Vayamos por partes: no soy tan ingenuo como para pensar que en el fútbol todos los clubes compiten de igual a igual, como no ocurren en casi ningún deporte. Hay ciclistas que cuentan con mejores equipos, pilotos de motos o Fórmula 1 con mejores coches, clubes de cualquier deporte con mayores presupuestos. Eso es ley de vida. Pero los partidos empiezan empatados a cero y en la Liga todos tiene el mismo punto de partida. Y algo fundamental para cualquier competición, los mismos premios. Ya lo sabemos: el primero queda campeón de Liga, los tres siguientes se unen a ellos en la Copa de Europa, los dos siguientes en la Europa League y los tres últimos descienden, reemplazados por tres clubes de la categoría inferior. El futbol había sido hasta ahora el deporte de masas más puro en estos temas. La ACB ha ido eligiendo a dedo ascensos y descensos por quíteme allá unas sillas en el pabellón deportivo de la ciudad o un cánon económico. La Euroliga, también promovida por la ACB, ha decidido que una serie de equipos la jueguen porque sí. La ACB nunca hubiera permitido el ascenso del Huesca o Éibar, ni permitido el descenso del Zaragoza.
Esto es algo que la Superliga elimina en parte. Da igual que el Sevilla gane la Liga, o que el Villarreal acabe por delante del Madrid o el Barcelona. En este club privado para los muy ricos no se entra con zapatillas deportivas y sin Rolex de oro. Es como esos clubes del Londres victoriano donde la elite más clasista hace sus negocios sin juntarse con el resto del populacho. Eso quiere la Superliga, un club privado de niños ricos donde puedan hacerse aun mas ricos.
La composición del club, no nos engañemos, no tiene mayor requisito que una abultada cartera. Cuesta adivinar los méritos del Tottenham para estar presente en un torneo de la élite europea por delante del Sevilla, por no citar al Ajax o al Oporto, ambos campeones de Europa. Tampoco parece creíble la presencia de su vecino del norte de Londres, un Arsenal incapaz de clasificarse por méritos propios para la Champions League, superado holgadamente por el Leicester temporada tras temporada. Cuando el Leicester vuelva a acabar por delante del Arsenal y el Tottenham alguien tendrá que explicarle que no hay otra razón que justifique su ausencia de la mejor competición europea que el dinero de los rivales a los que ha derrotado, y que sentándolo mucho (o nada de nada) se quedarán con las ganas de enfrentarse a los mejores clubes de Europa como su clasificación liguera premiaría. No merece la pena esforzarse en la vida, solo hace falta ser hijo de papá.
Por supuesto, no deja de ser igual de cuestionable la presencia del City y sus cero coronas europeas, aunque quizá esta temporada pongan remedio a este asunto. Con el beneplácito de la UEFA para saltarse a la torera las regulaciones del Fair Play Financiero —por no hablar de los derechos humanos en Abu Dhabi— ninguno de los clubes fundadores ha puesto pega alguna a la presencia del club en la competición. Mucho protestar ante la UEFA, pero ahora, con dinero rebosando de los bolsillos, le damos la bienvenida y pelillos a la mar.
Y es cierto que se habla de mucho dinero, pero recaerá en unos pocos y cuesta ver cómo beneficiará al resto del futbol. Lógicamente los inversores han hecho los números necesarios para calcular el punto de la inversión en el que los ingresos desbordarán a los gastos, pero estos modelos financieros se basan en expectativas, por supuesto bien razonadas, pero no son infalibles porque el aficionado al futbol es pasional, no racional. No tenemos costumbre de vivir nuestra temporada a lo NBA, donde el partido es una parte más del resto del día, ir al pabellón, comer en un restaurante temático, pasar por la tienda del club, pedir un perrito caliente durante el partido y si luego ves un buen encuentro, mejor. Para mí eso es un día en el cine. Si voy al Bernabeu lo principal es el partido, y el resto, como mucho, accesorio y quizá ni eso.
Para que esto rinda financieramente los aficionados vamos a tener que aflojar nuestros euros para la causa. Personalmente no sé si tengo ganas de abonarme a otro canal más para ver un partido entre semana. Quizá alguna vez me pille el partido trabajando o simplemente el encuentro en cuestión no tenga mayor transcendencia y Netflix sea mejor opción. Recordemos que los números del PPV en España cuando se inició la retransmisión fueron irrisorios, y que los abonos a BT en Inglaterra para la Champions League no llegan a lo esperado, ni parecido. Damos por sentado que los aficionados se abonarán para ver “buen futbol” pero dejamos de lado la parte emocional, mucho más importante en el deporte europeo que en el americano. No es seguro que un aficionado del Levante tenga mayor interés en un Tottenham-Atlético, y menos aun en un Inter-United, cuando el domingo se juegan un partido fundamental en la liga nacional. ¿Por qué iba a prestar atención a una competición con la que ni pueden soñar en llegar?
El torneo en sí, según lo publicado, es un abuso del calendario. Dos grupos de diez equipos, con partidos en casa y fuera, jugarían 18 partidos de fase regular. El cuarto y el quinto de cada grupo disputarían un play-off ida y vuelta y después pasaremos a cuartos, semifinales y final. 23 partidos por lo menos. La Champions League actual ocupa 13 fechas. De esos 18 partidos, ¿cuántos serán transcendentes? A partir de la jornada 10 o 12 las cosas ya estarán más que claras, y entonces habrá que hacer un esfuerzo por vender la experiencia, el day out que llaman los ingleses, más que la emoción de la competición que el aficionado más puro suele preferir. Después está la dificultad de reducir diez fechas en el resto del calendario: ¿no disputamos la Copa, exigimos las ligas nacionales que solo jueguen 16 clubes? ¿Nos cargamos el fútbol de selecciones? Personalmente no me gusta el modelo actual de fases de clasificación, pero hay aficionados al futbol que prefieren ver a su selección que a un equipo.
Por supuesto, estos clubes tienen derecho a fundar la competición que les apetezca. Pero yo no puedo aplaudirles ni defender su actitud. El Covid ha afectado a todos, no sólo a los poderosos, y las soluciones deberían buscase en conjunto. La actitud me parece grosera y la competición mucho menos atractiva de lo que nos quieren vender. Antes o después los partidos perderán su brillo por reiterativos. Entonces a lo mejor la solución pasa por echar al Atlético, al Milan y al Tottenham y reemplazarlos por el Inter de Miami, un equipo en Dubái y otro de Tokio.




