En primer lugar, si se me permite, voy a presentar credenciales, ya que me serán requeridas. Escribir una biografía sobre Santiago Bernabéu no es por definición cuestión de mérito (todo depende), pero podemos convenir que ilustra sobre el personaje. Al mismo tiempo, me atrevo a decir, si nadie me contradice, que el seguimiento de la actualidad madridista durante los últimos treinta años es otra fuente de conocimiento nada despreciable. Hasta las vacas que miran con fijeza la carretera acaban por identificar algunas marcas de coche.
Es por ello que me veo en condiciones de presentar en los renglones que siguen los parecidos y las diferencias entre Santiago Bernabéu y Florentino Pérez, asunto que viene al caso en todo momento, pero más todavía esta semana: hoy martes se cumplen 48 años de la muerte de Bernabéu y el domingo habrá elecciones a la presidencia, trámite muy saludable que no se producía desde hace 20 años. Vaya por delante que no pretendo determinar quién fue mejor presidente de los dos, entre otras razones porque Florentino lo sigue siendo, y eso supone tiempo para acertar, y crecer, o equivocarse y perder estatura.
El parecido más obvio es el que tiene que ver con la evolución deportiva e institucional, así que lo matizaré poco. Cuando Bernabéu llegó al Real Madrid, el club vivía a la sombra del Atlético Aviación, campeón de las dos Ligas posteriores a la Guerra. La penuria deportiva y económica que sufría el Madrid no negaba su prestigio, pero daba fuerzas sus enemigos, no sólo deportivos. No olvidemos que ese Madrid que persigue sin éxito un título es el campeón de la última Copa de la República, una medalla que hiere a los hombres del brazo en alto.
Cuando Florentino llega al Real Madrid, la situación deportiva es óptima (el club ha ganado la octava Copa de Europa y es reconocido como el mejor del siglo XX), pero la financiera es pésima. La deuda asciende a 278 millones de euros y Pérez se ve obligado a avalar para que el club tenga margen de maniobra. A partir de aquí, los paralelismos: Bernabéu construye el estadio y Florentino lo cambia de siglo. Los dos reinan en Europa. Sólo hay un mérito que no les corresponde, o no del todo: el de los fichajes galácticos. Antes de 1936, el Madrid ya había demostrado la validez del modelo. En 1930, con Luis Usera de presidente —y Bernabéu y Hernández Coronado de directores técnicos— el club ficha a Ricardo Zamora, de 29 años, el mejor portero del mundo y el jugador más mediático de la época. Al año siguiente se incorporan Ciriaco, Quincoces, Luis Regueiro y Gaspar Rubio, todos canela en rama. En cinco años, el Madrid gana dos Ligas (tres veces subcampeón) y dos Copas, lo que le coloca a la altura del Athletic bilbaíno. La Guerra frustró, seguramente, la remontada.
Los periodistas, vade retro
¿En qué más se parecen Bernabéu y Florentino? Por ejemplo, en la animadversión hacia la prensa. “Santiago Bernabéu —disculpen la primera de unas cuantas autocitas— no entendía que la prensa de Madrid no hablara bien del Real Madrid, a ser posible de manera unánime y sin fisuras. Siempre le pareció —como a Florentino Pérez— que el club merecía recibir, por lo menos, el mismo trato, por lo general amable, que se ofrece al Barça en la prensa catalana. Este lamento lo repitió hasta el final, como todavía lo repite Florentino, convencidos ambos de que el club es primer embajador de la capital de España, incluida la Asociación de la Prensa. Vuelvo a la autobiografía: “En 1970, [Bernabéu] llegó a decir: ‘El Barcelona tiene algo que no tiene el Madrid: una región detrás”. El viejo presidente, que no era tonto, fingía no entender. Sabía perfectamente que la prensa de Barcelona defendía (y defiende) un componente identitario —con mayor o menor carga política, habitualmente mucha—, del que no hay conciencia en Madrid, que aún es ciudad mestiza. Al ser el Barça el representante deportivo de esa identidad —se pregona que en amenaza permanente— recibe el favor de la prensa local. Don Santiago volvía una y otra vez al mismo tema: “¿Sabes lo que más me jode? Te lo voy a decir. El Madrid, a diferencia de otros clubes españoles, carece de lo que se llama prensa local. En la capital ocurre lo contrario que en provincias: está bien visto meterse con el equipo de casa. ¡Hombre! Te puedo enseñar crónicas de partidos en los que hemos ganado 0-3 y nos han puesto mejor en los periódicos de Las Palmas que en los de Madrid”.
Bernabéu, como Florentino, también señaló a algunos periodistas. De nuevo, el libro: “Del gremio de los cronistas, a ninguno tuvo tanta ojeriza como a Antonio Valencia, subdirector de Marca, al que acusaba de ser antimadridista. El señalado nunca se alteró y paseó su magisterio sin inmutarse (fue el primero que habló de balones que “lamían” el poste, de “equipos correosos” y de goles que sentaban como “jarros de agua fría”). Que ignorara las críticas es lo que más debió exasperar a Bernabéu, ya que su estilo no era en absoluto hiriente. Para muestra, un extracto de su crónica sobre el 0-5 del Barça: «Ni el Barcelona se cansaba de exhibir un fútbol del año 2000 ante el de 1940 que a lo sumo balbuceaba el Madrid, ni el Madrid halló momento para torcer lo inevitable, restablecer algún dominio o hilación (sic) en su juego, salvar alguna posición, afirmarse en algo. El partido fue irreversible como una fatalidad histórica. No recuerdo ninguno en que el Barcelona fuese tan superior y el Madrid tan inferior a la vez, que marcase tan larga distancia y en donde el desnivel fuese tan aparatoso y tan irritante como lo sería el combate de Foreman con un liliputiense». Y conste en acta que meterse con Antonio Valencia, además de una cuestión de mal gusto, al menos literario, era hacerlo con un superviviente del El Alcázar de Toledo, resistencia que el régimen convirtió en mito y que tuvo como primer defensor a Moscardó, Delegado Nacional de Deportes entre 1941 y 1956. Bernabéu, como Florentino, también tuvo periodistas amigos, pocos, y no es objeto de este artículo entrar en la brillantez de unos y otros.
Para cerrar este parecido más que razonable, diremos que, en la denuncia de los periodistas supuestamente antimadridistas, Florentino ha sido más constante y ejecutivo (de ejecutar), mientras Bernabéu fue más arrebatado y seguramente más compasivo, con una única excepción que no está del todo documentada. Se sabe que hizo un viaje exprés a México y se cuenta que el motivo fue mear (o bailar una “danza macabra”, según otra versión) sobre la tumba de un periodista que allí había fallecido. Para conocer más sobre el asunto recomiendo comprarse el libro, cuyo precio equivale a un desayuno con curasán en Starbucks y dura más.
Los árbitros
Bernabéu tampoco tenía en alta estima al estamento arbitral y no se privaba de criticar los arbitrajes. Lo hizo, incluso, en el torneo amistoso que organizó el club por sus Bodas de Oro (1952). Después de ser vapuleado por el Millonarios de Di Stéfano (2-4), el presidente dijo: “¡El arbitraje nos perjudicó de manera intolerable!”. Llama la atención su indignación con un juez elegido por el propio club, Daniel Zariquiegui, o tal vez fue eso mismo lo que le indignó. Quizá esperaba un arbitraje más condescendiente —se reclamó un penalti a Pahíño— o tal vez sintió la necesidad de justificar la derrota.
A Bernabéu le sacaba de quicio que se dijera que el Madrid ganaba ayudado por los árbitros y pensaba que esa acusación provocaba justo el efecto contrario, que los árbitros tendían a ser severos o, directamente, injustos. No es complicado deducir que Florentino piensa cosa similar. El Madrid de Bernabéu participó de las recusaciones que autorizó la Federación a partir de 1950 y en 1968 recusó a perpetuidad a Antonio Rigo, al que tras la final de Copa contra el Barça se le reclamaron dos penaltis y una expulsión. El 19 de diciembre de 2010, en boca de Mourinho, el Madrid hizo su particular recusación al árbitro Clos Gómez al mostrar ante las cámaras una lista con 13 errores “graves” que no se llegaron a detallar. Si Bernabéu hubiera sido perjudicado por el caso Negreira, hay base para suponer que sus gritos se hubieran escuchado en Ushuaia.
Se puede comprobar que la idea extendida por algunos románticos (entre otros, este humilde servidor) de que el señorío implica no quejarse de los árbitros carece de antecedentes históricos. O, dicho de otra manera, desde tiempo inmemorial está establecida la idea de que el que no llora no mama. Y debe ser cierto.
A Bernabéu, como a Florentino, le irritaba que el público criticara a los jugadores, no digo ya que se volviera contra el palco. Don Santiago tuvo que aguantar muchas de esas. En 1948 la crisis de resultados fue de tal calibre que puso su cargo a disposición del presidente de la federación castellana. En los 70, cada vez que el equipo se atascaba, un sector de la grada se acordaba de Karina y cantaba a coro “buscando en el baúl de los recuerdos…”. Pese a todo, el jefe se mantenía firme: “Ahora dicen que voy a estar cuatro años más. Bueno, pues sí señor, estaré todo lo que pueda, a ver quién aguanta más”. No sé si esto les resulta familiar.
La última coincidencia a reseñar es que a Bernabéu la televisión también le sentaba mal: “Coño, yo no sé porque doy mal en la televisión con lo listo que soy”. Importante: léase la frase con ironía y no con arrogancia. Porque si algo le faltaba era vanidad y si algo le sobraba era socarronería. Hasta el último de sus días hizo gala de un sentido del humor tan provocador como lo fue siempre el personaje que se construyó.
Y, ahora, las diferencias. Bernabéu había sido un delantero excelente, aunque lo disimulara, y tenía una intuición bárbara para detectar buenos futbolistas. Nunca la perdió. Además de las muchas estrellas que pasaron por el club sin gasto excesivo, Don Santiago se adelantó al Barça en las negociaciones con Kubala y Cruyff, que no fructificaron, en el caso de Johan por el gasto excesivo. Para hacer seguimiento del holandés envió a Miguel Muñoz, que entrenó durante catorce años al equipo, otro detalle que no es menor.
Por cierto, a pesar de que no le gustaban en exceso los periodistas, era raro que negara una entrevista, si bien luego se reservaba el derecho de decir lo que le venía en gana, con absoluta independencia de las preguntas que le hicieran.
Bernabéu era tan austero en el hacer y en el vestir que una vez, en Santa Pola, una señora estuvo a punto de darle limosna. No era pobre, porque tenía para vivir de las rentas, pero tanto su piso madrileño como su casa de la playa era de una humildad máxima. Renegaba de los ricos que ocupaban la tribuna y le criticaban por envidia. “Un ingeniero piensa: ¿Cómo siendo yo un ingeniero fantástico, que he hecho esto y lo otro, resulta que Bernabéu tiene más popularidad que yo?”. En general, presumía del carácter popular del Madrid.
Y, por fin, la última diferencia, que se hace tarde.
Hoy, Don Santiago, no hubiera podido ser presidente del Real Madrid.







