Hay días, mejor si son noches, en que todo sale bien. Se trata de episodios generalmente aislados y de duración variable, nunca más de cinco o seis jornadas, las que necesitó Stevenson para escribir El extraño caso de Dr Jekyll y Mr Hyde. El psicólogo estadounidense de origen húngaro-croata, Mihaly Csikszentmihalyi, desde ahora Mike, dedicó buena parte de su obra a estudiar los estados de inspiración prolongados, a los denominó estados de flujo o flow, cuarenta años antes de que la modernidad convirtiera el término en sinónimo de pachorra elegante o desdén carismático. Según Mike, estos trances gloriosos tenían como características principales la sensación de control, la distorsión del tiempo, la fusión entre acción y conciencia, y la concentración absoluta. Esos seres arrebatados, en absorta aplicación a una tarea, parecían olvidar el cansancio, el hambre y el resto de menudencias humanas. Su estudio práctico se centró en artistas, compositores, médicos y atletas. De no habernos abandonado en 2021, Mike hubiera disfrutado como pocos de la exhibición de Federico Santiago Valverde, que además de marcar tres goles en la Copa de Europa (Pirri había sido el único centrocampista blanco en conseguirlo), hizo un despliegue que hubiera sido propio de un fugado perseguido por una jauría de sabuesos, de no ser porque Valverde sonreía, condición que ya destacó Mike en sus trabajos (también Juan Luis Guerra en Woman del Callao): el flow es un estado de felicidad.

No se recuerda un futbolista que corriera tanto y, sobre todo, tan bien. Valverde con el balón es Bannister en la milla. 

Fede, si se me permite, fue explicación primera y última de todo cuanto ocurrió, sin pasar por alto el influjo del estadio, que ya debería estar incluido, junto al Palacio de Linares, el Museo Reina Sofía y la Casa de las siete chimeneas, entre los lugares de Madrid con acreditados poderes sobrenaturales. Y es que antes de que Valverde se proclamara emperador, el City había encadenado suficientes ocasiones de gol como para imaginar una noche asaz tenebrosa. Si no marcó, además de por intervención del equipo fantasmagórico habitual, fue por exceso de finura, porque Guardiola impone el método a la pasión y estos partidos son de tener la boca llena de espumas y colmillos retorcidos.

Cuando la confirmación del drama parecía cuestión de tiempo, Valverde nos recordó que el gol es hijo del control, lo asombroso es que lo hizo en el mediocampo: en vez de acunar un balón que le vino del portero le dio salida natural, corre Forrest, y así se plantó ante Donnarumma, que es un portero tan grande como triste, aunque se vista de rosa. No habían pasado siete minutos cuando repitió, esta vez con un desmarque en diagonal y un tiro cruzado que hizo crujir los muelles del somier italiano. Lo mejor, no obstante, estaba por llegar. Todo partió de Brahim, que entiende el juego como si lo hubiera inventado. Quien lo valora sólo por desbordes o goles es porque no tiene visión periférica. El chico lo hace todo con sentido y no se limita a lo fácil, valga como prueba su pase a Valverde, un globito sobre la jaula de los lobos al que Bannister añadió sombrero y fusil. 

Ya no había City, ni Guardiola, todos afligidos, más que por incapaces, por poco leídos. Quien se duerme en un cementerio se expone a ciertos peligros. Ni siquiera el penalti más fallado por Vinicius que parado por Donnarumma agitó a los visitantes, que se pasaron el resto del tiempo rumiando su pena. Cómo sería la noche que hasta Trent fue aplaudido, momento en el que pareció cambiar de rictus y esbozar una leve sonrisa, aunque pudo ser un efecto óptico. Cómo sería que Rodrigo pasó de moverse como Napoleón a hacerlo como Bill Cosby. 

El día después de que un desgraciado portero fuera sustituido al cuarto de hora del inicio por un flagrante caso de posesión diabólica, un arrebato de signo contrario atrapó a un centrocampista que a sus virtudes naturales suma la de haber nacido en Uruguay, un país que no conquista el mundo porque se le derramaría el mate. 

Dicho esto y lo anterior, falta la mitad de la rosca y ahí podría estar la sorpresa. Los otros son inferiores en todo, salvo en un cosa: dentro de una probeta, juegan mejor.