Suplentes con mascarillas, separados por metro y medio. Balones desinfectados casi en cada interrupción y goles sin abrazos. Cambió poco o nada la esencia del fútbol. Las barreras se siguen construyendo con jugadores pegados y los saques de esquina se defienden con marcajes íntimos y muy poco profilácticos. Es cierto que la ausencia de público resta ambiente, pero también es verdad que la nostalgia dura diez minutos. Al rato te acostumbras a los gritos con eco de entrenadores y futbolistas. Sin público hemos jugado toda la vida cientos de miles de aficionados sin que el silencio nos afectara a la pasión.
Después de ganar 4-0 al Schalke, los jugadores del Dortmund tuvieron el detalle de acercarse al fondo donde celebran sus victorias con la afición. No había público, tan solo un par de operarios con mascarillas, pero el gesto es justo y necesario. Los que ocupan habitualmente las gradas son los primeros perjudicados por la nueva normalidad.

El Dortmund, por cierto, no necesitó el rugir de su estadio para pasar por encima del sosísimo Schalke. Entre Haaland, Brandt y Thorgand Hazard (el hermano pequeño de Eden) se las bastaron para decidir el derbi de Ruhr. Si Florentino estuvo tomando apuntes, cosa más que probable, es fácil que tenga los dos primeros nombres escritos en la libreta. Quién sabe si también el tercero por aquello de reunir a la familia.
El Bayern, líder de la Bundesliga, también habrá tomado nota. El perseguidor no se rinde y dormirá a un punto de los muniqueses, que el domingo visitan al Unión Berlín (12).
El resto de partidos de la sesión de sobremesa demostraron que el factor campo se convierte ahora en un concepto difuso. Hoffenheim, Leipzig, Augsburgo y Dusseldorf fueron incapaces de ganar su estadio. Quién sabe, tal vez nos encontremos ante un fútbol más puro, sin aditivos ni colorantes. Un balón, 22 jugadores y unos cuantos mirones. Tal y como nos pasamos la infancia y la primera juventud.







