Resulta paradójico que el texto más popular de la corriente que actualmente inunda los anaqueles de Filosofía y Autoayuda no tuviera más intención que la de ser un diario personal. Hablamos de «Τὰ εἰς ἑαυτόν», «A sí mismo», o en cristiano, Meditaciones, de Marco Aurelio, prínceps romano desde el año 161 hasta el 180 de nuestra era. 

Entre las últimas novedades que repasan la vida y obra el emperador-filósofo, descolla El sueño de Marco Aurelio, escrito por Frederic Lenoir y editado por Deusto. Su premisa fundamental pasa por desbrozar cómo un tipo sobre el que se cernía la implacable presión de las guerras, las epidemias y las traiciones pudo superarla conservando no sólo la serenidad, sino sobre todo la cordura. 

Cuatro claves: El bien y el mal sólo existen en la intención moral y no en los acontecimientos externos; la libertad y la alegría nacen de la capacidad de aceptación de nuestro destino; la felicidad no cuelga de la realidad, sino de la representación que nos hacemos de ella; y el bien común ha de dirigir nuestras preocupaciones principales.

Tachado en ocasiones de inflexible, Lenoir y la bibliografía previa reconocen en Marco Aurelio dos rasgos que también podemos apreciar en la trayectoria y las últimas actitudes de Federico Valverde: su sensibilidad y la aspiración a mejorar al tiempo que resulta útil a su entorno. Lo primero salió a relucir cuando, ante el ruido generado por su animadversión a jugar de lateral, no pudo reprimir el impulso de salir a defenderse: “De mí pueden decir muchas cosas, pero bajo ningún punto de vista pueden decir que me niego a jugar”, publicó. Cuatro titulares y tres perfiles tuiteros fueron suficiente para herir su orgullo. Fede sangra, no crean.

De lo segundo, su capacidad para anteponer el bien colectivo al ego, se congratuló su entrenador, Xabi Alonso, nada más aterrizar en Chamartín. No perdía ocasión de hablar de “la competitividad” como meta y concepto, y Valverde parecía un buen defensor de la nueva causa. Pero hete aquí la paradoja: sin espacios y con funciones fijas, el uruguayo parece tener las alas cortadas, y cuando fue necesario tapar la sangría del lateral, se destapó con la ocurrencia de traicionar su sino y ponerse por encima del bien común.

Así que la receta no puede ser otra que volver al origen, la ruta de Marco Aurelio, para recobrar sensaciones y confianza. “Todo está entrelazado, y el vínculo es sagrado”, escribió el romano, que también apuntó un hilo para tirar: «Elimina la opinión y eliminarás el ‘estoy dañado’. Elimina el ‘estoy dañado’ y eliminarás el daño»

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