Hay futbolistas con el poder de definir a los equipos donde juegan y tengo la sensación de que una de las tareas inconclusas de Xabi Alonso fue conseguir que el Real Madrid se definiera por Mbappé y no por Vinicius. Juraría que la insistencia del entrenador por proclamar a uno sobre el otro tenía ese objetivo, que el carácter del grupo estuviera marcado por una personalidad, digamos, más estable. Sin Alonso, y a juzgar por los últimos partidos, es Vinicius quien se ha elevado hasta el punto de acapararlo todo. Sucedió en Lisboa y ha vuelto a ocurrir en Pamplona, aunque con diferente resultado. Habrá quien señale a Arbeloa como agente liberador, pero yo creo que es Vinicius quien se ha liberado a sí mismo, consciente de que ya no existen cortapisas para su santa voluntad. Y no hablo (en este caso) de oscuras conspiraciones. Mi sensación es que su talento (y lo que conlleva) ha terminado por desplazar a Mbappé, secundario en la que pensaba sería su película. Podría ser algo temporal, lo más probable, pero también podríamos estar asistiendo a un caso, no tan infrecuente, de incompatibilidad de caracteres o, para mejor decirlo, de sumisión inconsciente. Lo vimos con Benzema, nunca tan buen futbolista como cuando Cristiano le dejó solo. Jamás sabremos si sentirse intimidado por un jugador mejor fue lo que aplazó su eclosión, pero no es descabellado suponerlo. De la misma forma, no es una locura pensar que Mbappé ha percibido en Vinicius algo que está fuera de su alcance, no sé si el regate en carrera, la potencia en la arrancada o la capacidad para concentrar todas las miradas y todos los pitos. Deber ser difícil erigirse en líder junto a un futbolista tan desbordante para lo bueno y lo malo.

El caso, y a esto iba, es que el Madrid llegó en El Sadar hasta donde lo hizo Vinicius, ni un centímetro más. Y no significa esto que el brasileño hiciera un mal partido; significa que sus compañeros jugaron, la mayor parte del tiempo, en la posición teórica de espectadores. El asunto es más que preocupante, convendrán, porque si algo se espera de un equipo tan grande es variedad de recursos, estrellas que releven a estrellas. 

A estas horas me cuesta decir si al Madrid se lo comió Osasuna o lo fagocitó antes Vinicius, lo que nos sirve en bandeja un dilema de los que producen vértigos: ¿Puede el crecimiento de un jugador reducir a un equipo? Les invitaría a pensarlo si no fuera porque reflexionar, en según qué situaciones, está sobrevalorado. No lo hizo Budimir al tirar el penalti y menos todavía Raúl García, que recortó en el área y marcó luego como si estuviera en el recreo o, mejor aún, en el jardincillo de un vecino, alrededor niños y gnomos.

El Madrid aún vuela, sí, pero como la pluma de Forrest Gump.