Murió Robert Redford y la Champions no tuvo a bien dedicarle un minuto de silencio. ¿Por qué había de hacerlo?, se preguntarán algunos, muchos, todos. ¿Tenía acaso relación con el fútbol? Pues no señores, no la tenía. Al menos, que se sepa. Si se aficionó al balompié cuando vivió en la sierra de Mijas no se conoce, pero parece improbable porque habitó allí como si fuera Jeremías Johnson, sin luz ni agua corriente, concentrado en su carrera de pintor. A Redford, no es un secreto, lo que le gustaba era el béisbol, deporte que le valió una beca en la Universidad de Colorado y pasión que le llevó a hacerse pasar por un bateador genial en El Mejor, cuando contaba ya 48 años, edad provecta para un varón común, esplendorosa en su caso. Entonces, y la pregunta es legítima, ¿por qué demonios habría que guardar un minuto de silencio por un actor que no ha dado una patada un balón? Quizá porque no era sólo un actor. O tal vez porque, siéndolo, nos proporcionó momentos de alegría que, pasados por la báscula de las emociones, no se distinguen de los que produce el fútbol o cualquier actividad ociosa y placentera. ¿No guardaríamos un minuto de silencio por Barbra Streissand? Pues deberíamos. Porque el minuto de silencio no hace otra cosa que señalar una pérdida que nos deja, en alguna medida, desamparados o sencillamente ciudadanos de un mundo peor. Y la pérdida de Redford, y lo afirmo muy en serio, empeora el paisaje. Además, por si no se convencen, era de origen irlandés, igual que Arthur Vere Johnson, primer goleador en la historia del Madrid, y lo mismo que William McCrum, inventor del penalti una lejana tarde de 1890, lo que significa que durante casi 30 años se jugó al fútbol sin penas máximas, situación que debía ser semejante al amor libre. Durante mucho tiempo hubo quienes se resistieron a implantar una norma que reconocía que los jugadores no eran unos caballeros, sino tipos de poco fiar. Recuerden, por si lo olvidaron, que en el estreno del viejo Chamartín (1924), en partido contra el Newcastle, Juanito Monjardín, artillero implacable, falló a propósito un penalti por parecerle de mal gusto marcar con tanta ventaja.

Volvamos a Redford. Rubio fue también Di Stéfano, aunque de folículos más relajados, melena rubia lució Velázquez y rubio fue, aún hay vestigios paleontológicos, Emilio Butragueño, jugadores que señalan (añadan Netzer, Schuster y Becks, o Zoco, Jensen y Pérez García) la querencia del respetable por los jugadores blondos, origen de la referencia a los vikingos. Con semejante viento a favor, Redford, que además era zurdo, hubiera triunfado en Madrid en el carril del 10, jugador de más sutilezas que trabajo, pero con tranco de purasangre en un domingo soleado. 

Sin minuto de silencio que ordenara los espíritus, el duelo entre Madrid y Marsella nació y murió descontrolado, ambiente del que se contagió el colegiado bosnio Irfan Peljto, si es que no venía contagiado de casa. El partido le pasó por encima y suerte que no se ensañó con él. Si resulta preferible obviar su actuación es por la hartura de los debates maniqueos (“viste ese penalti, pero bien que olvidas el otro, cómo se te nota el plumero»), discusiones que no nos llevan a otro sitio que al parlamento, Carrera de San Jerónimo sin número. Y ya que sale a colación San Jerónimo es de obligado cumplimiento destacar el partido de Gerónimo Rulli, un portero excelente, pero que provoca más infartos que el tocino. Igual detiene un obús (o media docena) que se tropieza sobre la raya de gol con el balón en los pies. Un guardameta de reflejos extraordinarios, pero, como quedó comprobado, con mandíbula de cristal (quizá, por cierto, el mejor hueso de Redford).

Los que sostienen que el Madrid progresa adecuadamente porque el equipo presiona y roba sin que le levanten la falda, debieron llenarse de razón durante los primeros minutos, algo menos los siguientes, muy poco al final. Es cierto que el Madrid ataca con decisión y orden la salida del contrario, pero también es verdad que se descose según avanzan los partidos, ya sea por cansancio o falta de hábito. A quien le valga esa novedad —más el crecimiento de Mbappé y el pleno de victorias— para dormir con tranquilidad, enhorabuena. Pero yo no estaría tan tranquilo. O tal vez no lo esté en términos generales (el sueño es un amor que te abandona irremediablemente). Siento, y podría ser un prejuicio por psicoanalizar, que Arda Güller no flotará cuando el mar se agite, cuestión de la máxima gravedad dado que el chico tiene encargado manejar el timón. Me parece que nada ha cambiado en sustancia en el mediocampo, salvo la mejora de Tchouameni, que se maneja con la sonrisa de quien tiene novia desde hace dos semanas. Diría que es poco para echar las campanas al vuelo si no fuera porque soy firme partidario de que vuelen las campanas siempre que aterricen lejos. 

Pudo marcar varios goles el Madrid y los que le pudieron hacer, varios, siempre fueron menos. Desde ese punto de vista, y hecha abstracción del árbitro, todo sucedió con escrupulosa justicia. Tiene poco sentido preocuparse ahora. Es verdad que las avionetas se caen y que detrás de cada esquina puede aparecer la guerrilla boliviana armada hasta los dientes. Hasta entonces, lo más recomendable es seguir lavando el pelo rubio de Meryl Streep.

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