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Sida en el deporte profesional: de Arthur Ashe a Magic Johnson

No hay deportistas profesionales seropositivos visibles en España. No tenemos referentes LGTBI en el deporte, todavía menos portadores o infectados por el virus VIH. Jordi Sandor, que compitió patrocinado por varios laboratorios en la Titan Dessert de 2007 a 2013 (con parón en 2011), es de las pocas personas relacionadas de alguna manera con el deporte en nuestro país que se ha pronunciado respecto a la enfermedad, restándole incluso importancia. “Voy detrás de ti, pero con la mitad de defensas”, bromeaba durante sus participaciones con compañeros de carrera. A nivel internacional, con vida, los más conocidos son Magic Johnson o Greg Louganis. Otro atleta de talla mundial que no tuvo la misma fortuna fue Arthur Ashe.

El jugador de fútbol americano Jerry Smith, tight end de los Washington Redskins (1965-1977), donde acumuló numerosos éxitos, está considerado el primer deportista estadounidense en morir a causa del sida. Su última bocanada de aire fue el 15 de octubre de 1986 (el inicio oficial de la enfermedad había empezado cinco años antes). Centers for Disease Control and Prevention (CDC) revela en un estudio publicado el pasado septiembre que de los más de 40.000 diagnósticos de VIH realizados en los Estados Unidos en 2016, el 67% corresponde a hombres gays o bisexuales. Smith nunca admitió ser homosexual, aunque hubo excompañeros de equipo que tras su muerte alimentaron el rumor de que esa era realmente su orientación sexual.

Los principales motivos por los que un deportista puede infectarse no tienen relación con su práctica deportiva, son los mismos que para cualquier otra persona: en la mayor parte de los casos tienen origen en la actividad sexual o en el consumo de drogas, al compartir agujas, jeringuillas u otros materiales contagiados (principal motivo en España). La transmisión puede producirse también por contaminación de heridas abiertas, de madres a hijos durante el periodo gestacional, o por vía parenteral (inyecciones en el torrente sanguíneo), como le ocurrió a Arthur Ashe. El tenista confesó que su infección se produjo en 1983, aunque no supo que había contraído la enfermedad hasta tres años después, en 1986. Lo hizo público en 1992.

Segundo jugador del ranking mundial durante 1976 (un fijo en el top-ten entre 1973 y 1976), Ashe es todavía el único tenista de color que ha ganado el Abierto de Australia (1970), Wimbledon (1975, ante el nº1 Jimmy Connors) y el US Open (1968). Si nos referimos a tenistas negros, solo Yannick Noah y las hermanas Williams han sido capaces de ganar torneos de Grand Slam.

En 1980, Ashe tuvo que retirarse del circuito por problemas cardiacos. Se sometió a un cuádruple baipás que casi le cuesta la vida. Más adelante tuvo complicaciones y la segunda operación, que debía ser la de su salvación, terminó por ser su perdición. A raíz de una transfusión de sangre se infectó de sida. Murió en 1993, a la edad de 49 años, a causa de una neumonía agravada por la enfermedad.

Mientras vivió, Ashe luchó activamente contra el VIH, recaudó fondos y criticó las políticas del gobierno por falta de fondos para la investigación. Dos meses antes de su muerte, creó el Arthur Ashe Institute for Urban Health para ayudar en la prevención de tratamientos inadecuados. “Hablar ante audiencias sobre el sida se ha convertido de algún modo en la función más importante de mi vida”, relata en sus memorias publicadas bajo el título Days of Grace. “No quiero ser recordado por mis logros tenísticos, eso no es ninguna contribución para la sociedad. Eso fue puramente egoísta; eso fue para mí», manifestó quien logró más de 800 victorias en toda su carrera y fue uno de los artífices de la creación de la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales).

Aparte de batallar contra su enfermedad, desde 1969, cuando el gobierno sudafricano le negó la participación en un torneo, también hizo frente al Apartheid. Dijo que sobrellevar el VIH palidecía ante el dolor que causa crecer siendo negro en Norteamérica. Él era natural de Richmond, capital del estado de Virginia.

«Cuando estaba levantando la copa, nunca le pregunté a Dios: ¿por qué a mí? Y hoy con mi enfermedad, tampoco debería preguntarle: ¿por qué a mí?», Arthur Ashe

Ashe también era distinto a los demás dentro de la pista, donde su silencio chocaba con los gritos del resto; pero cuando nunca se calló fue para hablar sobre la enfermedad que acabó por costarle la vida. Sus palabras sin la pelota amarilla de por medio puntuaron más que cualquier drive o revés ganador: “En el mundo, 50 millones de chicos comienzan a jugar al tenis, cinco millones aprenden a jugarlo, 500.000 aprenden tenis profesional, 50.000 entran al circuito, 5.000 alcanzan jugar un Grand Slam, cincuenta llegan a Wimbledon, cuatro a las semifinales, dos a la final. Cuando estaba levantando la copa, nunca le pregunté a Dios: ¿por qué a mí? Y hoy con mi enfermedad, tampoco debería preguntarle: ¿por qué a mí?».

No todos los puntos finales son como los de Arthur Ashe, básicamente porque algunos no se han escrito aún. Se calcula que en torno a 36 millones de personas vivían con el sida en 2017 y cerca de un millón fallecieron el año pasado, mientras que alrededor de 9,4 millones desconocían su estado (En España, la enfermedad es padecida por 150.000 personas y el 25% de ellas está sin diagnosticar).

El VIH es una enfermedad crónica considerada grave, pero la persona infectada, con el tratamiento adecuado, tiende con frecuencia a disfrutar muchos años de excelente salud y vida productiva. La actividad física supervisada de las personas infectadas resulta completamente segura. Siguiendo el tratamiento acordado por los doctores, el virus no resta capacidad deportiva ni de entrenamiento. Magic Johnson o Greg Louganis son ejemplos de ello.

Cuenta Earvin Magic Johnson que su vida cambió por completo en dos ocasiones: la primera, cuando fue escogido por Los Angeles Lakers para formar parte de su franquicia en 1979 (en 1981, renovó, además, por 25 temporadas), con la que conquistó cinco anillos de la NBA; y la segunda, cuando en 1991 se enteró de que tenía VIH. “Después de mi anuncio, millones de personas fueron a los hospitales y clínicas alrededor y pidieron que les hicieran los exámenes del VIH. Las líneas directas fueron incapaces de responder a todas las llamadas. Las ventas de condones crecieron, así como las donaciones para organizaciones contra el SIDA”, dijo entonces quien está considerado uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto.

Fue el 24 de octubre de 1991 cuando el cuerpo médico del equipo le comunicó la noticia y el 7 de noviembre cuando conmocionó al mundo entero. Su esposa y el hijo que esperaban juntos no estaban infectados. Anunció su retirada ese mismo día y, por motivos contractuales, pasó automáticamente a la lista de lesionados del equipo. Pese a todo, y aunque varios jugadores como Karl Malone se mostraron reacios a compartir cancha con él, fue seleccionado y disputó el All Star Game de esa temporada. La Conferencia Oeste ganó aquel partido, pero la imagen de aquella exhibición la protagonizo el propio Magic Johnson, que aparte de levantar el trofeo MVP, se fundió tras el sonido de la bocina en un abrazo con sus rivales y amigos.

Tras participar testimonialmente, debido a una lesión de rodilla, en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, junto con Michael Jordan, Larry Bird, Charles Barkley y compañía, amagó con volver a la liga y, finalmente, así lo hizo en la temporada 1995-96, aunque solo para los últimos 32 partidos. Promedió buenos números, aunque incomparables a cifras anteriores: 14.6 puntos, 6.9 asistencias y 5.7 rebotes.

«Hasta ese momento, pensaba que lo más difícil que había hecho era jugar contra Michael Jordan o Larry Bird, pero ese día empecé la pelea de mi vida», Magic Johnson

Veinticinco años después del pronóstico, en 2016, publicó una carta titulada La vida va a continuar para mí, en la que recordó lo vital que fue para él adaptar su vida a la de un portavoz del VIH. “Hasta ese momento, pensaba que lo más difícil que había hecho era jugar contra Michael Jordan o Larry Bird, pero ese día empecé la pelea de mi vida. Sentí que mi deber era educar a tantas personas como las que pude sobre la enfermedad”, escribió.

No existen estudios documentados que demuestren la transmisión del virus durante la actividad deportiva; es solo una posibilidad teórica. Las disciplinas en las que se producen más contacto físico representan mayor riesgo de exposición de la sangre y, por tanto, hay más probabilidades de que el deportista infectado por sida que compite contagie al resto. Por eso se recomienda detectar y erradicar a tiempo cualquier tipo de hemorragia. En los JJOO de Seoul 1988, el clavadista Greg Louganis cayó desmayado a la piscina y perdió sangre. Ya era portador de la enfermedad, pero eso no se supo hasta siete años después, en 1995, con la publicación de su libro Breaking the Surface. Perdió todos sus patrocinadores, salvo Speedo. También se desató una polémica inútil por las consecuencias que podría haber acarreado el accidente, ya que el agua diluye precisamente cualquier oportunidad de contagio. Tras hacerse las pruebas pertinentes, los saltadores que compitieron junto a Louganis no dieron positivo. Aquella tarde, salió de la piscina y media hora más tarde, con un vendaje en la cabeza, volvió a saltar. Se recuperó del golpe para volver y conseguir el oro.

«Muchos nunca me entendieron», Greg Louganis

Tuvo una infancia un tanto atormentada, fue adoptado y padeció crisis respiratorias causadas por el asma. Sufrió los abusos de su padre y también de alguna pareja. Tuvo problemas con las drogas y la bebida. Admitió haber fumado marihuana y haberse tomado sustancias más fuertes que esa. La gente se burlaba de él por ser afeminado, contó Eric Marcus, autor de su libro, en alguna ocasión. Louganis luchó contra una sensación continua de tristeza fuera de la piscina, pero dentro de ella fue el primero en conseguir los siete dieces del jurado profesional. Con cuatro oros, además de un bronce, y cinco Mundiales, está considerado el mejor saltador de todos los tiempos por delante de Klaus Dibiasi, el más laureado hasta su irrupción, aunque confiesa: “Muchos nunca me entendieron”.

Organizaciones que investigan su prevención indican que el estigma sobre el VIH aún existe: hay serofobia, aunque quizá no hasta el límite de la marginación y discriminación social, como sucedió en la década de los 80 y 90, cuando la enfermedad y su desconocimiento alcanzaron su punto más álgido. Por entonces murieron el piloto de la Nascar Tim Richmond (1989), el bailarín Rudolf Nureyev (1993), el futbolista brasileño Gérson da Silva (1994) o el jugador de béisbol Glenn Burke (1995). A los más afortunados, el virus simplemente los sienta en el banquillo en el partido más importante; el resto se enfrentan a una batalla que, eso sí, cada vez libran con más armas.

Marcos Martín Reboredo
Marcos Martín Reboredo
Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.
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