seis medallas de oro y dos de bronce. “En realidad, creo que caí en un gran estado de depresión después de cada Olimpiada”, confesó a Sports Illustrated. Phelps tocó el cielo para después darse de bruces contra el suelo. En 2014, fue detenido por conducir bajo los efectos del alcohol y posteriormente fue ingresado en un centro de desintoxicación. Tocó fondo. Fueron 45 días en los que dejó de ser el tiburón de Baltimore. En The Meadows no le trataban como a una leyenda del deporte. Ahora era un joven más… de nombre Michael y apellido Phelps. Aquella experiencia le sirvió para alejarse de todo lo que le hacía daño: las fiestas, el alcohol, las apuestas… Descubrió que no estaba mal sentirse mal. “Yo era un gran gilipollas… No quería estar en el deporte nunca más. No quería estar vivo nunca más”. Hoy Michael Phelps cuenta con 23 medallas de oro en sus vitrinas. Nadie tiene más que él.

El caso más trágico de todos los que en algún momento fueron presos de su mente fue el de Robert Enke. En 2009, el que fuera portero de equipos como Barça, Benfica, Fenerbahçe o Tenerife, se arrojó a las vías del tren para terminar con su vida. Enke vivía con miedo a fallar. Sentía que no era tan bueno como verdaderamente era. Cuando tenía 17 años cometió un grave error en un encuentro. Su reacción fue encerrarse durante una semana en su habitación. No importaba todas las buenas actuaciones que realizara, los fallos le penalizaban al extremo.

Domínguez, psicólogo de Train your mind, recalca lo mucho que trabajan con los deportistas la cuestión resultados: “Los resultados no dependen de ti al 100%. Si tú haces las cosas bien tienes muchas posibilidades de obtener un buen resultado, pero al final te enfrentas a un rival. Sino no sería una competición, sería un entrenamiento. En el momento en el que te das cuenta de que el resultado no depende de ti y pones encima de la mesa todas las cosas que sí dependen de ti, eres capaz de analizar qué cosas hay que analizar y mejorar. Nosotros trabajamos en enfocar a los deportistas en el rendimiento y no en el resultado… En categorías inferiores te dicen que has perdido pero has jugado muy bien. No pasa nada, ya habrá otro partido. Sin embargo, en la élite, si pierdes da igual si has jugado bien. El ejemplo es el Betis. A mucha gente le gusta su fútbol, pero en esta última racha han perdido partidos. La gente no valora el trabajo que hay detrás, el rendimiento, la cohesión del grupo, jugadores como Jesé, que ha llegado de no jugar nada y ahora lo está dando todo. Es la presión de la sociedad en la que vivimos”.

La calidad bajo los palos de Enke contradecía a su mente. En 2002 fichó por el Barça por un informe de recomendación de José Mourinho. En el Camp Nou no contó con excesivas oportunidades y cuando las tuvo no las pudo aprovechar. Para entonces ya no disfrutaba del fútbol. Había perdido la ilusión. Por primera vez acudió a un psiquiatra. Su época de mayor disfrute la vivió bajo el sol de Tenerife, ciudad en la que nació su primera hija. El portero alemán, con una sonrisa en el rostro, regresó a su país en 2004. Su primera temporada en el Hannover 96 le valió para ganar el premio a mejor cancerbero de la Bundesliga. En el mejor momento de su vida, todo se torció de nuevo. Su hija, que había nacido con una malformación en el corazón, falleció en una operación.

Enke no dejó de jugar al fútbol. Muy bien, de hecho. Tanto que Joaquim Low lo convocó como segundo portero de la selección alemana para la Eurocopa de 2008 y le otorgó la titularidad durante la fase de clasificación del Mundial de 2010. Pese a todo esto, el mayor enemigo de Enke seguía siendo el propio Enke. La idea del suicido comenzó a rondarle por la cabeza. Pensó en confesarlo, pero no se atrevió. Se alejó un tiempo de las canchas, pero terminó regresando. Esta vez, convencido de que todo había terminado. El 10 de noviembre de 2009, tres días después de jugar un partido de Bundesliga, le dijo a su mujer que se marchaba a entrenar. Su verdadero destino era la estación de Neustadt am Rubenberge. “Si pudieras entrar en mi cabeza sólo durante media hora, entenderías por qué me estoy volviendo loco”, le contó Enke a su esposa en los días previos a su suicidio.

Anna Boada terminó de leer su carta dejando claro que “tan sólo he querido contar mi historia para concienciar a los aquí presentes de que tan sólo los deportistas sabemos los límites de presión a los que estamos sometidos año tras año. Creo sinceramente que no soy ni seré la única deportista de élite que necesita ayuda para gestionar tantas emociones. Me gustaría que haya alguna forma de apoyarnos durante las crisis, pero también como prevención antes de que sea demasiado tarde”.

Afortunadamente, cada vez son más las personas que reconocen sin tapujos trabajar con psicólogos deportivos. Domínguez pone el ejemplo de “Joaquín Valdés, el psicólogo deportivo del Barça de Luis Enrique que ahora está en la Selección. La ansiedad, al igual que cualquier otra variable deportiva, se entrena como la táctica, la técnica o la física. Ir al psicólogo en la sociedad en la que vivimos está muy mitificado. Parece que si vas es porque tienes un problema. Y no tiene porqué ser así. Nosotros trabajamos sobre todo en el rendimiento. También problemas, pero también un montón de variables para estar más concentrados y mejorar el rendimiento de cara a una competición”.

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