“El Rayo planteó el partido a la perfección. A un equipo como el Madrid, que es sensiblemente mejor en cuanto a condición técnica, los vallecanos sólo pueden dominarle a base de emplearse con entusiasmo, velocidad y sentido de la anticipación. De nada vale saber jugar si no tienes la pelota en tus pies. El Madrid, confiado al principio y nervioso al final, se perdía en sus intentos de construir un fútbol coherente, porque si sus hombres del centro del campo gozaban de una extraña libertad, delante se veían atados en vigilancia férrea que no sabían cómo romper”. Este comentario, que bien valdría para el partido jugado hoy en Vallecas, fue escrito en 1977 por el periodista de ABC Julio Carlos Díez en su crónica del 3-2 del Rayo frente al Madrid. Hace 48 años, por si tienen mis mismos problemas de cálculo mental.
Rayo y Real Madrid jugaron entonces su primer partido oficial, dado que los vallecanos se estrenaban en Primera. “Nada nuevo bajo el sol”, podríamos afirmar, y lo haríamos si no fuera porque un columnista de la época nos reprende desde el pasado. Seguimos en el otoño de 1977. “Eso de que no hay nada nuevo bajo el sol es una exageración más grande que la catedral de Burgos, o que aquella sardinera que se metía, luciendo la pantorrilla, los doce kilómetros que separan Santurce de Bilbao, de prisa y corriendo, aunque la apretaba el corsé y llevaba en la cabeza una cesta de sardinas…”. No le faltaba razón a R. de V. Había muchas cosas nuevas en aquellos tiempos, como el estadio del Rayo, inaugurado un año antes, la suspensión del Citroen GS o el último modelo del Seat 127, por no mencionar un recién estrenado aroma de libertad que pugnaba con el olor a cerrado.
Empecemos de nuevo otra vez. “Si ustedes me lo permiten, queridos lectores, les voy a contar un cuento. Un cuento de hadas que se escenificó el domingo en Vallecas. Érase una vez… Bueno, perdón, se me olvidó darles a conocer el título del cuento: La Cenicienta que se salió de madre”. En este caso, el introito corresponde a Fernández Notario en las páginas de AS Color y también podría servir para relatar lo sucedido, pues los papeles permanecen inalterables. Había, sin embargo, una luz roja, casi inapreciable en un panel de luces verdes. Aquel Rayo (que vestía Adidas, ojo) venía de ganar 4-1 al Sevilla, una advertencia que no fue atendida, como tampoco ha sido tenida en consideración, lo sospecho, la trayectoria de este Rayo de Íñigo Pérez, que juega mucho y teme poco. La sensación es que el Madrid saltó hoy al campo como hace 48 años, con parecido tono de azul (sin Adidas ni marca visible) y similar confianza. Ya se abrirá la persiana. En algún momento el Rayo aflojará y se impondrá el talento, teoría de la decantación que, no vamos a negarlo, resuelve muchos partidos. Sin embargo, en Vallecas, como en Getafe y Alcorcón, la visita del Madrid es tomada como algo más que un evento deportivo. El contraste de fuerzas y recursos es tan evidente que es imposible abstraerse, y diría que tampoco pueden hacerlo los madridistas, que acusan estos tropiezos como heridas de peor cicatrización. Lo veremos en los próximos días, cuando intuyo que la paz de Xabi (¿demasiado zen?) será puesta a prueba.
En la temporada 77-78 el Rayo se ganó el apodo de “Matagigantes” después de vencer a Sevilla, Real Madrid, Barcelona, Atlético, Athletic y Betis. Los madridistas se hicieron con el campeonato y los vallecanos terminaron en décima posición; no sería extraño que sucediera lo mismo casi medio siglo después. Tampoco sería raro que el Madrid lo consiguiera alternando optimismos y decepciones, como viene sucediendo hasta ahora. Algo le falta al equipo, que podría ser constancia si nos ponemos vaporosos, pero que seguramente sea Bellingham (gris en Vallecas) y un centrocampista que no hay. También se echa en falta coraje, la ambición que inyecta los ojos de sangre y que no admite un zarandeo en Vallecas, un campo donde sabes que las pirañas te comerán los tobillos y en los córners olfatearás el aliento del público.
Hace 48 años, el Rayo —“el Borussia de Vallecas” según portada del Marca después del 3-2— estrenó una rivalidad que no es estrictamente deportiva porque añade, quiérase o no, un componente social. Ese día declaró su campo, entonces “coquetón” y ahora vetusto, como un excelente medidor de ambiciones. Propias y ajenas.







