Cuando Mikel Landa se cayó en el pasado Tour, empujado involuntariamente por Warren Barguil, nadie le esperó, ni los comisarios de la UCI recomendaron hacerlo. Tampoco se esperó al holandés Kruijswijk cuando, siendo líder del Giro de 2016, se estrelló contra un talud de nieve. En el espíritu de la competición no está esperar a los rivales, como es lógico, aunque para todo hay excepciones. Los adversarios de Armstrong le esperaron en 2003 después de que el estadounidense se cayera en plena ascensión a Luz Ardiden al engancharse con un espectador; Lance agradeció el detalle, recuperó su posición y, acto seguido, atacó.
Lo que sucedió en la Vuelta camino de Toledo es un episodio extraordinario porque fueron los comisarios los que frenaron el ataque de Movistar después de la caída de Roglic, envuelto en una montonera a 56 kilómetros de la meta. La montonera no fue dramática, aunque Tony Martin no pensará lo mismo; se vio obligado a abandonar. Fue más bien un atasco en una carretera estrecha, donde la dificultad no era restablecerse del golpe, sino del enredo de bicicletas. Al saber que el líder se había quedado atrás (también Supermán López), Movistar picó espuelas. Al rato, la ventaja ya era de un minuto.
De pronto, organizado el ataque y la persecución, Movistar levantó el pie del acelerador. José Luis Arrieta, director deportivo, explicó que la UCI había decidido “meter tras moto” (entre los coches de la caravana) a los corredores afectados por la caída, por lo que sus corredores habían dejado de tirar. «Si la UCI decide quién gana las carreras, perfecto. Pero yo no lo comparto», dijo a Televisión Española. Arrieta aseguró que su equipo «tenía previsto atacar» poco más tarde en «una zona abierta» después de «una bajada» y de «cruzar un puente» para aprovechar el viento.
Con el grupo recompuesto, Omar Fraile discutió con Valverde por haber atacado después de una caída; el campeón del mundo fue enormemente educado y no le mandó a paseo. Pero el desconcierto entre los ciclistas del Movistar era evidente. Nada más cruzar la meta, Marc Soler fue preguntado por el incidente y remitió a los directores del equipo. Quedó claro que no había entendido absolutamente nada. Y es que cuesta comprenderlo.
En este ciclismo condicionado por los pinganillos y las cobardías, los corredores todavía estaban autorizados a tomar ciertas decisiones en las que nadie se entrometía, menos aún los comisarios. Hay cientos de ejemplos, algunos ilustres. Contador atacó a Andy Schleck en el Tour de 2014 décimas de segundo antes (o después) de que al luxemburgués se le saliera la cadena. La cosa no pasó a mayores y es razonable que así sea.
Las caídas y los pinchazos forman parte de los azares del ciclismo, un deporte expuesto como ningún otro a las inclemencias del destino. Y de ahí viene su grandeza y la épica que lo distingue. La gloria de las bicicletas se escribe con hazañas formidables o con desgracias excelsas, ahora estoy pensando en Ocaña. También me vienen a la cabeza Hinault y Fignon, famosos, entre otras cosas, por sus ataques a la hora del avituallamiento. A nadie se le ocurría hablar de ética en aquellas tardes. Sólo de ciclismo.
Supongamos, y no hay por qué dudarlo, que Contador tenía pensado atacar a Schleck antes de que se le saliera la cadena. ¿Era justo cambiar de planes por la avería de su rival? Imaginemos, igualmente, que Movistar tenía previsto romper el pelotón aprovechando el viento. ¿Fue antideportivo mantener el plan?
La suerte es un factor más de las carreras, quizá el fundamental. Y pasteurizar el ciclismo tomando medidas como la que salvó el cuello a Roglic solo conduce a un peligroso ablandamiento de uno de los deportes más duros que existen. No se puede aminorar la importancia de la suerte. Ni de la desgracia.
No he dicho que Remi Cavagna ganó en Toledo, y lo merecen tanto él como Toledo. Sus últimos kilómetros fueron una lección de cómo se monta en bicicleta. Fue la enésima lección del Deceuninck, carpintería de aluminio, un equipo que no titubeó en atacar en cierta ocasión, tiempo atrás, cuando Valverde se quedó cortado por el infortunio. Cosas que pasan. Y que habría que explicar a Omar Fraile.




