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Seguiremos con nuestras vidas, Stan Lee

El año pasado, R’Leigha, Gabriel y todos sus compañeros de clase se pasaron el curso jugando al mismo juego en ese colegio situado al norte de Chicago y que cuenta con un alumnado formado en su mayoría por hijos de soldados de la Navy estadounidense, afroamericanos e hispanos. Cada vez que salían al recreo, el patio se convertía en Wakanda, la ficticia nación ubicada en el África Oriental y que está rodeada de Sudán, Uganda, Kenia, Somalia y Etiopía. Y, entre juegos, R’Leigha, Gabriel y los demás, todos ellos, niños y niñas, aseguraban ser T’Challa, el hijo del rey asesinado T’Chaka y actual Black Panther (Pantera Negra), el primer superhéroe de tez negra que la Marvel creó allá por 1966. Puede que la tremenda mercadotecnia de la película hollywoodiense que se iba a estrenar el 16 de febrero de 2018 y que durante meses inundó todos los espacios publicitarios posibles en Estados Unidos fuera determinante para que esos niños (caucásicos, hispanos y, por supuesto, afroamericanos) quisieran ser un superhéroe negro como Black Panther en un país que sobresale por su segregación, pero el responsable de que todos ellos (insisto, todos ellos, niños y niñas) desearan representar la figura de un superhéroe tiene un nombre y un apellido propio: Stanley Martin Lieber, más conocido como Stan Lee, la leyenda de los cómics fallecida ayer a los 95 años de edad. Entre sus creaciones, habitualmente junto con los dibujantes Jack Kirby o Steve Ditko, se encuentran Spider-Man, The Hulk, The Fantastic Four, Thor, Iron Man, Daredevil, X-Men o el citado Black Panther. Es decir, junto al tridente de la época dorada de la DC (Superman, Batman y Wonder Woman), casi todos los miembros honorables de la élite de los personajes de la historia del cómic estadounidense.

Como tengo ya más que suficiente edad para considerarme viejo, creo que puedo empezar a contar sin problemas las típicas batallas acordes a tal condición. Hace un par de viernes por la noche paseando por Guadalajara (recuerden, soy viejo y pasear es lo que hacemos los viejos), descubrí que en mi ciudad hay al menos tres tiendas especializadas en cómics. Fue una sorpresa agradable, lo reconozco. Sobre todo al compararlo con mi época adolescente. Entonces, si mi memoria no me falla, el número de tiendas especializadas en cómics era menor: cero tiendas, para ser rigurosamente exacto. Una tienda de segunda mano era nuestra mejor oportunidad para hacernos con algún cómic en propiedad, aunque, en aquellos años estertores del siglo XX, lo que de verdad nos funcionaba con puntualidad más o menos británica (dependía del dinero que se tenía ahorrado) era la venta por catálogo y las periódicas visitas a la capital del Reino, buceando por Gran Vía y sus alrededores, entre las paredes de esas casas en las que fallecía gente como Estrellita Castro. Y eso que, en realidad, Guadalajara, una ciudad que engaña siempre en su análisis superficial, era una localidad agraciada para el mundo del cómic: los fanáticos más entregados al noveno arte (o los que, como yo, siempre fuimos fanáticos mesurados, polifacéticos, fortuitos y anárquicos) tenían su propia asociación cultural (A.C.A.N.A.), editaban un fanzine (Albur) e, incluso, contaban con talleres de cómic en la Biblioteca Pública.

En cualquier caso, mi sensación, apoyada por lo que veía a mi alrededor, siempre fue que los aficionados al cómic de mi ciudad no dejaban de ser un reducto muy pequeño dentro de una gran multitud de desinterés. Por explicarlo gráficamente: aquellos niños y aquellas niñas salían al recreo y aquel patio no se convertía en el Wakanda de R’Leigha, Gabriel y compañía al norte de Chicago. Ahora es relativamente fácil que una película de superhéroes se sitúe en los primeros puestos de las producciones más taquilleras de cada año o que una serie protagonizada por cuatro científicos frikis obsesionados con los cómics consiga superar ampliamente los diez millones de media de espectadores por capítulo en Estados Unidos, pero hace apenas unos años, poco más de dos décadas o así, créanme, era imposible haberlo ni siquiera soñado. Todo cambió cuando el cine se dio cuenta por fin que hacer películas basadas en cómics era un filón que había que aprovechar y, en ese momento decisivo, de nuevo el nombre de Stan Lee aparece como uno de los máximos responsables de esa expansión del Noveno Arte al mundo del Séptimo Arte.

Ya he dicho con anterioridad que soy viejo, así que estoy inmerso en esa época de mi vida en la que puedo seguir diciendo lo que me da la gana sin tener que tratar de agradar a nadie: querer que algo sea minoritario y que no pueda estar al alcance de la mayoría es propio de las personas obtusas, pretenciosas y reaccionarias. De cuñados y puretas antes de que la gente les llamara así. Miren a su alrededor, están rodeados por la toxicidad que desprenden. Son muchos, demasiados, y hacen mucho ruido, también demasiado. Por suerte, Stan Lee no era uno de ellos. Al igual que el cine, la música o la literatura, los cómics de la Marvel, los personajes que él creó durante tantos años (yo tenía mis favoritos y todavía los tengo, por supuesto), me ayudaron a entender un mundo que muchas veces no lograba entender. Me ayudaron, también, a entenderme a mí mismo, a conocerme, a soportarme. A, simplemente, pasar algunos buenos momentos y ser feliz. Lo más sencillo en apariencia es siempre lo más complicado de conseguir. Y él lo logró. Por lo menos conmigo, aunque estoy seguro de que no soy un caso aislado y que cada día que pasa hay más personas que se sienten así. Cada día que pasa hay más R’Leigha, Gabriel y demás que sueñan con ser T’Challa.

Gracias a la inventiva en el guión de Kevin Smith, le cuenta Stan Lee haciendo de sí mismo a Brodie, el personaje interpretrado por Jason Lee en la película fetiche de mi adolescencia (Mallrats, del propio Kevin Smith), que una vez tuvo una novia que siempre se quejaba de que gastaba mucho tiempo con sus cómics y que finalmente rompieron, pero que nunca, aunque había pasado mucho tiempo, había conseguido olvidarla. Al oírlo, Brodie le pregunta a Stan Lee: “¿Qué hiciste?”. Y el legendario escritor y editor de cómics le contesta: “Seguir con mi vida. Creé algunos y especiales superhéroes nuevos. Eran personajes que reflejaban mi propio dolor y mi propio arrepentimiento”. Por ejemplo, prosigue, “The Hulk, un hombre normal un minuto y todo ira de emociones al siguiente”. Y el propio Stan Lee sentencia: “Simplemente eran iguales a mí cuando pensaba en todo a lo que había renunciado”. En todo lo que él había perdido. En todo lo que, en definitiva, nosotros perderemos con tu ausencia, Stan Lee.

Al menos nos queda su legado. Y es inmenso. En el patio de un colegio de Chicago, debajo de la casa en la que falleció Estrellita Castro o en una solitaria habitación de Guadalajara. Las cosas que te hacen pasar buenos momentos y ser feliz siempre deberían ser mainstream, no underground. Pese a los cuñados y a los puretas.

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