Como cantaban los Monty Python en su fantástico final en La Vida de Brian:

Hay cosas malas en la vida
Que pueden volverte loco
Otras te hacen jurar y maldecir
Cuando muerdas en hueso a la vida
No te quejes, sólo silba
Eso ayudará a que las cosas mejoren


Y… Siempre Mira el lado brillante de la vida…
… Siempre Mira el lado luminoso de la vida…

Por eso, si algo nos ha regalado este virus ha sido tiempo, ese que nunca teníamos para hacer según qué cosas. En este encierro me he sentado a ver fútbol. ¿Mi intención? Mirar partidos para recordar los equipos que dejaron una huella en mí y escribir sobre ellos, algo; si lo logro terminar, intentaré que lo leáis en unos días. Viendo esos partidos, ahora llamados del fútbol vintage, observando cada uno de ellos como si de una novela antigua se tratase, no sólo he recuperado historias olvidadas, también han vuelto a mi memoria sus protagonistas; he vuelto a recordar, si alguna vez se me había olvidado, que el fútbol es de los futbolistas.

Sentado, como en una antigua biblioteca, he visto ese fútbol como quien vuelve a leer la Odisea y redescubre a Ulises y a Telémaco, a Calipso, a Zeus, a Nausica y Polifemo, héroes y personajes olvidados, como Caronte el barquero de Hades, portero del infierno, como porteros fueron Yashin, la Araña negra, único portero que ganó un Balón de Oro, del que se dice paró más de 150 penaltis en su carrera. Maier, el gran arquero alemán. El brasileño Leao, apodado piernas bonitas. Porteros como lo fue Dasayev, aquel ruso imbatible que jugó en el Sevilla; Arconada, al que muchos recuerdan más por uno de sus escasos errores, aquella falta de Platini en la final de París, que por sus innumerables paradas. Garcia Remón, El Gato de Odessa, tan bueno como infravalorado. El felino Nkono, que brilló en Camerún y en Sarriá. Los argentinos Carnevalli y Fillol, el circense Higuita, el excesivo Schumacher o los peculiares Chilavert y Rogério, más famosos por sus lanzamientos de falta que por sus paradas.

He recuperado ese Brasil  de los 70, con el contracultural Luiz Pereira, un central que tiraba sombreros donde otros tiraban coces, que salía jugando desde atrás cuando a los centrales se les aplaudía si sacaban la pelota del estadio. El central brasileño me lleva a los centrales que sabían jugar desde atrás; la imagen sin duda es Beckenbauer, pero también el italiano Scirea, de clase toque y pierna fuerte, el holandés Krol, que comenzó como lateral zurdo y terminó dando clases como líbero, al igual que Pirri y más tarde en ese Madrid, Stielike; como Sammer, aquel pelirrojo centrocampista alemán al que le dieron un Balón de Oro y jugó mejor de libre; o el a veces olvidado Lothar Matthaus, un box to box demoledor, un centrocampista de ritmo y llegada, de clase y pierna fuerte, con un disparo tremendo capaz de hacer 19 goles jugando casi de media punta y reciclarse como líbero en el Inter, el calcio italiano, la universidad de los defensas, donde se examinaron también los argentinos Passarella y Ayala.

Si comenzamos con Luiz Pereira, en ese mismo Brasil jugaba Leivinha, el rubio extremo que en el Manzanares nos sedujo con sus bicicletas, regate que los milenials creen inocentemente  inventado por Denilson, Ronaldinho o Robinho. Y pensando en ello, en extremos y regates, he vuelto a ver a Pierre Littbarski, un fantástico extremo alemán de nombre francés, apellido polaco y dribling brasileño; como Eder, aquel extremo zurdo carioca con un cañón en la pierna izquierda capaz de convertirlo en un bisturí. Dribladores como Houseman, el extremo argentino y Chalana, el habilidoso portugués. Elegantes como el italiano Causio, todo técnica, pero también como nuestro Amancio, al que por algo apodaban el Brujo. Me aparece el holandés Rensenbrink, tapado por la inmensa sombra de Cruyff, zurdo, rápido y con gol, y su compañero de selección Rep. También Boniek, el imparable extremo polaco de la Juve, fino y elegante como el ruso Blokhin. Y hablando de extremos imparables, Giggs, el galés, tan bueno como el mejor que yo haya visto, que posiblemente sea Best; y claro aparece Gento y pienso en Garrincha, busco algún partido suyo y a quien encuentro es a Jairzinho, del que me sorprende su poca vistosidad técnica para ser brasileño, pero su dominante físico, su cambio de ritmo y su fortísimo disparo.

Y si de fortísimos disparos hablamos, me llegan los argentinos Pinino Más y Scotta, los alemanes Bonhoff, Ballack, el chileno Aravena, los brasileños Rivelinho, Dirceu y Adriano, el yugoslavo Mihajlović y el italiano Ancelotti.

Viendo partidos, también he recordado la violencia con la que se jugaba al fútbol en los 70, 80 y hasta mediados de los 90. He visto el partido más salvaje y violento de la historia del fútbol, la vuelta de la final Intercontinental entre Estudiantes y Milán. Marcajes ahora imposibles de entender, como los de Pérez García a Keegan, Camacho a Cruyff o Gentile a Maradona. La brutalidad con la que jugaban futbolistas como Montero Castillo, Migueli, Benito, Bruno Pasquale o Vinnie Jones. Duelos como el Atleti-Celtic del 74, donde más que brutalidad se vio violencia, cada jugada una agresión; ese fútbol de los Melo, Ovejero, Benegas y Panadero Díaz… y pienso en lo que habría dado aquel escurridizo Jimmy Johnstone por haber jugado en este fútbol actual con sus arbitrajes; y también lo que habría sido de Messi o Neymar, de Iniesta o Xavi, de Silva o Villa ante semejantes defensores.

Evidentemente, viendo defensas y extremos, he visto goleadores. Fantásticos atacantes para muchos olvidados como Torpedo Muller, el goleador de los goles feos, Altobelli, aquel fino estilista más brasileño que italiano. Rossi ese ariete menudo con tan poco fútbol y tantísimo gol. Elkjaer Larsen, el goleador danés al que alimentaban Laudrup o Lerby. Al francés Papin, un ariete sin sutileza que siempre la rompía, los goles británicos de Lineker, Ian Rush; los del austriaco Krankl, el ruso Belanov, los argentinos Kempes y Batistuta, futbolistas muchos de ellos más emparentados con el gol que con el juego. Me han vuelto a enamorar los grandes cabeceadores, como el escocés Jordan, los tanques alemanes Hrubesch y Bierhoff, los ingleses Mark Hughes y Alan Shearer, al chileno Zamorano y por supuesto Santillana…

He visto la clase, la elegancia y el talento organizativo en medio campo del austriaco Prohaska, del italiano Antognoni, del brasileño Falcao, del belga Scifo, del inglés Hoddle, del yugoslavo Jankovic, del alemán Netzer, del Velazquez yeyé, del malencarado Effenberg. Y a su lado mediapuntas como los italianos Baggio o Del Piero, como el alemán Moller o el brasileño Juninho, como el francés Djorkaeff o el montenegrino Savicevic, como el argentino Aimar o el argelino Madjer.

También  espíritus libres como el argentino Bochini, el inclasificable Mágico Gonzalez, nuestro Juanito Gómez, el argentino Riquelme, el ruso Arshavin, el rumano Hagi o el insoportable Cantona…

Como diría el replicante Roy Batty de la icónica Blade Runner, «he visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas más allá de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia”…

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