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Un techo retráctil… para el Solárium

Escribimos en A LA CONTRA y no en, pongamos, A rebufo porque, imperfectos sobre todas las cosas, tratamos de que la realidad nos guíe sin absorbernos. Imaginen que dejamos volar el pensamiento… Pensar debería de estar tan bien considerado que tendrían que enseñarnos desde pequeños. Pero, por muy musculada que se tenga la costumbre, se trata de un deporte de riesgo: las garantías totales nunca existen. Pensar es una inversión que no siempre paga. Y justo ahí está el Cabo de Hornos de todo esto, del periodismo también: aceptar el desafío de levantar la mirada y tratar de advertir hacia dónde llevan las últimas pisadas o limitarse a mirar las huellas recientes y seguirlas sin plantearse nada más; sin plantearse siquiera que lo importante nunca fue pisar, sino dejar huella. Llevando la filosofía al Bernabéu, las pisadas hablan de 13 goles a favor y cero en contra en tres partidos. ¿Será ésta la manera para seguir dejando huella, ahora que no se pisa con las botas de CR7?

Aquí se ofrece una experiencia, sin seguir ningún dogma. Siempre es buena ocasión para llamarnos a las filas de la reflexión: considerado o no, nuestro mayor patrimonio reside en el raciocinio. Y aquí sí, el hábito hace al monje. Por eso, y porque A LA CONTRA nos cobija y personaliza, en esta primera tarde de cierta paz interior en el Real Madrid, donde la celebrada vuelta de Jordi Alba y la entereza de Luis Enrique para priorizar el bien general titulan la actualidad deportiva, conviene reservar un destacado en el kiosco blanco y anunciar que quizá se deba de proyectar un techo retráctil… para el Solárium.

Un techo no tiene porque ser bajo, un techo para pelear la cuarta Champions consecutiva sería, pero un techo que proteja del brillo siempre cegador que tienen los primeros rayos tras una tormenta devastadora. Y porque, además y por definición, no hay solárium sin techo. Solárium es el Madrid de Solari, como la intensa repetición ya ha dado a entender más que de sobra, y de lo necesario —la sutileza es bienvenida en los juegos de palabras—, pero va más allá de lo fonético: hablamos de un equipo, el más campeón del último medio siglo, que busca una nueva piel, radiante y morena, tras palidecer en este arranque de temporada por la traumática marcha de Cristiano Ronaldo a la Juventus en verano. Y la pregunta es: ¿Basta con lo propuesto hasta ahora y con la rotundidad de los datos —aminorados por la magnitud de los rivales—, que firma Solari desde que sustituyó a Lopetegui? Se diría que sí… si no se mira más allá del interinato. Pero habrá que hacerlo, ahora que parece confirmarse en el cargo. Empecemos a hablar de fútbol, del juego, a ver si lo convertimos en sana costumbre.

El Real Madrid post Cristiano de Solari —y antes el de Lopetegui— propone el mismo dibujo táctico que el que se frecuentaba con el imponente goleador portugués. El 4-3-3 de Zidane es un dibujo alegre, con un cierto halo despreocupado por el perfil de los futbolistas que continúan, y que estaba amparado en un arma de destrucción masiva como es CR7. Con su marcha a Turín, el temple del club no entrando en ninguna subasta inflamada por el mercado emitía un mensaje maduro: no hay otro Cristiano a la venta. Todo lo que se fiche, con un mínimo de jerarquía, será menos decisivo y mucho más caro. Que Cristiano y que él mismo, fuese quien fuese. Sorprende, entonces, que todavía no se haya producido una variante táctica que se ajuste a esta nueva realidad, más colectiva que personalista, como si hubiese una disonancia entre la indigesta pero rápida metabolización del hecho por parte del club y el prolongado continuismo en esta fórmula de juego.

Hay jugadores para mantener el sistema, dirán los valientes que aguanten la lectura hasta esta línea. De hecho, son casi todos los mismos, ahondarán —entre los valientes— los más castigados por la redacción del artículo. Todo es cierto, como lo es que el Madrid de hoy, estados de forma individuales al margen, es un equipo de vuelo similar pero de menor alcance. Siempre habrá goleadas y victorias sin oposición, pero quizá deba de tener ensayado un plan que encaje mejor a todos sus perfiles y no reduzca a un emocionante intercambio de golpes —incluso con el Espanyol y el Valladolid en casa propia— los partidos que marcarán su temporada, aunque sólo sea porque ya no dispone del goleador más letal e insaciable.

Este despacho de arquitectos y sistemas de juego propone el modelo 4-2-3-1 como techo retráctil para el Solarium. Un modelo que no tape ningún sol y que sea garante cuando amenace lluvia. Retráctil no implica estar replegados, apela a atacar desde un orden que permita protegerse, tras cada pérdida, ante los más y menos grandes. Girando el triángulo central, de manera que el vértice soltero esté en la mediapunta y no en el mediocentro, bastaría si hay que resumirlo en línea y media. Parece poco ante semejante obra para la lectura, pero en esta vida casi todo lo inapreciable de inicio termina siendo diferencial. Y viceversa: un pequeño giro puede ser el inicio de un gran viaje. O de un techado campeón.

El 4-2-3-1 propuesto se diferencia del 4-3-3 vigente en que el número de posiciones que requieren de rutas mayoritariamente horizontales o verticales es mucho más equilibrado: cinco y cinco en el primero, tres —centrales y pivote defensivo— y siete —el resto— en el segundo. ¿Qué cinco y cinco serían en el 4-2-3-1? Ahí se exige mayor densidad de movimientos verticales o diagonales a los dos laterales (Carvajal, Marcelo; Odriozola y Reguilón), a los dos centrocampistas de banda (Bale, Asensio; Vinicius, Lucas) y al delantero (Benzema, Mariano); mientras se requiere de lo contrario, más horizontales o circulares, a los dos centrales (Ramos, Varane; Nacho, Vallejo), al doble pivote (Casemiro, Kroos; Llorente, Ceballos, Valverde) y a la media punta (Modric, Isco).

Este 4-3-3, se sabe, elimina el doble pivote y la media punta, situando a los interiores a los lados de un único pivote defensivo y ordenándoles una ruta de recorrido vertical, de ida y vuelta, más propicia para jugadores que, no es el caso, todavía hacen más daño llegando que estando y que, además, les sobra físico y nervio para regresar a tiempo para que su equipo no se fracture. No parece la radiografía más exacta para los actuales Kroos —autor de un golazo ante el Viktoria Plzen, cierto es— y Modric; ni para Ceballos e Isco. Quizá sí para Fede Valverde… A Llorente lo contaremos como recambio de Casemiro. El 4-2-3-1, además de hallar un sitio donde Modric o Isco puedan influir más, sufriendo menos, y de darle a Kroos una zona de mando que aceite la salida de balón y agrupe mejor al equipo cuando no tiene el balón —hay una línea más y todo se escalona mejor—, reparte la plantilla en 11 dobles parejas —reunidas en los paréntesis anteriores— donde todos, todos, pisarían sus briznas de confort.

Sin el gigantesco paraguas de Cristiano, parece imponerse un Solarium con techo retráctil, que permita superar el invierno sin más desmayos y llegar con el mejor color a una primavera donde el Real Madrid está acostumbrado a gritar campeón.

Javier Hernández
Javier Hernández
Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo
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