Si existe una desgracia superior que formar parte de un grupo terrorista quizá sea engrosar sus filas a la fuerza; si es posible drama más grave que perder una extremidad a causa de un atentado sin duda lo es que te arrebaten las tres. Pero a veces la vida se ceba con sus pruebas, y eso es lo que muestra el Informe Plus dedicado al Juan José Florián, Mochoman, ciclista paralímpico cuya trayectoria reconcilia al deporte con uno de sus ingredientes más destacados y visibles, la salud mental.
Con la edad propia de las primeras veces, 16 años, las FARC decidió reclutar a Florián sin más alternativa que conocer el plomo si se negaba. Pero al tiempo consiguió zafarse y pasar al otro lado, el Ejército, donde dedicó importantes esfuerzos en las operaciones que evitaban a otros pasar por su calvario y ser captados por la guerrilla. Sin embargo, los terroristas ya le habían tomado la matrícula ―también a su madre, que se negaba a pagar la extorsión― y a los 30 una bomba le seccionó las dos manos y una pierna, amén de volarle un ojo, reventarle los oídos y dejarle el doloroso recuerdo de la metralla por todo el cuerpo.
Aquello fue el fin de su vida, o al menos eso pensó en primera instancia, cuando una severa depresión le hizo asomarse al abismo de la idea de quitársela. Pero entonces llegó la luz en forma de piscina, y la natación le sacó del túnel. Y de ahí al ciclismo, donde ha crecido hasta convertirse en un atleta paralímpico con pretensiones de acudir a Los Juegos de Los Ángeles 2028. No sin dificultad, para seguir la costumbre, pues en los comienzos requirió de la ayuda de amistades que le facilitaron piezas a medida, como el freno de barbilla.
Los beneficios del deporte para ajustar los muebles son reconocidos: reducción de estrés y ansiedad, generación de bienestar, aumento del autoestima, estimulación cognitiva, mejora de la calidad del sueño, prevención de enfermedades… Pero si resulta clave en un estado de equilibrio emocional, imaginen en una situación límite como la del colombiano.
Idéntico trance, aunque con diferente origen, fue el que vivió María Jesús Navarro, Maje, una española que a los veinte años recibió una noticia fatal: padecía artritis reumatoide, un diagnóstico que no señalaba otro camino que el de la reclusión y la silla de ruedas. Como Florián, la joven cayó al lodo ―dejó a su novio, los estudios y se encerró en casa― antes de combatir el miedo y burlar al destino con la guía y el recurso del deporte. Así, junto a un fisioterapeuta que le hizo de “ángel de la guarda”, decidió no sólo no dejar el atletismo que tanto amaba, sino hacerlo a lo grande, a base de triatlones. “Un día puedes correr, pero al siguiente ni peinarte”, relató a los medios. Pero ni ella ni el colombiano, con el deporte como terapia, permitieron que la adversidad les arrebatara los sueños.
Pero el camino es de ambos sentidos, no crean. Hace tiempo que el tabú se rompió y los deportistas de élite hablan sin tapujos ni vergüenza de conceptos como la presión, la estabilidad mental y el sufrimiento. No olvidemos que la profesionalización y la fama otorgan privilegios, pero también se llevan por delante cosas tan fundamentales como la juventud, la intimidad o eso que llamamos ‘normalidad’. Así que no es de extrañar que algunos opten por quitarse las cadenas, acaso durante un tiempo, como ha sido el caso de la tenista española Sara Sorribes, que vuelve a la competición tras siete meses fuera debido a una crisis mental. La valenciana, medalla de bronce en los últimos Juegos, confesó haber perdido la ilusión y sufrirlo en lugar de disfrutar, por lo que decidió parar el pasado mes de abril. Necesitaba “respirar y vivir la vida sin la presión constante de competir” y hacer “cosas que siempre había querido hacer y nunca encontraba el momento”.
Su caso no es el único. Gianluigi Buffon, que pasó por una depresión entre los años 2003 y 2004, señaló: “Necesitaba quererme más, disfrutar de la vida y de mis seres queridos. No podía pensar solo en el fútbol. Aquella traumática experiencia me hizo una persona madura y fuerte”. Y Borja Iglesias, un tipo que no conoce complejos, también es claro en este campo: «Llevo trabajando con una psicóloga desde que estuve en Zaragoza. He pasado por etapas muy buenas, donde me ayudaron a tratar esos momentos de euforia, y en los complicados también. Está a la orden del día, tenemos que normalizarlo”. Y qué razón tiene.







